Pasión bajo el escritorio

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Eran las cinco de la tarde cuando ella llegó a mi casa para estudiar. La recibí con una sonrisa y la invité a pasar a mi habitación. Encendí la computadora, nos sentamos juntos y me preparé para explicarle con calma, mientras la luz del atardecer se filtraba suavemente por la ventana.

Después de pasar una hora explicándole cómo funcionaba el programa gráfico, llegó el momento de que ella practicara con el software. Le cedí el teclado y el mouse, listo para observar su progreso. Para mi grata sorpresa, en lugar de sentarse a mi lado, se acomodó delicadamente sobre mis piernas, tomándome completamente por sorpresa.

Esto me alteró por completo. Me puse tenso y nervioso por su culpa. Su trasero, pequeño pero bien formado, hizo que mi pene se excitara. Además, desde mi altura, podía ver su escote y la forma prominente de sus senos, lo que solo aumentó mi excitación. Sentí cómo mi pene comenzaba a endurecerse y crecer.

Minutos más tarde, no pude contenerme. La envolví con mis brazos alrededor de su cintura; antes tenía las manos sobre mis piernas, pero ahora las deslicé suavemente hacia ella, comenzando a acariciarla con delicadeza. Luego, apoyé mi barbilla sobre su hombro y, casi sin pensarlo, la sorprendí con un beso tierno en su mejilla.

Ella giró su cabeza hacia mí y me sonrió, con el rostro ligeramente ruborizado. Esa expresión fue como una confirmación de que le había gustado mi beso, así que continué. Primero, dejé un beso suave en su hombro, y mientras lo hacía, mis ojos se desviaron hacia sus pechos, admirando la figura de la hija de mi vecina. Luego, llevé mis labios a su cuello, y ella respondió con una caricia tierna en mi rostro, intensificando la conexión entre nosotros.

Mis besos comenzaron a deslizarse desde su mejilla hasta llegar a su boca. Ambos nos inclinamos, besándonos de costado, una posición un poco incómoda pero llena de ternura. Eran besos torpes pero hermosos, como suele suceder la primera vez. Mientras nos entregábamos a ese momento, mis manos abandonaron su cintura y se deslizaron suavemente hacia sus senos, explorando con cautela y curiosidad.

Mientras nuestras lenguas se entrelazaban con una pasión ardiente, mis manos se deslizaron hacia sus pechos, ansiosas por explorar cada curva. Con un deseo que no podía contener, los apreté con firmeza, sintiendo cómo se moldeaban bajo mis palmas. Después de un breve instante, mis dedos buscaron sus pezones, y al encontrarlos, los froté con intensidad, haciendo círculos rápidos y firmes sobre la tela de su ropa. Sentí cómo se endurecían bajo mi tacto, respondiendo a cada movimiento con una rigidez que solo aumentaba mi excitación.

Mi pene, ya completamente erecto, palpitaba con una urgencia casi dolorosa, presionando contra la tela ajustada de mi pantalón. Cada roce de su cuerpo contra el mío, cada gemido suave que escapaba de sus labios, solo alimentaba el fuego que ardía dentro de mí, haciéndome desear más, mucho más.

La excitación que sentía me llevó a deslizar mi mano izquierda para explorar otra parte de su cuerpo. Con cuidado, la metí dentro de su calza negra, provocativa y ajustada. Tras pasar por una zona cubierta de suaves vellos, llevé mis dedos hasta su entrepierna, sintiendo la humedad y calidez de su intimidad.

Empecé a acariciarla en esa zona íntima, y sus gemidos suaves y delicados comenzaron a llenar el aire de mi habitación. Mi pene estaba tan duro que sentía que podría perforar el tejido de mi pantalón en cualquier momento. Necesitaba liberarlo, sacarlo y dejar que viera la luz, urgido por la intensidad del momento.

En un movimiento decidido, la levanté de encima mío y la dejé parada frente a mí, manteniendo su mirada fija en mis ojos. Sin perder un segundo, me bajé el pantalón junto con mi calzoncillo, liberando mi miembro viril, que palpitaba con una tensión casi dolorosa. Estaba completamente erecto, la piel tirante y el glande enrojecido, ansioso por sentir el calor de su boca. La expresión de mi vecina, entre curiosa y complacida, me confirmó que estaba lista para satisfacer ese deseo que nos consumía a ambos.

La miré directamente a los ojos, con una mezcla de deseo y determinación, y le dije sin rodeos: ‘Chúpamela’. Ella, sin vacilar, se arrodilló justo frente a mí, deslizándose entre mis piernas, bajo el escritorio de la computadora. El espacio era estrecho, casi íntimo, y el ambiente se cargó de una tensión eléctrica.

