Ser niñera nunca había estado en mis planes, pero pagaba las cuentas y me dejaba tiempo para estudiar.
Cuidar a un nene de dos años no era difícil, lo complicado era tratar con los padres, en especial con Luis, un psicólogo de 47 años que siempre había sido correcto conmigo, hasta que dejó de serlo.
Había trabajado con su familia por más de un año. Me recomendaron porque mi hermana del medio conocía a su esposa.
Al principio, todo era normal: horarios, pagos en fecha, una relación cordial. Pero había algo en la manera en que Luis me miraba que siempre me hacía ruido.
Una noche de mayo del 2022, su esposa tuvo que viajar de urgencia y él llegó tarde del hospital. Me llamaron de imprevisto y tuve que faltar a la facultad para cubrir el turno. No me molestó tanto al principio, pero a medida que pasaban las horas, sentía el fastidio de haberme perdido una clase importante.
El nene ya estaba dormido, la casa en silencio, y yo sentada en el sillón con el celular en la mano, chequeando mensajes atrasados. Casi seis horas con la criatura me tenían al borde de la locura.
Luis me había avisado que llegaba tarde, que lo disculpara, que me pagaba la hora extra. “Sí, sí, obvio”, había respondido, sin ganas de nada.
Cuando la puerta se abrió, lo primero que sentí fue su perfume. Ese olor amaderado que se le impregnaba a la ropa, a la piel. Cerré los ojos un segundo y suspiré, sin darme cuenta.
Después lo vi. Camisa color hueso, corbata floja, jean oscuro, los hombros anchos, el reloj brillando con la luz del living. Se aflojó un poco el nudo de la corbata y sonrió de costado.
—Gracias por bancarme hoy —dijo, dejando las llaves en la mesa—. Sé que fue un quilombo.
—No pasa nada —respondí sin levantarme—. Al menos el bebé durmió temprano.
Luis caminó hasta la barra de la cocina y sirvió vino en una copa. Me miró por encima del borde mientras tomaba un trago.
—¿Querés uno?
—No, tengo que irme.
—Dale, uno solo.
Me tensé. No me gustaba cuando los tipos insistían con cosas que ya había negado. Él notó mi incomodidad y sonrió de nuevo.
—Te estuve pensando hoy.
—Ajá —dije, sin levantar la vista del celular.
—Pensando en vos. Tocándome.
Me quedé helada. Lo miré de golpe.
—¿Qué dijiste?
—Eso —contestó, tranquilo—. Que hoy me hice una paja pensando en vos.
Mi primer impulso fue matarlo. O putearlo y pegarle. Opté por lo último. Me paré de golpe y le di un cachetazo en el brazo.
—¡Pelotudo!
Ni se movió.
—Tranquila —dijo, con una calma irritante—. Que estés re buena no es que sea un secreto.
—¿Vos te das cuenta de las guasadas que me estás diciendo?
—Sí.
—¡Estás casado, la concha de tu madre!
—Y vos estás hermosa.
—¡Andate a la mierda!
Me di vuelta, agarré mi mochila y encaré para la puerta, con el corazón latiéndome en la garganta. No podía estar pasando esto. No con él. No en esta casa. Pero cuando pasé a su lado, él me agarró la muñeca y me frenó.
—No te hagas la boluda —murmuró.
Me quedé inmóvil. Lo miré, con la respiración entrecortada.
—Te dije que hoy me toqué pensando en vos. Pero no te dije cómo.
Se me acercó más. Sentí su aliento caliente en mi cuello, su voz ronca vibrando en mi oído.
—Me hice una paja con una foto tuya.
Tragué saliva.
—Tenés que estar jodiendo.
—No. La tengo en el celular. ¿Querés verla?
Yo ardía.
—¿De dónde mierda sacaste una foto mía?
—Estabas distraída.
Se me congeló la sangre.
—Hijo de puta…
Me empujó contra la pared con suavidad.
—No te enojes, che —susurró, rozándome el cuello con la nariz—. Estabas en el sillón con una remerita blanca, sin corpiño.
Supe exactamente de qué momento hablaba. Y también supe que yo tenía que estar empujándolo, insultándolo, saliendo de ahí. Pero estaba clavada en el piso, con la piel erizada y el estómago apretado.
—¿Y si te denuncio?
Luis rio.
—No vas a hacerlo.
—¿Cómo podés estar tan seguro?
—Porque te encanta lo que te dije.
Apreté los labios con bronca. Quise responderle, pero me cortó la respiración cuando me apoyó su erección en la pierna.
—Quiero cogerte, Mey. Y quiero pagarte por eso.
Lo miré, furiosa.
—Sos un degenerado.
—Y vos una pendeja hermosa.
No le di el gusto de contestarle. Pero tampoco me moví cuando sus manos bajaron hasta mi cintura.
