Comienzo este relato presentándome: me llamo Paula, tengo 23 años y soy una chica pelirroja con curvas que siempre han llamado la atención. No soy delgada, pero tampoco me considero gorda; diría que tengo un cuerpo voluptuoso y bien proporcionado, con pechos generosos que suelen ser el centro de las miradas. Mi cabello rojo, que heredé de mi madre, es mi sello personal, y aunque a veces puede ser un imán de comentarios, he aprendido a llevarlo con orgullo.
Ahora paso a contarles que estoy en pareja con Lucas, quien también tiene 23 años, y llevamos juntos tres años. Desde que estamos juntos, su familia siempre me ha invitado a las fiestas que organizan, ya sea para cumpleaños, Navidad o Año Nuevo. Y yo, por supuesto, siempre voy.
Lo que quiero decir con esto es que, a lo largo de estos años, he tenido la oportunidad de conocer a toda su familia y he logrado establecer una buena relación con todos ellos. Entre ellos está su tío, un hombre simpático, agradable y, sobre todo, bastante mujeriego.
Él se muere de amor por mí, y no es para menos. Soy una chica a la que le encanta mostrar su cuerpo, y en estas fiestas siempre lo hago con estilo. Me visto con vestidos ajustados y cortos que resaltan mis curvas, y no tengo problema en lucir lo que la naturaleza me dio, especialmente mis pechos, que son grandes, firmes y, según muchos, simplemente hermosos. Es parte de mi personalidad y de cómo me siento más segura y poderosa.
Entonces, lo que sucede es que en cada una de estas fiestas, él siempre se me acerca. Me dice cosas bonitas, halagos que me hacen sonreír, pero también se permite comentarios bastante subidos de tono. Sé que a muchas mujeres esto no les gustaría, pero a mí no me desagrada en absoluto. Al contrario, me encanta. Primero, porque me gusta que me alaben, que me hagan sentir deseada y admirada. Y segundo, porque sus palabras tienen un efecto en mí: me calientan, y muchísimo.
Hasta ese momento, nunca habíamos tenido la oportunidad de estar solos, de compartir un momento de privacidad. Pero eso cambió durante la Navidad pasada. Sucedió que, alrededor de las dos de la mañana, estaba en casa de Lucas celebrando la Navidad cuando una amiga me escribió para invitarme a una fiesta. Les dije que debía irme, y fue entonces cuando el tío de Lucas se ofreció a llevarme. Me insistió en que no gastara dinero en un servicio de transporte y que él me acompañaría. Al principio, dudé, pero al final acepté.
Entonces, caminamos varias calles hasta llegar a su casa. Una vez allí, me hizo pasar adentro, donde tenía el coche estacionado en un garaje o espacio cerrado, no afuera como uno podría esperar. Me hizo subir al coche, encendió el motor y, después de unos cinco segundos de pensarlo, lo apagó. Fue un gesto que me llamó la atención, como si estuviera dudando o reconsiderando algo en ese momento.
Yo le pregunté por qué había hecho eso, y su respuesta me dejó sin palabras. Cerró la puerta de su lado, me miró fijamente y, con esa sonrisa traviesa que siempre lo caracteriza, me dijo riendo: “Te llevo, pero antes tenés que mostrarme las tetas”.
¡Qué tipo que sos!” dije, con una sonrisa igual de picarona que la suya. Su frase, “te llevo, pero antes tenés que mostrame las tetas”, me cayó simpática y hasta me hizo reír por lo directo que fue. Sin pensarlo dos veces, me bajé mi vestido rojo y le mostré mis tetas, grandes y firmes, con mis pezones erectos y prominentes. Las tomé con mis manos, acariciándolas suavemente mientras se las mostraba, y le pregunté con una mezcla de provocación y curiosidad: “¿Te gustan?”.
