¡Vamos a jugar! (1)

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La Chayo llegó a la cita un poco tarde, como es su costumbre, generalmente venía linda y arreglada por petición de su amigo Andrés, que le pedía no venir en fachas ni con tenis, ya que le gustaba verla guapa con sus escotes, a veces ella usaba un dije redondo que le hacía lucirlas más, en palabras propias de la Chayo, sus tetas eran lo más bonito que podrías ver. A Andrés le gustaban más sus pantorrillas, pero esta vez la solicitud fue extraña: “que viniera en pants”. A ella le pareció un poco diferente, pero nada fuera de lo común. Ya habían tenido experiencias de subir cerros o tomar chelas en las islas de CU.

Su amistad era un poco fuera de lo común, había transitado por dos décadas, veinte años con algunos períodos de mayor contacto y otros de aislamiento, como en la pandemia. Andrés había transitado una separación cuando joven con su consecuente depresión. Rosario, la Chayo, había dejado un estresante y exigente trabajo en un noticiero donde lo había dado todo y hasta de más. La vida los había puesto a prueba, pero ya habían dado las grandes batallas de su vida.

Una fase de mucha intensidad que la habían transitado cómo habían podido. Andrés cuando joven era guapo y delgado, había sido un príncipe, un aventurero y un loco a la vez. Rosario tenía muchísimas más aventuras que Andrés, en el noticiero su carita de niña que contrastaba con sus tetas que le había abierto muchas puertas, pero siempre en la discreción.

La Chayo había cambiado mucho después de dejar el noticiero y con la maternidad que, por cierto, le hizo tener tetas más grandes, pero “sin ninguna estría” aclaraba ella orgullosa. Sus tetas eran amplias, suaves y coronadas con un pezón muy sensible, las tenía muy lindas. Sus manos eran pequeñas, pero sus piernas y pantorrillas eran densas y muy bien torneadas. Ella los conquistaba escuchándolos, sonreía y esperaba la jugada, su movimiento y la propuesta.

Andrés atraía mujeres que eran muy intensas, en crisis, cambiantes y extrañas. Mujeres exóticas, bellas y raras. “¡Un imán para las locas!”, le había dicho alguna vez Chayo. Su energía variaba según su estado de ánimo. A veces estaba aislado como un místico o podía ser mundano como un oficinista en quincena.

El matrimonio con una mujer más joven y el que le hubieran leído la cartilla de que cualquier infidelidad no le sería admitida lo calmó. La escritura de su vida y la terapia le habían canalizado las ganas de andar con viejas locas a algo nuevo: cazar nuevas emociones, buscar nuevas aventuras, algunas muy alternativas.

La cita esta vez fue en un restaurante de carnes muy fino. El ritual cada vez que se encontraban era el abrazo y un beso en la mejilla como de costumbre. Trajeron la carta y tuvieron que ponerse los lentes para ver de cerca y luego quitarlos para ver de lejos. El mesero se asomó a ver las tetas de la Chayo. Les tomaron la orden para comer. Recordaron viejos tiempos en el postre y café.

Los viejos tiempos eran las aventuras que corrieron. La ocasión en que entraron de contrabando a alguna cama. Las veces que tuvieron toda la oportunidad de acostarse con alguien, pero por azares del destino no se pudo, porque llegó la abuelita de Andrés o porque la cita de Chayo lo tenía muy grande y temía que no le cupiera en su hoyito, cosas así, sexosas y divertidas.

Al terminar de comer y concluido el postre, que fueron helados, Andrés colocó un paquete en la mesa “¡Vamos a jugar con tu regalo!”, le dijo. La Chayo, acostumbrada a las aventuras de Andrés sólo abrió los ojos y con discreción miró el interior del paquete y lo volvió a cerrar, “pero aquí no será”, le dijo, “vamos al auto”. En eso llegó el mesero con la cuenta.

Chayo se había puesto roja, lo cual no era muy común. “¡Estás loco! ¿Esto es una “ballenita”? ¿Si es lo que creo?”, dijo entre enojada y sorprendida. “Ya lo verás” le contestó Andrés, salieron y una vez dentro del auto, en el estacionamiento y sin curiosos alrededor, le enseñó el contenido. Era novedoso sin duda, mucha tecnología y con excelentes comentarios. Chayo sabía de estas cosas por sus amigas, pero el tenerlas en las manos le dio una sensación entre curiosidad y resistencia. Las ideas de Andrés podían ser extremas.

