La dejé de ver cuatro años. Regresé al país y la llamé. Su voz tembló emocionada y aceptó la cita en Reforma. Nos dejamos de hablar por mucho tiempo, pero la vida da muchas vueltas y, por otra parte, la etapa de la pandemia hizo que estuviéramos aislados; ese antes y después parecía un pequeño detalle, pero las cosas y las personas pueden cambiar mucho en muy poco tiempo.
Cuando nos volvimos a ver la magia parecía intacta. Me encantó verla toda linda con su vestido de cóctel en Reforma, también el compartir y comer helado mientras me acercaba a ella y a su boca. Sus ojos pequeños, sus “Ojitos”, parecían brillar y tener esa chispa de cuando se les observa de cerca. Nos besamos como adolescentes antes de subir al auto. En el transcurso le coloqué la mano en la rodilla y le dije que quería hacerla mía.
Eran cuatro años de no tener su cuerpo. Ese cuerpo esbelto con esos senos completos que apenas me cabían en la mano, aunque también me gustaban los de antes del cáncer, pequeños, suaves y con un pezón parado, ahora de tan grandes se le estiran los pezones ante la presión del volumen de la copa C.
Mi mano le tocó el sexo, ella sólo abría un poco más los ojos, como si dijera: “¿es en serio?” y yo asentí. Antes de que abordara su tren para llegar al norte, fuera de la ciudad, se lo volví a pedir, pero ella me dijo que sería mejor la próxima vez que nos viéramos. Yo sentía la humedad y palpitación de su vagina. Acepté la promesa porque los orgasmos de la “Ojitos” eran sensacionales, además de que a veces se detenía antes de tenerlos porque le gustaba esa sensación de excitación antes de venirse.
Los encuentros con la Ojitos siempre tenían algo especial, como el color púrpura de su ropa interior, su sexo salvaje llenos de vellos púbicos que contrastaba con su piel blanca del pubis, sus orgasmos intensos, su rubor después del sexo y su mirada intensa y brillante al penetrarla y verla de cerca, también era memorable su movimiento de cadera y de nalgas al empujarme el pájaro para estimularme y lograr otra erección. Quizá lo más encantador era su silencio sin explicaciones.
El día llegó, nos vimos en el hotel clandestino, de antigua nobleza, ahora viejo, a una lado del panteón y del museo. Frente a la muerte, gloriosa o no, había el gozo del hotel de paso para las urgencias de la carne y del deseo.
Nos besamos con ganas, luego la volteé para vernos en el espejo, me coloqué a su espalda para tocar su cuerpo frente al espejo y para besarla en la comisura de sus labios. Ella, con su mirada traviesa, sacó su lengua para alcanzar la mía. Siempre al vernos frente al espejo me gustaba tocar sus senos y su sexo por debajo de sus ropa interior. La humedad entre sus vellos era gloriosa y podía verla cerrar los ojos de placer y gemir suave.
Llegamos a la cama y se colocó sobre mí, besarla siempre era delicioso, así como alternarlo con el besar y chupar sus pezones porque lo hacía mejor. Su cabello de lado y sus ojos fijos y pequeños en mí que degustaba sus pezones es una escena inolvidable.
Al penetrarla me dijo que le dolía, que no cabía, que no dilataba, lo cual era muy extraño porque siempre nuestros encuentros eran de sexo salvaje y estaba acostumbrada a lo ancho de mi pene. Me pidió paciencia porque hacía dos años que no lo hacía con su esposo, desde que se distanciaron no había tenido sexo. En pocas palabras se le había cerrado el hoyo. Faltaba lubricación. La piel se le había adelgazado y las pocas penetraciones le provocaron rozaduras le hacían intolerable la fricción. Lo que estaba de fondo también era la menopausia adelantada desde que le extrajeron las trompas y la matriz.
Se me bajó la erección, pero tuve que acariciarla y abrazarla, pronuncié palabras desconocidas para mí: “no te preocupes, no es lo más importante, estaremos bien”.
Los días posteriores me escribió que sería comprensible si decidía alejarme de ella, que seguramente el esperado reencuentro no fue lo que esperaba, me agradecía por mi paciencia y las molestias.
Le insistí que sólo era cuestión de tiempo para volver a practicar, pasaron algunos meses y en otoño nos reencontramos. Esta vez fui mejor preparado, llevaba lubricante hasta de sabores y otras tecnologías que siempre han tenido muy buen resultado.
