Capítulo 1: Un matrimonio en crisis
Rodolfo y Vanina llevaban más de 15 años casados. Tenían una relación estable, se amaban y eran muy compañeros, pero desde que ella había llegado con el resultado positivo del test de embarazo el sexo pasó a ser tabú en esa casa. La cama pasó a ser sólo un lugar para dormir de a dos (y para jugar de a uno). Rodolfo volvió a masturbarse tanto como cuando era adolescente, encontrando a sus 43 años un fetiche en los videos de las BBC (las pijas de los negros) que tanto hacían gozar a las señoritas.
Vanina en cambio era un poco más tímida, pero las hormonas la estaban volviendo loca de deseo. Había empezado a ir al gimnasio y se encontró a ella misma, tan recatada como era, mirando bultos ajenos.
Alguna vez, dudando si Rodolfo en realidad no la cogía porque ella había perdido el encanto, se puso una calza muy apretada y fue al gimnasio sólo a ver los ojos de los hombres. Su hermoso culo y su metro setenta no pasaron desapercibidos, ni en la calle ni en el gimnasio. A sus 34 años seguía estando fuertísima, incluso con esa incipiente pancita de 3 meses.
Una noche, un poco harta de la situación, superó su timidez y tocó el pene de su marido por encima del pijama mientras dormía. Sacudió suavemente la pija que fue tomando vigor hasta que se despertó Rodolfo. Él le sacó la mano con suavidad y le dijo casi con lágrimas que dentro del vientre estaba su hija. La pija se empezó a achicar apenas el hombre terminó de sacar fuera su angustia, y Vanina entendió que no iba a coger al menos por los 9 meses del embarazo.
La situación había llegado a un punto crítico y ambos fantaseaban en separarse cuando decidieron tomar unas vacaciones en Brasil para tratar de arreglar las cosas. Vanina estaba emocionada por la oportunidad de pasar tiempo a solas con su esposo y reavivar la chispa entre ellos, mientras que Rodolfo simplemente estaba aliviado de tener una excusa para alejarse del estrés del trabajo.
Capítulo 2: El masajista
El primer día en el lujoso hotel de playa donde se hospedaban, Vanina se sintió particularmente adolorida por las incómodas butacas del avión y le pidió a Rodolfo la ayude a descontracturarse. Además de relajar sus músculos quizás los mimos podían hacer que al menos su esposo la masturbe, si tanto miedo le daba cogerla preñada al menos que la toquetee. Él estaba tratando de cerrar un importante acuerdo comercial por WhatsApp. “No es el momento Vani”.
Ella no iba a pasarse las vacaciones encerrada en la pieza del hotel, y como le daba miedo salir a conocer Río de Janeiro sola, se puso a investigar las opciones del all inclusive donde estaban alojados y decidió reservar un masaje completo para las 16 h. Rodolfo se mostró indiferente al principio, pero accedió a acompañarla. Podía seguir su asunto desde el teléfono.
Cuando llegaron a la habitación designada para los tratamientos, se encontraron con Thiago, un guapo mulato de 25 años que era el terapeuta asignado. Vanina quedó impresionada por su sonrisa encantadora y el cuerpo musculoso que se percibía detrás de la remera.
El joven masajista los hizo pasar al cuarto del spa y comenzó a explicar el proceso en portuñol mientras los guiaba hacia las camas para masajes. No pudo evitar notar lo bien que se veía Vanina. El complejo era de categoría y habitualmente sus clientes y clientas eran personas mayores, este el primer culo lindo que iba a masajear en un largo tiempo. Sonrío para adentro y pensó en qué buen trabajo tenía.
Capítulo 3: El masaje tradicional
Mientras Rodolfo se acomodaba en un sillón, a unos dos metros de la cama, Thiago le pidió a Vanina que se quita el pantalón, la remera y se recostara boca abajo en la cama. Ella llevaba debajo un bikini color salmón que no sólo era cómodo, sino que además cubría bastante bien su cuerpo. A pesar de su bellísimo cuerpo la futura madre no se animaba al hilo dental, ni siquiera de vacaciones en la ciudad carioca.
“Ua pena a ropa” dijo Thiago, “É melhor o lacinho”. Y tenía razón, con el aceite ese bikini era un problema.