Él, completamente embelesado, quedó hipnotizado por mis pechos. Sus ojos no se despegaban de ellos, y mientras se tocaba el bulto en sus pantalones, pronunció un tembloroso “sí”, como si las palabras le costaran salir. Era evidente que estaba completamente cautivado.
Bueno, “ya está”, le dije después de estar unos 10 segundos mostrándoles mis tetas. “Ahora llévame”, añadí, intentando sonar firme. Pero él no estaba satisfecho. Con una mirada llena de deseo, me respondió: “Mostrame un poco más, no llegué a disfrutarlas lo suficiente”.
Entonces, con un gesto decidido, volví a bajarme el vestido y le mostré mis pechos, grandes y firmes, en toda su plenitud. Sus ojos se abrieron como platos, como si no pudiera creer lo que estaba viendo. Antes de que yo tuviera la oportunidad de cubrirme de nuevo, él, con una voz temblorosa pero llena de deseo, preguntó: “¿Me dejás tocarlas?”.
Yo le dije: “Bueno, está bien”, con un tono que dejaba claro que no me quedaba otra opción, pero también con un dejo de complicidad, como si en el fondo lo estuviera disfrutando. En cuanto le di el permiso, sus dos manos se abalanzaron hacia mis pechos, generosos y bien formados. En cuestión de segundos, ya los estaba apretando con fuerza, sintiendo la suavidad de mi piel, mientras sus dedos jugueteaban con mis pezones, pellizcándolos con una mezcla de delicadeza y voracidad.
Pero eso no fue suficiente para él. Necesitaba más, quería más. Después de varios segundos tocándome las tetas con avidez, me miró directamente a los ojos y, con una voz cargada de deseo, me preguntó: “¿Me dejás chuparlas?”. Yo, ya con el cuerpo caliente y la respiración entrecortada, no pude evitar decirle que sí. Sin perder un segundo, se agachó y llevó su boca a uno de mis pezones, succionándolo con una mezcla de hambre y desenfreno.
Era como un bebé grande, desesperado por alimentarse. Pasaba de un pezón al otro, succionando con ansia, como si no pudiera saciarse. Sus manos no dejaban de apretar mis tetas, hundiendo sus dedos en la carne suave y firme, mientras sus labios y lengua trabajaban incansablemente, como si buscaran sacar hasta la última gota de leche. Cada movimiento suyo era una mezcla de deseo y necesidad, como si hubiera estado esperando ese momento durante mucho tiempo.
Tanto yo como él, y especialmente él, entramos en un estado de excitación que era casi palpable. Él quería que yo se la chupara, así que, sin perder tiempo, se desajustó el pantalón y me mostró su miembro. Era grande, grueso y venoso, justo como me gustan a mí. Me miró con una intensidad que no dejaba lugar a dudas y, en lugar de preguntar, simplemente me ordenó: “Chupámela”. Sin dudarlo, me acomodé el pelo, me incliné hacia él y me preparé para complacerlo.
Abrí la boca, saqué la lengua y comencé a lamer y chupar su pene como si fuera un helado, recorriendo cada centímetro del tronco con una mezcla de delicadeza y voracidad. Luego, me concentré en la punta, jugueteando con ella, raspándola suavemente con mi lengua, sintiendo cómo se tensaba bajo mis labios. Finalmente, sin dudarlo, me lo tragué entero, sintiendo cómo llenaba mi boca y cómo él respondía con gemidos de placer.
Él se relajó por completo, apoyando su cabeza contra el respaldo del asiento y dejando que yo tomara el control. Con su pene firmemente dentro de mi boca, comencé a moverme hacia arriba y hacia abajo, haciendo que entrara y saliera de mis labios con un ritmo constante. Entre cada movimiento, no dejaba de lamer y succionar los costados de su miembro, explorando cada centímetro con mi lengua, mientras sentía cómo su cuerpo respondía con gemidos y sus manos se aferraban al asiento.