El segundo encuentro estuvo lleno de muchas caricias previas, de frotamientos y grandes besos por todas partes. El lubricante entró en acción y la penetración no fue tan complicada, pero lo fue. Era como estar con una virgen que se quejaba de que le dolía, que fuera despacio, que estaba muy ancho. Ahí entró la tecnología sexual.
El rey de la satisfacción por un lado tenía un vibrador y por la otra parte un succionador de clítoris. Siempre las volvía locas, pero lo que en otras personas causaba furor, en ella fue molestia: “es muy ancho, más despacio”. Lo cual no era cierto porque era una medida estándar. Mi pene medía un centímetro más de ancho y antes nunca le molestó. Por otra parte, antes la velocidad era lo que le gustaba, así como hacerlo de manera salvaje, fuerte e intenso. Las cosas ahora habían cambiado, el penetrar era lento, poco profundo, si bien las ganas y la excitación estaban presentes, las “coxas” eran diferentes.
El tercer encuentro fue más allá en la planeación y la preparación que el anterior. El tiempo y el lugar fueron acordados. Me preparé para varios escenarios y situaciones y esta vez hice uso de más tecnologías y opciones.
El encuentro fue en el hotel de siempre, pero puse música y llevé una lámpara de ambiente. Los besos fueron más abundantes e intensos: su lengua y labios fueron degustados junto a uvas. El desvestirnos también fue lento. Las escenas en el espejo fueron con varias etapas: con ropa, desabotonando su ropa, quitándosela, amasándole las tetas, tocándole el sexo con el dedo medio. Le mordí el cuello y le besé detrás de las orejas.
La cargué y la dejé sobre la cama y saque sus “regalos”: el primero era un estimulador de punto g y de clítoris con nueve velocidades que le encantó porque podía regular la velocidad e intensidad con el control remoto, lo metí y sintió todas las velocidades, le gustó; el segundo fue un ingenioso estimulador del punto g a distancia, se podía jugar en línea con videollamada, para que ella desde su casa lo disfrutara mientras yo podía estar en la mía y vernos, se lo metí y sintió la vibración dentro de su vagina; finalmente, por una lado un succionador de clítoris, un pingüino que tenía “sombrerito” como adorno, y por el otro un vibrador pequeño, con ese gimió y estiró su cuello llena de placer.
Ya para ese momento, con la estimulación y los juguetes recibidos, me puse lubricante en el glande y sobre ella le pedí que guiara mi pene para frotarle la vagina y el clítoris. Sus manos guiaron, frotaron y condujeron a su gusto y ritmo la penetración. Al inicio fue muy lento pero la frecuencia aumentó, agregaba lubricante, y sentí que ya nuestros cuerpos se empezaban a unir con sonido del chocar de la carne, accione el succionador y lo coloque en su clítoris.
Los gemidos al inicio eran apagados, pero después ya eran melódicos, suspiraba con ganas. La penetración era lenta, pero rítmica, gozosa, podía ver como abría los labios para gemir y veía sus ojos pequeños brillar. Ya con la penetración profunda me sujetaba por la nuca para hacer más efectiva y con las manos entrelazaba mi cabello. La animé a subirse y con algo de miedo lo intento.
Esa mujer sobre mí brillaba. El rubor en su cara, sus enormes senos se movían y tenía sus pezones duros apuntando a mi boca, luego se levantaba y bajaba mientras su cabello lacio y fino caía sobre mi cara. La besaba a ella y a sus areolas. Sentía contraerse las paredes de su vagina. Se salía para volver a sentir la penetración. Frotaba su ano contra mi pene para que se pusiera más duro y grande y luego lo metía a su vagina. Nos veíamos a los ojos con cada penetración profunda.
Había la intimidad del sexo, de coitear, de hacer el amor. Nos quedamos muy contentos. Ella se veía muy satisfecha e ilusionada. La rehabilitación había funcionado. Intercambiamos mensajes entusiastas durante una semana y desde entonces ya no he sabido más de ella. No contesta, no responde mensajes. Sólo ve mis “reels” de Instagram y yo sus actualizaciones de WhatsApp que son de paseos solitarios por la playa, por montañas brumosas y pastos muy verdes.