El mulato se puso aceite en las manos, las frotó para que tomen temperatura, le desabrochó el corpiño para tener pleno acceso a la espalda y comenzó con un masaje relajante. Primero los hombros, y el cuello, y a medida que recorría el cuerpo tanto el masajista como la masajeada fueron motivándose. Para el joven era algo habitual, pero para Vanina excitarse por un masaje le pareció demasiado. ¿Qué le estaba pasando? ¿Serían las hormonas?
Las manos de Thiago eran mágicas, por momentos a ella se le escapaban pequeños gemidos de placer, que no eran totalmente sexuales, pero sin dudas mostraban que la estaba pasando realmente bien.
Rodolfo no había prestado atención a la escena. Estaba absorto con su teléfono celular leyendo mails cuando de reojo vio que el negro estaba trabajando cerca de la cola de su esposa, y se sorprendió mucho cuando Thiago rozó muy suavemente las nalgas de Vanina con el dorso de su mano. ¿La estaba acariciando? Esa cola tenía –además de una forma increíble– una sedosidad propia de quienes se cuidan mucho la piel, y el joven estaba disfrutando esa sensación.
El masajista pidió permiso a Vanina y metió apenas las yemas de dos dedos en los bordes de la bombacha de la bikini y la llevó al centro de la cola, liberando así las dos nalgas para poder trabajar. Esa pieza de ropa tan amplia ahora era un gran hilo dental, y a sus lados dos hermosos cachetes de un culo soñado.
Ella no puedo evitar estremecerse ante las habilidosas manos y comenzó a sentir un calor familiar entre sus muslos. Miró a Rodolfo nerviosa, preguntándose si había notado algo inapropiado. Pero él estaba enfrascado en el teléfono, ocupado de su trabajo mientras un negro de un metro noventa manoseaba a su esposa.
El joven mulato, amasaba los glúteos con profesionalismo hasta que notó que la parte inferior de la bikini estaba de otro color. ¿Se estaría mojando esta señora, algo mayor que él, con sus masajes? Le sucedía con alguna frecuencia, pero nunca con una que estuviera así de buena.
Capítulo 4: El calor de Brasil
Thiago dejó un segundo su tarea y con la excusa de buscar otro poco de aceite se alejó de la mesa para mirarla de lejos. ¿Se la podría coger? ¿Cómo podía hacer para que el tipo se fuera de la habitación? ¿Y si se la cogían los dos? No, no, pensó Thiago, sólo mía. A la mierda ese viejo impotente, se dijo para sí el joven.
La mente de Vanina no estaba tan lejos de esa idea. Revolucionada por las hormonas y la falta de sexo y atención de parte de su marido, notó su entrepierna empapada, y no pudo dejar de ver la evidente erección del mulato. Será verdad lo de los negros, pensó Vanina, y se imaginó por primera vez cómo la tendría Thiago. ¿Sería de carne o de sangre? Porque cuando lo vio por primera vez no se le notaba semejante bulto. Debajo de ese pantalón blanco había una gran pija parada, no tenía dudas. ¿Sería por ella? ¿Y si Rodolfo se daba cuenta?
Cuando Thiago volvió a masajear la cola, las piernas de Vanina estaban algunos centímetros más separadas. Ahora era más evidente que el flujo había manchado la bombacha de la bikini.
Thiago masajeó los muslos con firmeza, acercándose peligrosamente a la cola. A pesar de la malla pudo sentir cómo ella se tensaba y abría apenas más sus piernas para él. Sabiendo que había tenido éxito en excitarla, presionó más fuerte y más rápido, dejando que algún dedo resbalara hacia el centro de la entrepierna.
Vanina no pudo evitar abrir la boca y decir un muy suave “sí, así”. Estaba tan perdida en la sensación que ni siquiera notó que su esposo se había incorporado para mirarla boquiabierto. Antes de que pudiera decir algo, Thiago preguntó si quería cambiar a masajes más profundos y ella asintió tímidamente con la cabeza.
Capítulo 5: La revelación
¿Qué son masajes más profundos? Preguntó Rodolfo, más confundido que enojado. Nadie respondió a su pregunta. El silencio fue roto por Thiago, indicando a Vanina que debía darse vuelta, quedar panza arriba sobre la cama, y fue directamente a sacarle el corpiño dejándola en tetas.
Ella por primera vez se sintió realmente expuesta. Semi desnuda frente a su esposo y a un bello joven que actuaba como si no le importara nada ni nadie.