—Decime que me pare —susurró, deslizando los dedos por el borde de mi pantalón—. Y lo hago.
No lo dije.
Luis sonrió. Me mordió el lóbulo y se metió en mi pantalón sin pedir permiso.
—Así me gusta —gruñó—. Encima ya estás mojadita.
Me arqueé cuando metió los dedos adentro. Su mano era grande y áspera. Me agarró del pelo y me forzó a besarlo.
—Vas a dejar que te coja, ¿sí o no?
Cerré los ojos y suspiré.
—Voy a tomar eso como un sí. Ahora, arrodillate.
Mi corazón latía fuerte. Me soltó y bajé al piso, con la vista fija en el bulto bajo su jean.
—Sacala —ordenó.
Lo hice. Su verga estaba dura, caliente, gruesa. Me tomó de la cabeza y me guio sin suavidad.
—Abrí bien la boca.
Obedecí. Mi lengua recorrió cada centímetro, su líquido preseminal se mezcló con mi saliva. Luis gimió, tirando la cabeza hacia atrás.
—Así, putita.
No sé cuánto tiempo estuve así, pero cuando me levantó, sentí que quería más.
—Ahora sí —gruñó, dándome la vuelta—. Te voy a romper toda.
Me empujó contra el sillón, me bajó el pantalón y la tanga de un tirón y me abrió las piernas con violencia.
—Quedate quietita.
Su lengua me recorrió con agilidad. Me agarré de los almohadones, reprimiendo un gemido.
—Sí, así…
Luis gruñó contra mi concha y hundió la lengua más.
No hubo más palabras cuando me penetró con fuerza, solo el golpe húmedo de su piel contra la mía. Me aferré al tapizado sintiendo cómo me cogía sin piedad.
Me agarró del pelo y me tiró la cabeza hacia atrás, obligándome a mirarlo de costado. Su expresión era pura lujuria.
—Decime te gusta —gruñó, embistiéndome con más fuerza.
El aire se me cortó en la garganta.
—Me encanta… —jadeé—. Dame más…
Sus manos grandes agarraban mis caderas con fuerza, clavándome más contra su cuerpo en cada embestida. Sentía el roce áspero de su jean en la parte trasera de mis muslos.
Me empujó más contra el sillón, haciendo que mi espalda se arqueara, obligándome a ofrecerme más. Un escalofrío me recorrió al notar cómo se inclinaba sobre mí, su pecho caliente pegado a mi espalda, su boca junto a mi oído.
—Decime lo que sos —ordenó, con voz gruesa.
—Ah…
—Dale, trola.
Me mordí el labio, sintiendo la presión de sus dedos en mi cadera y el latido de su verga enterrada en mí.
—Soy tu putita…
Luis asintió con placer y me cogió con más rudeza, haciéndome sentir y disfrutar de cada centímetro de su pija.
De repente, Luis gimió fuerte y acabó sobre mi espalda, jadeando. Sentí el calor de su semen esparciéndose sobre mi piel, mientras yo, con la respiración entrecortada, cerraba los ojos y soltaba un suspiro profundo.
—Qué rico… —jadeé.
Luis se quedó un momento así, con la mano aun apretando mi cintura, y con la otra, masajeó su pija lentamente, mirándome desde arriba con una sonrisa satisfecha.
Seguido a eso, se acomodó el pantalón, me dio una nalgada fuerte y sonrió.
—El aumento lo tenés asegurado.
Me reí, todavía con la cara contra el sillón.
—Forro.
—Sos tremenda puta, Mey… —dijo con la voz ronca, todavía recobrando el aliento.
Yo sonreí, sin fuerzas para responderle y con la piel transpirada. Después de un rato, Luis se dejó caer en el sillón.
Me acerqué y, sin decir nada, me recosté en su pecho. Él dejó caer la cabeza hacia atrás y me rodeó con un brazo. Me besó la frente y puso su otra mano sobre mis gomas, masajeándolas con caricias lentas y apretones rudos.
Luis fue el primero en moverse. Suspiró y se levantó del sillón, caminando hacia el baño sin decir nada. Abrió la ducha y yo, todavía desnuda, agarré unas servilletas y limpié mi espalda, eliminando los rastros de su semen antes de ponerme la ropa.
Cuando él salió del baño, ya vestido, yo estaba chequeando el celular. Había pedido un Uber. Me levanté, me acomodé la remera y él me siguió hasta la puerta.
—Nos vemos… —murmuré, con una sonrisa de lado.
Luis asintió y me tendió la mano.
La escena era absurda. Me había cogido como un animal, y ahora nos estábamos despidiendo como si hubiéramos cerrado un trato de trabajo.
Apreté su mano fuerte, bajé las escaleras y salí.
Ya soy fan de tus relatos…….