Lluvia, frio, oscuridad… Típica tarde invernal del norte. Contexto perfecto para estudiar, ya que el clima invita más a estar encerrado que de paseo. Eso mismo debieron de pensar los centenares de alumnos que estaban en la biblioteca de la universidad, preparando sus exámenes. Y allí estaba yo, en medio, estudiando para los exámenes de la carrera que había decidido comenzar.
Mi vida había dado un giro en los últimos años; subes y bajas que habían conseguido que terminase todas las relaciones sentimentales que había tenido, aprendizajes que me habían hecho alejar de mi a la gente que no me aportaba; en fin, cambios que me habían llevado a encontrarme a mi mismo, sentirme bien y estable por primera vez en mucho tiempo. Descubrí que el dinero no lo es todo: cuando no lo tienes es muy importante, pero cuando lo tienes esa importancia baja mucho porque no sirve de nada sin otras cosas.
Y en ese proceso había conocido a mi novia: joven, preciosa, con una energía maravillosa y unas ganas de comerse el mundo tremendas. Yo le daba estabilidad y ella, a mí, me rejuvenecía. Aunque hubiese 7 años de diferencia parecíamos hechos el uno para el otro. Y además, de mente muy abierta, lo cual resultaría ser importante para esta fase de la relación.
Desde el principio se dejó iniciar en el mundo de la sumisión de mi mano, y ya era una sumisa muy buena. Juntos disfrutábamos mucho y nuestra química era especial. Sin embargo, motivos personales me habían hecho regresar al norte y ella se encontraba ahora mismo en otro país estudiando. Así que decidimos que, como queríamos seguir juntos, sin que la distancia nos lastrase, íbamos a tomar dos decisiones: la primera, que al menos una vez al mes uno de los dos iría a donde el otro para seguir manteniendo esa química que hay cuando estás frente a la persona que quieres; la segunda abrir la relación.
Podríamos estar con otra persona, por mero interés sexual, durante este período. No era un acuerdo en el que puedes salir y llevarte por delante lo que pase, pero si que podríamos tener una relación sexual con alguien, e incluso compartirla cuando estuviésemos juntos. La idea, a priori, era excitante, y trataba de mantener la chispa y reducir los impulsos sexuales durante este periodo separados. Siempre se daría estando en lugares distintos, y avisando al otro, y podríamos unir a una tercera persona estando juntos.
Mi novia había tenido alguna experiencia con otras mujeres unos años atrás, así que no le importaba incorporar a una mujer, en un momento determinado, a nuestra relación. No le llamaba un trío con otro hombre, y en nuestra relación abierta, le llamaba más jugar con alguna amiga que tirarse a un tío. En cambio, le encantaba verme con otra mujer y luego acudir a ella; además, de este modo, sabía que podía estar descargado sin presión y eso le daba a ella un punto de ventaja para saber que no la iba a cambiar por otra.
Y así me encontraba yo, estudiando en el mismo lugar que lo hacía años atrás. Intentaba concentrarme, pero tengo que reconocer que miraba a los lados cada vez que escuchaba pasearse tacones. Y es que la verdad es que por mi mente se pasaban todo tipo de pensamientos recordando los tiempos de universidad…
En una de esas idas y vueltas se había sentado enfrente de mí una chica muy mona. Tendría la edad de mi novia, rubia, una cara bonita y un cuerpo llamativo. Botas vaqueras y un look actual, serio, pero bien vestida… Todo muy similar a mi chica, algo que me llamo la atención. Así que la siguiente media hora fue un continuo de miradas furtivas y sonrisas ocultas, hasta que decidió salir dejando el material de estudio sobre la mesa.
Vi mi momento y me decidí a salir detrás, hacía la máquina de café. Iniciamos con una conversación trivial sobre estudios y nos presentamos (desde ahora será Clara); ella me comentaba que hacía medicina y que le estaba yendo muy bien. Yo le conté un poco sobre mí, las vueltas que había dado, y la verdad que escuchaba atenta como si de un mundo nuevo le estuviese hablando. Ella siempre había sido una buena estudiante, centrada en forjar su futuro, y proveniente de un entorno muy bueno, así que le llamaba la atención escuchar historias acerca de aventuras, viajes, países… Hasta que la conversación fue entrando en terreno más privado.