El mulato apenas le hizo algún masaje en los hombros y enseguida fue a masajear los pechos con firmeza. Vanina nunca fue tetona, pero los tres meses de embarazo ya estaban teniendo efectos, en volumen, en dureza y especialmente en hiper sensibilidad.
Rodolfo miraba la situación sumamente perturbado. ¿Debía detener esto? ¿Era parte normal de un masaje? ¿Cómo saberlo? Mientras veía los movimientos por primera vez notó lo evidente, recordó los videos BBC y pensó en cómo sería la pija del negro. Enseguida quitó eso de su cabeza. Estaban allí su esposa, y su futura hija dentro de la panza. Molesto, amagó con pararse con la intención de interrumpir, pero Thiago lo detuvo con un “¿que está fazendo?”. Por ubicado, el esposo se calló la boca. Sería así el masaje, pensó.
Enseguida, con absoluta impunidad y como si Rodolfo no existiera, el mulato bajó su mano derecha y la apoyó abierta encima de la bombacha de la mujer. La dejó allí mientras con la otra mano seguía amasando los senos. Como si estuvieran intercambiando mensajes en Morse, los dedos del joven presionaban sobre el pubis, y Vanina respondía alzando su cadera.
“¿Posso?” preguntó Thiago, y ella, que apenas comprendía el portugués, entendió claramente que querían bajarle la bombacha. Estaba muy excitada, y esta era una oportunidad única. Lo miró a Rodolfo, con cara de culpa y le preguntó también, “¿puedo?”
“¿Qué cosa Vanina, qué cosa podés?”
“Me quiere tocar ahí”
Capítulo 6: Ya no hay marcha atrás
La mano de Thiago se había movido unos centímetros más abajo, siempre sobre la bombacha, y empezó a apretar muy despacio con los dedos. No estaban sobre la vulva, pero casi, y Vanina los necesitaba desesperadamente más abajo.
“Dale”, le dijo ella al negro antes de que Rodolfo diga algo, y Thiago agarró los bordes de la bombacha para empezar a tirar de ella hacia los pies. Cuando Vanina alzó su cola para ayudar, Rodolfo comprendió que había perdido, ese mulato iba a tocar la intimidad de su mujer.
Ella quedó acostada boca arriba, totalmente desnuda y con un enorme negro al lado. “Sólo una paja Vani, que te toque y nada más” dijo el esposo, muy preocupado por este masaje profundo.
Thiago subió su mano izquierda al cuello de la mujer y metió con poca delicadeza su dedo índice de la mano derecha en la empapada vulva de Vanina. Ella era algo estrecha, pero estaba tan mojada que ese dedo, y el dedo medio que lo acompañó enseguida resbalaron dentro sin problemas. El joven no era un genio masturbando mujeres, pero entre las hormonas alborotadas, la falta de sexo y los masajes, cualquiera que tocaba esa concha iba a encontrar fácilmente un orgasmo. Encima los dedos eran los de un adonis negro de un metro noventa. Cómo no iba a acabar así de fácil.
El mulato se sorprendió cómo había conseguido todo en tan poco tiempo. Se quería coger a esa hembra de cualquier modo y si se apuraba llegaba a hacerlo antes del siguiente turno. Ella estaba totalmente entregada y él la había hecho gozar, ahora le tocaba a él.
Se aflojó el pantalón y se bajó el slip en un solo movimiento antes de que cualquiera en la habitación tuviera tiempo de reaccionar.
“Pará, pará, ¡qué hacés!” gritó el esposo, y trató de empujar al morocho que se lo sacó de encima con una mano, sin violencia, pero indicando quién mandaba ahí. Entonces Rodolfo le habló a su mujer “Vanina, no. Solamente una paja. Vanina por favor!” pero ella estaba bajando de su orgasmo y vió al lado de la cara una hermosa verga negra, grande como las de las películas, ancha, larga y con las venas muy marcadas.
“Dios mío” dijo Vanina, y acercó su mano al majestuoso pene, dudando en tocarlo. El mulato lo resolvió fácil, y acercó la pija directamente a la cara de ella; que seguía acostada, con dos dedos dentro de su concha y mirando hacia el costado donde estaba el masajista, y de fondo su esposo.