En un momento dado, él me frenó y me separó de su pene. Yo, un poco confundida, le pregunté: “¿Por qué hiciste eso?”, mientras pensaba para mí: “¿Ya no quiere que se la chupe?”. Él, con la respiración entrecortada, me explicó que estaba a punto de acabar y que no quería hacerlo todavía. Luego, con una voz firme pero llena de deseo, me ordenó que se la chupara de forma más calmada, como si quisiera prolongar el placer al máximo.
Minutos después, él me preguntó si quería pasar adentro de su casa. Yo, con una sonrisa cómplice, le respondí: “Solo un ratito, pero luego me llevás a la fiesta”. Él, emocionado, asintió rápidamente con varios “sí, sí, sí”, como si no pudiera esperar. Sin perder más tiempo, nos bajamos del coche y entramos a su casa, con la tensión y el deseo palpables en el aire.
Al ingresar a su casa, él me tomó de la mano con firmeza y me guió directamente hacia su habitación. No hubo preámbulos; la tensión sexual entre nosotros era tan intensa que casi podía tocarse. Una vez dentro, se desnudó por completo, dejando al descubierto su cuerpo, que, aunque no era musculoso, se conservaba bien para sus 40 años. Su miembro, ya erecto y listo, era una clara muestra de su deseo. Con una mirada intensa y una voz cargada de determinación, me dijo: “Ahora te voy a coger bien duro”. Sus palabras me encendieron aún más, y sin pensarlo dos veces, me desnudé también, dejando que mis curvas quedaran expuestas ante él.
Nos subimos a la cama, y durante los siguientes 45 minutos, nos entregamos por completo. Él cumplió con lo que había prometido: me cogió bien duro, como si quisiera demostrar que, a sus 40 años, todavía tenía energía de sobra. Probamos todo tipo de posiciones: desde él dominándome por detrás, agarrando mis caderas con fuerza mientras me penetraba con un ritmo implacable, hasta yo montándolo con frenesí, sintiendo cómo se entregaba a cada uno de mis movimientos. Cada posición tenía su propia magia, pero todas compartían la misma intensidad y conexión.
Sin embargo, la mejor fue cuando lo monté encima de él. Mientras me movía con un ritmo constante y provocativo, él no podía resistirse a mis tetas. Las chupaba, las mordía y las apretaba con una mezcla de deseo y adoración, como si fueran su obsesión. Cada gemido que salía de su boca me hacía sentir más poderosa, más deseada, y cada vez que me apretaba contra él, sentía cómo su cuerpo respondía con la misma intensidad que el mío. Fue una experiencia que nos dejó a ambos sin aliento, pero con una sonrisa de satisfacción en el rostro.
El clímax llegó de la manera más intensa posible. Él, incapaz de contenerse por más tiempo, me ordenó que me arrodillara sobre la cama. Yo obedecí, colocándome en esa posición mientras él se paró frente a mí. Con un gemido gutural, eyaculó en mis tetas de la forma más salvaje que he experimentado. Sus gritos de placer resonaron en la habitación, como si hubiera liberado toda la tensión acumulada. Yo, por mi parte, me dejé llevar por la euforia del momento, disfrutando cada segundo de aquella conexión tan cruda y apasionada.
Después de aquello, nos quedamos recostados en la cama, recuperando el aliento. Él me miró con una sonrisa satisfecha y me dijo: “Nunca olvidaré esto”. Yo solo asentí, sabiendo que aquella noche había sido algo especial, algo que ambos recordaríamos por mucho tiempo. Luego, después de vestirnos y asegurarnos de que todo estuviera en orden, él cumplió su promesa. Me llevó a la fiesta en su coche, como había acordado desde el principio. Aunque mi mente aún estaba en la habitación, en esos 45 minutos de pasión desenfrenada, supe que la noche aún no había terminado.
Y mientras conducía, no pude evitar notar esa mirada suya, esa sonrisa cómplice que decía más que mil palabras. Sabía que, aunque la fiesta estaba por comenzar, lo que acababa de pasar entre nosotros sería imposible de olvidar.