Tu Uber está en camino

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Jueves 8 de agosto de 2024, 23:09, la noche estaba helada y la lluvia seguía cayendo fina e incesante. Salí de la universidad puteando en voz baja.

Tenía el jean y el suéter húmedos, y ni hablar del pelo, que ya empezaba a pegarse en los costados de mi cara. Me senté bajo un techito y abrí Uber.

“Lucio será tu chofer esta noche.”

Perfecto. Lo único que quería era llegar a casa, tirarme en la cama y sacarme esa ropa mojada.

El Fiat Cronos gris paró a los cinco minutos. Me subí rápido, cerré la puerta, y sentí de inmediato el calor de su mirada.

Me escaneó descaradamente. Tenía unos ojos oscuros y pelo negro con canas en las sienes.

Tenía unos cuarenta y pico de años. Llevaba un jean negro, una remera azul que se ajustaba al pecho y unas zapatillas blancas, demasiado limpias para un día como ese.

—¿Volvés sola siempre así de tarde? —preguntó con un tono cargado de algo más.

—Depende —le dije.

Durante los primeros minutos no hablamos más. Pero yo sentía su mirada cada vez que frenaba.

Después, sin aviso, su mano bajó del volante y la apoyó en mi muslo izquierdo. Me tensé, pero no lo corrí. Me quedé ahí, con la vista fija en las gotas que caían por la ventanilla.

Bajó el volumen del estéreo y murmuró:

—Tenés unas piernas hermosas…

Me mordí el labio y abrí apenas las piernas, como quien no quiere la cosa.

—¿Querés que pare en algún lugar? —me dijo mientras me hacía masajes.

Le agarré la mano y la presioné contra mi concha. Mis ojos seguían fijos adelante, pero la voz me salió baja, áspera.

—Terminá el viaje… después seguí unas cuadras más. Hay un pasaje oscuro. Ahí.

Él no dijo nada. Siguió y dobló justo donde le marqué.

Cuando detuvo el auto, los vidrios ya estaban empañados por la calefacción. Afuera seguía lloviendo

Me pasé al asiento de atrás sin dudar. Él se bajó, abrió la puerta trasera y se metió conmigo.

Me senté con las piernas abiertas. Él se inclinó sobre mí, me besó el cuello con violencia, con hambre.

Me bajó el pantalón de un tirón, se le enganchó en los tobillos pero no le importó. Me corrió la tanga con los dedos y metió la cara directo entre mis piernas.

—Mirá lo mojada que estás, puta linda… ¿esto te calienta?

—Sí… —jadeé, tirándole del pelo— seguí… no pares.

Me metió los dedos mientras me chupaba el clítoris con la lengua áspera. Me retorcía, me aferraba al tapizado del asiento.

Cuando se incorporó, tenía la boca mojada y los ojos grandes.

—A ver, putita —dijo, sacándose el bulto del jean. Sin aviso, me la metió toda de una.

—¡Ahhh! —grité— la concha de tu madre…

—Sos una calentona hermosa… mirá cómo me recibís la verga —me dijo bombeándome con fuerza, con todo el cuerpo encima.

Los vidrios vibraban. La lluvia era un sonido constante, casi un ritmo. Mis piernas colgaban abiertas sobre el asiento. Él me agarraba del cuello y me embestía sin pausa.

De pronto, justo en el momento más bruto, vi por la ventanilla trasera una figura borrosa: una señora con un piloto rojo que pasaba trotando bajo la lluvia. Lucio también la vio.

—No pares… —le dije, entre dientes— pero más suave… más lento… —le rasguñé la espalda mientras él bajaba el ritmo, pero seguía metiéndomela, empujando profundo, lento, perverso.

—Te gusta esto, ¿no? Que nos vean, trola hermosa…

—Callate y cogeme —le solté.

Me frotaba el clítoris con una mano mientras él me metía la pija hasta el fondo, empujando con esos movimientos firmes que me hacían estremecer.

La señora se alejó y Lucio volvió a subir la intensidad. Me la daba contra el asiento, mientras mis gemidos tapaban el sonido del agua.

—Te voy a acabar toda, zorra… vas a salir goteando de acá —me dijo entre jadeos.

—Sí… sí… —le gritaba— dame lechita, no pares… acabame toda.

Y lo hizo. Me la sacó apenas un segundo, se inclinó sobre mí y acabó en mis tetas, caliente, espeso, chorreando por mi piel.

Nos quedamos unos segundos así, respirando fuerte, con el vidrio cubierto de vapor y la lluvia cayendo sin pausa sobre el techo del auto.

—Bueno… ahora sí… llevame a casa —le dije, mientras me subía el jean, con el pecho aún brillante de semen.

Y él sonrió, mientras encendía el motor otra vez.

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