Vanina agarró suavemente la poronga desde la cabeza y la trajo a su boca. Estaba decida a agradecerle al joven el orgasmo que le acababan de regalar. Le dio un beso suave y después trató de meterse entero – sin éxito – el gran pedazo de carne. Pasó la mano por abajo de las bolas y sujetó al joven con una mano en la cola. Con la otra mano masturbaba la pija en su boca.
Rodolfo estaba mudo. También se impresionó con la big black cock. Era como las de los videos porno. Pasaron algunos segundos hasta que asoció que esa BBC estaba siendo chupada por su esposa.
Capítulo 7: La traición
Rodolfo decidió que era demasiado, pero nadie había obligado a su mujer a hacer nada, por lo que se paró y se fue en silencio hacia la puerta. Vanina lo vio con el rabillo del ojo y sin dejar de saborear la poronga del negro le hizo un gesto de que espere con la mano que tenía sujetando el culo del negro, pero Thiago aceleró el movimiento de sus dedos sobre el clítoris y ella acabó fuerte por segunda vez.
Mientras Vanina chupaba, su adorado esposo salía por la puerta de la habitación del spa.
Rodolfo empezó a caminar hacia su cuarto con absoluta impotencia, sentía que esos cuernos eran su culpa, la había descuidado mucho y la pobre estaría caliente. ¡Pero cómo iba a poder cogérsela si estaba embarazada y estaba su propia hija en el vientre! Y en cuanto llegó a ese pensamiento volvió a la sala de masajes corriendo. Ese negro no se iba a coger a su esposa de ningún modo.
Entró de improviso a la habitación y poco había cambiado, ella seguía mamando la pija negra y Thiago acariciaba su cabeza.
“Basta Vanina vamos” pero su esposa volvió a hacerle señas de que espere. Ella quería devolverle el orgasmo al negro, y ya no pensando en el masajista, sino para saber que lo podía hacer gozar. Que ella también podía hacerlo acabar. Sin embargo ya le está doliendo la mandíbula y el pene seguía tan duro como cuando empezaron.
El esposo se acercó tanto a la pareja que Thiago pensó que él también quería pija, y como no le atraían los hombres se alejó un par de pasos hacia atrás y fue a servirse agua del dispenser. Rodolfo aprovechó el momento, se agachó al lado de la cama y quedó cara a cara frente a su mujer. “Perdoname Vani, es mi culpa. Vamos por favor”
Ella lo miró seriamente. Estaba procesando todavía lo que había pasado y pensando en qué decirle a su marido cuando de repente abrió los ojos muy grande. Rodolfo miró hacia los pies de su mujer. El masajista se había subido a la cama y estaba en cuclillas encima de la vulva de Vanina. Había empezado a frotar la cabeza del pene contra los labios vaginales de ella.
“No no” dijo ella, “no por favor no”. Rodolfo trató de pararse pero se cayó sentado y se quedó allí, mudo.
“No Thiago, mejor no” decía Vanina, mientras el mulato seguía empapando su pija de fluido femenino.
El negro empujó apenas, llegando hasta la vagina pero sin penetrar realmente. “Só a cabecinha” decía Thiago, pero la miró a los ojos y ella le sostuvo la mirada en silencio. Él entendió y empujó fuerte.
A pesar de la lubricación natural apenas entraron 5 centímetros. La pija era enorme.
Vanina agarró los marcados bíceps del mulato para sostenerse de algo. Quería que se la cojan, pero le estaba doliendo.
Capítulo 8: Con O de orgasmos
Rodolfo estaba horrorizado, estaban empezando a penetrar a su mujer y ella no sólo lo había permitido, sino que se agarraba fuerte del tipo que se la estaba cogiendo.
“¡Vanina la puta madre!”
Thiago retiraba su cadera unos centímetros y volvía a perforar.
“¡te están cogiendo Vanina!”
Thiago avanzaba un poco más. Ella alzaba la cadera para que sea más profundo
“¡Estás embarazada la puta madre!”
Y esa última frase hizo que la esposa vuelva unos segundos a la realidad, pero bastó un último empujón del negro y que los 21 centímetros de pija negra recorrieran la totalidad de la vagina y llegaran hasta el útero para que ella llegara al orgasmo temblando. Jamás había sentido así una verga así, que la llenara por completo.
El masajista actuaba como si nada importara. La mujer vibraba por el orgasmo y el seguía bombeando, sacando casi todo su pene afuera para volver a meterlo por completo.