Clara me contó acerca de su ex; lleva unos meses soltera ya que había tenido una relación toxica desde joven. También que había descubierto la bisexualidad y le llamaban la atención las mujeres; yo le conté acerca de la mía y de como la estábamos gestionando:
C: ¿Así que… Podéis acostaros con otra gente?
Y: Si, pero no… No lo hacemos con cualquiera, no lo hacemos cada día, y le comentamos al otro acerca de quien es.
C: Wow… ¿y no tenéis celos?
Y: No porque sabemos que es puro sexo y que nos queremos
Esto despertó una inquietud en ella. De repente, sintió que podía hablar de ciertos temas con alguien, cosa que nunca había podido hacer, por lo que me propuso desconectar un rato del estudio, y salir a tomar una caña, que sin dudar le acepté.
La conversación siguió por muchos caminos; hablamos de energías, de sentimientos, debatimos acerca de como gestionarlos, de las casualidades… Y en un momento en que el que la charla volvió a las relaciones, me decidí a contarle sobre mi gusto por el bdsm. Esto. Provocó en ella un cambio de actitud, un sonrojo que aumentó aún más su curiosidad. Me confesó que se había sentido atraída por la sumisión siempre, pero que le había dado miedo porque nunca nadie le había confesado esa misma atracción.
Buscaba info a escondidas pero no se atrevía a dar el paso. Y comenzó a realizar muchas preguntas: sobre mi pareja, sobre sensaciones, sobre como llevarlo a práctica o donde buscar información. Así que de una vez por todas me lancé:
Y: ¿Tu eres muy curiosa no?
C: Entiéndeme… Es la primera vez que hablo con alguien abiertamente de esto… Lo tenía muy adentro
Y: Es curioso si… Es como si las energías nos hubiesen atraído, como si algo me hubiese enviado a conocerte hoy
C: Yo también lo creo. Además vengo de unos días donde este sentimiento ha estado más presente, sobre todo a las noches… Y justo va y hoy te conozco. Es raro tío
Y: Raro no es… Las energías se atraen… Y tú buscabas algo así
C: Tengo mucha curiosidad por saber que se siente atada
Y: Ven a mi casa y te puedo enseñar algo…
C: No sé… Me da miedo…
Y: Iré poco a poco, no haremos nada que no quieras probar, y cuando quieras irte te acerco a casa de nuevo.
C: ¿Te importa si le aviso a una amiga?
Y: Por supuesto que no. Y si quieres le mandas ubicación desde mi casa, para que sepa donde estás
Esa confianza generada durante una hora, y las ganas de probar el mundo de la sumisión, pudieron más que le miedo y la inseguridad, y se decidió a venir conmigo. Le escribió a su amiga más cercana, comentándole que vendría a mi casa. Ella, extrañada, le contestó muy rápido preguntándole más info, así que le envío un audio contándole que había conocido un chico con el que llevaba toda la tarde, y que se iban a tomar algo a su casa. Ellas compartían su ubicación así que en todo momento sabría donde estaba.
Fuimos a mi vehículo, dispuestos a irnos a la casa. Conducimos charlando tranquilamente con música indie de fondo; a mi me gustaba ese estilo y a ella, al parecer, también, así que se abrió una nueva ventana de diálogo. Estos 15 minutos de conversación en el trayecto le ayudaron a calmar los nervios. Para Clara todo era nuevo; todavía estaba gestionando el ir con un casi desconocido a practicar bdsm y eso la tenía tensa, pero ver que detrás de un mundo a priori tan oscuro, había una persona que, al menos, parecía totalmente normal, la ayudaba a naturalizar la situación. Yo trate de hacerle entender que no era nada malo, ni lo que hacía ni lo que le atraía.
Una vez en casa, me propuse darle aún más confianza. Nos sentamos en el sofá, puse la chimenea y abrí un vino blanco, ya que me dijo que no bebía tinto. Hasta en eso se parecía a mi novia. La deje sola un segundo y procedí a comunicarme con mi pareja. Le mandé un audio donde le conté un poco todo; ella me pidió descripción y, cuando se la di, me respondió con un chistoso ”las buscas igual que yo eh”. Pero no se equivocaba, se lo confirmé, y nos despedimos hasta el día siguiente.