El regalo sin duda era muy bueno, la textura era muy agradable, pero algo dentro de ella le hacía resistirse. “Mejor la próxima vez”, le dijo y Andrés le dijo: “Ok, experiméntalo y ya jugaremos”, le dijo “no hay prisa” y le guiño el ojo “¿Por qué querías que viniera en pants? ¿Cómo es eso de jugar?” le preguntó. Andrés sólo sonrió y la llevó a su casa, en medio de otra plática llena de anécdotas divertidas, como la loca con la que jugó cartas de prendas y terminaron cogiendo sobre las cartas en la cama.

Una semana después la Chayo llegó al restaurante también un poco tarde, pero esta vez se notaba algo molesta. Ordenaron la comida y ya cuando no había alguien cerca Rosario le soltó lo que traía: “¿Por qué me tratas como a una de tus putas? ¡Yo no estoy loca como ellas!”. Andrés sólo sonrió, efectivamente sabía tratar con viejas locas. “¿Te gustó el reloj que también venía en el paquete?”.

Rosario sonrió y asintió con la cabeza, se pudo ver el cambio de humor, pero también el conflicto entre la molestia y el gusto. Andrés se tomó su tiempo para contestar “Sólo era para jugar, es divertido” le dijo. La comida continuó sin más diferencias. Andrés habló de sus experiencias de sus primeros besos con sus primas y la tensión se diluyó. Pagaron la cuenta y salieron.

En el estacionamiento antes de entrar al auto Rosario se detuvo. “¡Vamos a jugar!” le dijo a Andrés, “¿Qué hago?”. Andrés abrió con el control automático el auto. “Sube, pero siéntate en la parte de atrás. Los cristales están polarizados. No se ve nada, ponte cómoda”. Rosario sacó de una bolsa el pants “¿Para qué es el pants’”, le pregunto, “Para qué puedas maniobrar la ‘ballenita’”, “¡Ah, ok!”. Rosario se puso la sudadera hasta el cuello y se quitó la blusa, se vieron unas tetas amplias y generosas, después se quitó el pantalón y se subió el pants.

Andrés le pidió desbloqueado su celular a Rosario, descargó una aplicación y se lo regresó. Le pregunto por varias canciones sexys que le gustaran, las descargó y programó. Arrancó el auto, salieron del estacionamiento, tomaron la carretera urbana del norte, se puso unos lentes negros y le pasó un lubricante. Rosario sacó la “ballenita”, se bajó el pants y la acomodó. Andrés hizo sonar la música y la “ballenita” empezó a funcionar. La sensación de sentir como le succionaba el clítoris y vibraba su vagina fue fabulosa, en ese modo Rosario no lo había experimentado. Podía ver a Andrés en la pantalla de su celular sonriendo.

Con el auto en movimiento, el atardecer, la música y las sensaciones de sentir aquello en la vagina le hicieron recordar los viejos tiempos de momentos audaces, de situaciones excitantes. Se bajo el pants para que la piel del trasero tocará el cuero del asiento; se desabrochó el brasier y se tocó sus tetas en círculos, con pequeños pellizcos y luego con la yema de los dedos, le estorbaba la sudadera y con la pinza del cabello la sujeto en el cuello para que no estorbara. Las pausas en la canción y los cambios de ritmo le fascinaron.

Estiró sus piernas y su pantorrilla izquierda quedó entre los asientos delanteros mientras la otra se colocó haciendo presión en el respaldo del copiloto. Andrés conducía sin prisa por el carril de baja velocidad, pudo verle esas deliciosas pantorrillas. Le llegó una orgasmo muy intenso con lo mejor de la canción, pero después le llegaron otros más y le hicieron gemir y voltear la cara de lado en el cuero del respaldo. Sus amigas tenían razón, era mucho mejor con la emoción.

Una vez que llegaron a su destino se detuvieron a comer helado, de vainilla para Andrés y de fresa para Rosario. Andrés le preguntó por la hora y Rosario se la indicó. Después Andrés le enseñó una fotografía instantánea del mismo reloj, pero no estaba sobre la muñeca. Rosario abrió muy grandes los ojos y le preguntó: “¿Es lo que creo que es? ¿Se puede abrochar ahí un reloj?”. Andrés sólo sonrió, le quitó la instantánea y la guardó en su saco. Rosario le dijo: “¡qué asco!” por ponerse el reloj “ahí”, aunque luego trató de calcular el tamaño. Le pidió verla nuevamente, pero Andrés le dijo que sólo la vería nuevamente si estaba dispuesta a jugar y le preguntó por el número de zapatos.

La tarde daba lo mejor de sí. Andrés y Rosario comieron su helado y empezaron a reír. Rosario miró su reloj y comió del helado de Andrés y después pidió que les trajeran una ronda más junto con café.

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