Después de un rato, ya cansado de estar en cuclillas, desenvainó su pene y ayudó a que Vanina se sentara en la cama. Allí le dio un beso. La había penetrado y recién ahora la besaba.
Thiago sintió en esa boca el gusto de su propia pija, y los gustos de la concha de la hembra que estaba sentada en la cama a su lado. El cornudo los miraba sentado en el piso.
El masajista guio a Vanina para que se ponga en cuatro patas y empezó a chuparle desde atrás la concha. Su falta de talento pajeando mujeres lo compensaba con una gran lengua y labios gruesos. Besaba esa vulva como quien come una sandía en pleno verano, y ella volvió a conmocionarse. El negro le estaba provocando un cuarto orgasmo, totalmente distinto, pero tan increíble como los anteriores.
Esta vez el masajista la dejó acabar tranquila. Incluso le acarició la espalda mientras ella temblaba por la gran chupada de concha que había recibido.
Cuando notó que ya se había repuesto, la dejó en cuatro, pero hizo que apoyara el pecho sobre la cama y levante la cola. Se la iba a coger en serio.
Ahora era su turno de gozar.
Capítulo 9: Tan adentro como sea posible
La vagina es elástica y esta habían tenido mucho juego previo, pero la poronga era muy gorda, y así como estaban Thiago empujaba sin lograr avanzar más allá de los primeros centímetros. Vanina empezó a quejarse suavemente porque su cuerpo no estaba lubricando lo suficiente, y el mulato estaba empecinado con llegar al fondo como sea. Más que penetrarla la empujaba hacia adelante en la cama.
Rodolfo se paró, caminó hasta donde estaban los aceites del masajista y le alcanzó el pote al negro. Muchos años después de ese día se siguió culpando por ser tan servicial, pero lo cierto es que cuando el masajista se puso el producto sobre su pene la situación cambió, y la pija resbaló hasta el fondo, consiguiendo además un sííí de la mujer que sentía cómo la llenaban de carne de nuevo.
Rodolfo se paró al lado de la cama con los brazos cruzados y sin perderse detalle. Estaba algo excitado viendo esa BBC provocando tanto placer, pero la culpa no lo estaba dejando en paz. Se estaban cogiendo a su esposa embarazada delante de sus narices, o mejor dicho, se la estaban recontra cogiendo, porque el movimiento de Thiago era frenético. Embestía a la hembra una y otra vez.
Se empezaron a escuchar pedos vaginales, los plap plap de cada penetración y gemidos cada vez más fuertes de la mujer y también – por primera vez – del joven masajista.
De repente, el mulato cerró los ojos, sujetó con fuerza las caderas de la mujer, penetró hasta la empuñadura, se quedó quieto y eyaculó. Su verga depositó grandes cantidades de semen espeso que inundaron la concha. Después abrió los ojos, sonrió, sacó su pene chorreando líquidos y se dirigió al baño a higienizarse.
Vanina estaba todavía en cuatro patas. No había alcanzado esta vez el orgasmo, pero pensó que estaba bien, ya había acabado bastantes veces, y lo más importante, había logrado que el joven también acabe.
Rodolfo, parado al lado de la cama, vio los muslos de su esposa y el semen que se derramaba desde la vagina, por lo que agarró una toalla y empezó a limpiar a medida que salía el líquido. Actuaba como un robot. Estaba totalmente quebrado internamente y trataba de asistir a su esposa.
Capítulo 10: El desenlace
Vanina se quedó tendida en la cama, aturdida por lo que acababa de suceder. Su cuerpo estaba saciado pero su mente era un torbellino de emociones contradictorias. Se sentía culpable por haber traicionado a Rodolfo, pero al mismo tiempo no podía negar lo increíble que había sido la experiencia.
Thiago se puso el slip, el pantalón corto y se acercó a Vanina para darle un beso en la boca. Ella le corrió la cara, pero le dijo “gracias por todo”. El masajista hizo una sonrisa pícara, le hizo con el pulgar hacia arriba a Rodolfo y se retiró de la habitación.
El esposo ayudó a su mujer a incorporarse de la cama. Ella estaba realmente agotada y le temblaban las piernas. Luego la ayudó a ponerse la bombacha y la acompañó hasta la puerta del baño a que se higienice.
Cuando ella cerró la puerta y él se quedó sólo en ese cuarto del spa, liberó su angustia y rompió en llanto. No imaginó que el resto de la semana en ese hotel iba a ser aún más intensa.