Con manos temblorosas, agarró mi pene, que palpitaba con urgencia, y comenzó a darle besos suaves y tentativos, como si estuviera explorando algo nuevo y desconocido. Su inexperiencia era evidente, pero cada uno de esos besos tiernos y cautelosos solo aumentaba mi deseo, haciéndome gemir en voz baja mientras observaba cómo exploraba mi cuerpo con curiosidad y entrega.

Sus besos suaves y tentativos en mi pene solo aumentaban mi tensión, haciéndome sentir como si estuviera al borde de estallar. Necesitaba más, mucho más. Con una voz ronca y cargada de deseo, le dije: ‘Métela en tu boca y chúpala’. Ella, obediente pero aún con cierta timidez, abrió sus labios y deslizó los primeros centímetros de mi miembro dentro de su boca caliente y húmeda. El sonido húmedo y repetitivo de ‘glup glup glup’ comenzó a resonar en la habitación, mezclándose con mis gemidos y su respiración agitada.

Cada movimiento de su boca, cada chupada torpe pero llena de esfuerzo, me llevaba más cerca del límite, mientras yo observaba cómo sus mejillas se hundían y sus labios se ajustaban alrededor de mi erección.

De forma casi automática, apoyé mis manos sobre su cabeza, hundiendo mis dedos en su cabello oscuro mientras me dejaba llevar por el placer que inundaba cada fibra de mi cuerpo. Me relajé, cerrando los ojos y dejando que mi mirada se perdiera hacia el techo, como si el mundo exterior hubiera dejado de existir. Cada tanto, mi cerebro enviaba pulsos de deseo incontrolable, y mis manos, casi sin pensarlo, ejercían una presión suave pero firme sobre ella, guiándola para que mi pene entrara aún más profundamente en su boca.

Sentía cómo su garganta se ajustaba alrededor de mi miembro, cómo su lengua se movía torpemente, pero con una determinación que me hacía gemir. El sonido húmedo de sus esfuerzos, mezclado con mis propios gruñidos de placer, llenaba la habitación, creando una sinfonía de deseo y entrega que me llevaba cada vez más cerca del límite. Cada empujón hacia adelante, cada gemido ahogado que salía de ella, solo aumentaba la intensidad, hasta que ya no podía distinguir si eran sus manos, su boca o mi propia necesidad lo que me dominaba por completo.

Toda esta sensación acumulada fue demasiado para mi cuerpo. De repente, un temblor incontrolable comenzó a recorrer mis piernas y mi abdomen, mientras una nueva necesidad, urgente e inevitable, surgió en lo más profundo de mí. Intenté, sin éxito, contenerla, retrasar lo que ya no podía evitar, pero fue imposible. Un gemido gutural y profundo escapó de mi boca, anunciando lo que estaba por venir.

En ese instante, una explosión intensa llenó su boca con mi esencia. Sentí cómo cada chorro salía con fuerza, caliente y espeso, mientras ella, sorprendida pero obediente, intentaba manejar el flujo, tragando lo que podía y dejando que el exceso se escapara por las comisuras de sus labios. El sonido de su garganta trabajando, mezclado con mis propios jadeos, creó un momento de pura entrega y satisfacción que me dejó sin aliento, completamente consumido por el placer.

Ese momento marcó el fin de nuestra primera jornada sexual, un encuentro cargado de tensión y deseo entre mi alumna e hija de mi vecina, Claudia. Después de que mi cuerpo se relajara y el último temblor de placer desapareciera, me miré a los ojos con ella, todavía jadeando. Con un tono entre arrepentido y cauteloso, le pedí disculpas por haber acabado en su boca. Para mi sorpresa, ella no solo aceptó mis disculpas con una sonrisa tímida, sino que también me dijo, con una voz suave pero segura, que no pasaba nada, que todo estaba bien. Sus palabras me tranquilizaron, pero también me dejaron claro que algo había cambiado entre nosotros.

A pesar de lo ocurrido, decidimos seguir estudiando un rato más, como si intentáramos normalizar la situación. Sin embargo, la tensión sexual aún flotaba en el aire, y cada mirada o roce casual parecía cargado de un nuevo significado. Cuando finalmente llegó el momento de que se fuera, ella se acercó a mí y, sin previo aviso, me dio un beso en la boca, tierno pero lleno de intención. Ese beso fue una confirmación silenciosa de que ya éramos algo más que alumna y profesor, algo que iba más allá de los límites que habíamos cruzado juntos.

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