Me senté con ella de nuevo y tomé la iniciativa:
Y: Hay unas cosas que tenemos que hablar antes de que pase nada
C: Dime
Y: Primero quiero comentarte que esto es algo para experimentar ambos, pero no puedo ponerte a mi nivel, cualquier duda que tengas, adelante. Me gustaría que escojas una palabra de seguridad. Si en algún momento te sientes incómoda o piensas que no estás preparada, solo tienes que decirla, y pararemos. Si estuvieses amordazada la clave será 5 respiraciones cortas seguidas.
Se sonrojo nada más escuchar la palabra mordaza, pero me contesto medio tímida:
C: Biblioteca… La palabra es biblioteca
Y: Genial. Por otro lado, quiero que me cuentes tus limites o tus fobias. No quiero hacer o decir algo para lo que no estés preparada
C: No creo que esté preparada para algo doloroso. Quiero ver la sensación de estar atada, de que me humillen. Me da igual como pero no quiero sentir dolor ni ver sangre. Ni nada escatológico. Bueno, y nada que sea un delito, ya sabes que ni drogas ni nada tomo
Y: Perfecto, me parece muy correcto. Ahora ponte de pie, sácate la ropa y déjate solo las botas. Yo voy a por mis juguetes y cuando vuelva quiero verte de rodillas con los brazos en la espalda
Me fui a por las cajas donde guardaba todos los juguetes, y cuando volví, allí estaba esperándome. Se la veía avergonzada, con la cabeza agachada, aunque poco tiempo tendría de pensar en lo que venía.
Empecé a sacar cuerdas, y ella miraba atónita a todo lo que allí había. La puse de pie, y comencé a realizarle un arnés con la primera cuerda. Ella miraba como las cuerdas daban vueltas a su alrededor, de sus pechos al cuello, pasando por la espalda. Mientras miraba la trayectoria de las cuerdas, sin darse cuenta, sus brazos ya estaban amarrados. Me agaché y realicé sendas ataduras en rodillas y tobillos. Se la veía espectacular. Cogí dos pinzas y se las puse en los pezones, a lo que hizo una pequeña protesta, pero sin mucho efecto. La puse de rodillas y me miró:
Y: ¿que sientes?
C: No sé… Me da miedo y vergüenza al mismo tiempo, pero me siento bien también. Sentir las cuerdas, sentirme humillada, a merced de alguien… Hay algo por dentro que se me remueve como nunca y me tiene excitada
Y: Eres más puta de lo que pensaba. Pero si aguantas esta noche vas a salir de aquí toda una zorrita
Su cara cambió de golpe. El caballero que había conocido le hablaba como nunca antes esa tarde. Su primera reacción fue de sorpresa, pero a la vez una excitación enorme se apoderó de ella. En ningún otro contexto se dejaría hablar así, pero ahí no era capaz de decir nada. Así que me acerque a ella, me quité los pantalones, y me quede con el pene delante de su cara. Ella no podía ni mirarlo de la vergüenza de la situación.
Y: Ahora vas a abrir la boca y empezar a chupar, ¿o tengo que obligarte?
Sin dudar alzó las vista y se lo metió en la boca. Estaba totalmente erecto y Clara comenzó a chuparlo con una delicadeza que me dejo loco. Lo hacía genial. Cualquiera pensaría que era una niña pija acostumbrada a no tener que hacer mucho en el sexo, y siempre recibir. Nada más lejos de la realidad, lo tragaba hasta donde llegaba, lo lamía de arriba hacia abajo, y de vez en cuando subía la mirada con lascivia, lo que me ponía aún más enfermo. Llevaba toda la tarde tan caliente, que en apenas 15 minutos le iba a regalar la primera corrida de la noche.
Lo hacía muy bien, sabía donde tocar para ponerme a temblar; tanto que acabe sentado dejándola hacer de rodillas. Pero cuando estaba llegando, me levanté, agarré su coleta y su mandíbula, y empecé a follarme su boca. Golpeaba tan fuerte y rápido que cada pocos segundos le venían arcadas, pero aun así aguantó hasta el final, hasta que vacié mis testículos en su garganta. Y no defraudo, porque no desperdició ni una gota del fruto de mi placer.
Y: ¿Como la chupas tan bien?
C: no se tío…
Y: ¿Tío…?
Eso fue lo último que escucho antes de darle una bofetada que la dejó perpleja.
