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La masajista arequipeña
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Hace algunos años estuve de trabajo por Arequipa. Voy usualmente tres o cuatro veces al año, pero siempre en viajes de ida y vuelta. Ese viaje fue distinto. Estuve casi una semana completa pues tuve reuniones en la misma ciudad y visitas al Valle de Majes. Luego de terminar mis reuniones de lunes, como casi siempre que estoy fuera de Lima, decidí hacerme un masaje. Busqué en internet y encontré un anuncio. Reservé y fui.

El local, en pleno centro de la ciudad, a media cuadra de la Calle Mercaderes, era muy pequeño. Una oficina que había sido habilitada con tabiques para 3 muy pequeñas salas de masaje. Con las justas entraba la camilla y la masajista dando vuelta alrededor de uno. Liz, la masajista que me tocó, era pequeña, de senos medios, pero unas grandes nalgas. No era bonita, pero pasaba piola.

Rápidamente entramos en confianza y me contó que era enfermera. Que trabajaba de masajista mientras encontraba un trabajo en su profesión. Tenía el traje translucido de las masajistas, lo que me permitía ver su bikini negro debajo de su pantalón. Claramente era una provocación pues el contraste entre el negro y el turquesa translúcido era muy notorio. Además, su bikini se lucía muy sensualmente sobre sus contorneadas, firmes y grandes nalgas.

Sin decirle nada, comencé a acariciar sus piernas. No se opuso ni me cuestionó. Luego avancé hacia sus nalgas. Tampoco dijo nada. Cuando intenté explorar debajo de su pantalón, me dijo que eso no era posible. Y bueno, acepté la regla y me contenté con manosearla por encima de su ropa. Terminó el masaje. Pagué, me fui.

Al día siguiente, el martes, volví. Al reservar, pedí sea ella la que me atienda. Estaba libre y así fue. Seguí manoseándola mientras me masajeaba y la invité a cenar. Lo pensó un buen rato y no me aceptó.

El miércoles volví nuevamente. Le lleve unos chocolates de La Ibérica y tras mi nueva propuesta de cena, aceptó. Me dijo que salía a las 8 pm y me pidió la esperara en Mercaderes, en la puerta de Estilos. No me quiso dar su número de celular y lo acepté. Terminó mi masaje – manoseo. Salí, me tomé un café en Mercaderes y poco antes de las 8 pm me pare en la puerta de Estilos. Llegó poco después de las 8 pm, me sorprendió su puntualidad. Le pregunté qué quería comer y como no se decidía, elegí yo.

La llevé al Chicha. Un elegante restaurante a pocas cuadras, se sorprendió del estilo, de la decoración, de los precios. Me comentó “nunca he estado en un sitio así”. Pedimos dos chilcanos de pisco y tras ellos y la cena, estaba ya muy alegre. Le dije para ir al Retro Bar a tomar unos tragos más y aceptó. Nos instalamos en el segundo nivel y seguimos bebiendo. Al poco rato ya estábamos besándonos. Y yo manoseándola.

Sin decirle nada, desabroché el botón de su jean y bajé el cierre. Ella sólo me besaba. No dijo nada mientras lo hacía. Entendí que tenía, esa noche, carta libre para mis manos. Era miércoles y el bar estaba casi vacío. En el segundo nivel, sólo nosotros en un extremo muy discreto. Ya con su pantalón suelto metí mi mano por detrás y comencé a acariciar sus nalgas y ella solo me besaba con mucha fuerza. Casi mordiendo mis labios.

Al rozar su ano con mis dedos, sentí su estremecimiento y me dio valor para jugar. Saqué mi mano, unté mis dedos con saliva y volví a jugar con su ano ya palpitante. No le introduje el dedo, pues luego tendría que sacar la tarjeta para pagar y no quería rastros marrones sobre la misma ni sobre mi ropa. Pero lo froté el ano un buen rato, más de una vez saqué mi mano y volví a untar mis dedos de saliva, sentí como su culito palpitaba y palpitaba mientras ella gemía y me besaba con fiereza.

Tras un buen rato así, saqué la mano, hice algo de equilibrismo y se la introduje por delante del pantalón. Puse de lado su bikini, sin sacarle el pantalón y sentí su vagina ya muy húmeda. Incluso el bikini ya lo estaba, sin más, le introduje dos dedos. Ella se levantó un poco del asiento, acomodé mi mano debajo de ella y pude masturbarla a placer mientras ella me besaba.

En todo momento, ella sólo gemía y se dejaba hacer, pasé de dos dedos a tres y sentía como sus fluidos me mojaban los dedos y la mano entera. Sentí como se aceleraba y finalmente tuvo un delicioso orgasmo en el que me mordió salvajemente los labios. Luego de llegar se despabiló. Se arregló y me pidió nos fuéramos. Lo acepté. Ya sabía tácitamente que, al día siguiente, en la sala de masajes, iba a ser mi turno.

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