Y: ¿Qué pasa? ¿Qué te sorprende? -(procedí a darle otra)- creo que aún no sabes donde estas ni como hablar con respeto
Ella, atónita, solo supo decirme:
C: Pe,pe, perdón… Señor…
Y: Eso ya me gusta más.
No quería ser el típico dom que enseña a base de castigos, pero tenía que entender que respetar a su dominante, aunque fuese solo por esa noche, era básico. Y el tratamiento personal no había sido el correcto. Además, en su mirada, se notaba que esa sensación la había humillado terriblemente, y le excitaba de sobre manera.
Sin perder más tiempo, dado que ya era algo tarde, y no quería volver muy tarde a su casa, procedí al plato fuerte. Me propuse darle un orgasmo tan fuerte que cada día pensase en él y desease volver a sentirlo. Así que le puse una mordaza de bola, de color rojo, y me la llevé al cuarto.
Allí desaté sus piernas y sus brazos, y la tumbé boca arriba. Até cada uno de sus brazos a un lado de la cama. Después, levanté sus piernas y puse un pequeño cojín por debajo de su cadera. Por último, até cada una de sus piernas a un lado de la cama, de modo que quedo totalmente expuesta.
No le di mucha explicación, cogí el bote de lubricante para disponerme a lubricarla. Su vagina ya estaba completamente húmeda, aunque igualmente eché un chorro, que también utilizaría para lubricar su ano.
Cogí el plug más pequeño que tenía y comencé a introducirlo. No se quejó mucho; yo miraba continuamente por si la señal llegaba, pero ella se mantuvo disfrutando del proceso. Comencé a tocar su clítoris, suavemente y hacia los lados. Ella gemía de placer mientras yo jugaba con su coño depilado. Era rosadito y toda una delicia, tanto que en un momento tuve que bajar y comérselo. Temblaba de placer mientras mi lengua recorría su sexo. Para ese entonces yo ya tenía otra erección, así que decidí que le iba a dar un orgasmo a ella primero, y luego terminaría yo.
Cogí un vibrador y se lo puse en el mismo clítoris que tan sensible estaba. Sus ojos se abrieron de golpe; nunca había tenido ese cúmulo de sensaciones y no sabía como reaccionar. Se intentaba mover aunque estaba totalmente inmovilizada, gemía, cerraba los ojos y apretaba manos y pies. Bailaba con la cadera y, aunque por momentos, parecía que quería apartarse, en otros parecía que se movía al son del aparato.
Yo, ya enfundado en un condón, ponía la punta de mi pene a la entrada de su vagina, y la acariciaba a la vez que le daba golpecitos con la punta. Ella me miraba y empujaba sus caderas hacía mi como queriendo que la llenase. Pero aún no era el momento.
Seguí 10 minutos más con el vibrador; gritó una y otra vez, gemía, respiraba, y volvía esa sensación. Placer extremo mezclado con sensibilidad máxima. Estaba exhausta orgasmo tras orgasmo, viendo como no me apartaba y seguía encime de ella. Llegado un momento, cerró los ojos, y se entregó por completo. No podía más, así que llegado a ese punto sabía que esa cita no se iba a quedar en una noche sola. Separé el vibrador y comencé a bombearla.
No sé cuánto fue pero acabe vaciando tanto en ese condón que parecía que se salía por los lados. Acabe con la sensación que acababa cada polvo con mi novia, y eso era maravilloso. Y ella destruida, atada de manos y pies, expuesta, sudada, follada por todos sus agujeros, humillada y vejada… Y feliz, muy feliz.
Me limpie y le quite la mordaza, y una sonrisa gigante salía de su boca.
C: Gra, gracias señor… Ha sido maravilloso
La desaté y me tumbé a su lado. Nos abrazamos y comenzamos a charlar, ya sin roles. Hablamos de sus sensaciones, de gustos, de que probar, de como se había sentido. En un momento determinado, hasta me preguntó si creía que a mi novia le apetecería conocerla. Yo estaba seguro de que a mi novia le encantaría conocerla, y de que los tres íbamos a pasar muy buenos momentos, y así se lo hice saber. Ella sonrió y se quedó a mi lado un rato más.
Finalmente, nos arreglamos un poco, lo justo para no levantar sospechas, y la acerque a casa. Al día siguiente nos volveríamos a ver estudiando, quien sabe como terminaría esta vez…