Dicen que lo que ocurre entre los dioses no está hecho para ser conocido por los mortales. Algunos secretos son demasiado poderosos, demasiado sensuales, demasiado divinos para ser revelados.
Desde el momento en que cerraron la puerta de la habitación, Ares y Afrodita decidieron ser desconocidos. No había nombres, no había historia previa, solo dos cuerpos respondiendo al llamado del deseo más primitivo. Era un pacto silencioso, un juego sin palabras.
Esa noche, Afrodita se entregó al placer sin límites. Sus cuerpos se buscaron una y otra vez, como si el universo les hubiera concedido ese instante para recuperar el tiempo perdido. Sus corazones parecían palpitar con más intensidad, como testigos de un encuentro que no estaba destinado a suceder, pero que, aun así, ocurrió, para luego no verse jamás.
Se tocaron con la urgencia de dos almas que llevaban demasiado tiempo deseándose en la distancia, pero que ahora, al fin, podían consumirse en la realidad. No hubo palabras, solo jadeos entrecortados y gemidos que quedaban suspendidos en el aire. Ares la recorría con sus manos como si estuviera descubriendo un territorio sagrado, cada roce impregnado de deseo y asombro. Afrodita, por su parte, se entregaba sin reservas, dejándose guiar por cada exigencia muda, por cada contacto que la hacía arder aún más. Pero en su mente, solo había una certeza: después de esta noche, debían olvidarse el uno del otro.
Pero el juego no terminó ahí.
Cuando finalmente el deseo los venció y sus cuerpos cayeron rendidos, Afrodita quedó envuelta en un sueño profundo, un trance que solo las diosas conocen. Sus labios entreabiertos, su respiración serena…
Los primeros rayos del Sol entraban tímidamente por la ventana cuando Afrodita abrió los ojos. Ares aún dormía profundamente. Ella se levantó de la cama con movimientos perezosos, su piel aun hormigueando por las caricias de la noche anterior. El cuerpo de Ares descansaba entre las sábanas desordenadas, su desnudez aún marcada por las sombras del placer que habían compartido.
La tensión inicial todavía se sentía en el aire, la conexión emocional entre ellos después de esa noche la seguía envolviendo con placer.
Fue entonces cuando se percató de que él había firmado el “contrato de sensualidad” y sonrió para sí misma. Ares había sobrepasado todas sus expectativas, y ella tenía ciertas reglas inquebrantables en el sexo. Por lo que esa mañana, decidió recompensarlo.
Se deslizó fuera de la habitación sin hacer ruido, vistiendo únicamente un largo vestido de tela ligera que acariciaba su cuerpo con cada paso. Nada debajo. Ni encaje, ni seda, ni barreras.
Al entrar en el restaurante del hotel, notó cómo las conversaciones disminuían sutilmente a su alrededor. Tal vez la escucharon gemir. Era fácil saber que era ella, la única latina en ese lugar, y seguramente sus gritos la noche anterior no pasaron desapercibidos. O quizás era algo más primitivo, más instintivo.
La observaban. ¿Era su silueta, apenas insinuada bajo la tela? ¿El roce de sus pezones endurecidos por la brisa matutina?
O acaso, ¿podían percibir en el aire lo que había sucedido entre esas piernas unas horas antes?
Ese aroma imperceptible que el cuerpo libera después del sexo, una firma invisible de placer reciente. No podían verla, no podían olerla conscientemente… pero la sentían. Los instintos no mienten.
Algunos desviaron la mirada al instante. Ella sonrió para sí misma, disfrutando de la sensación de poder. No le importaba lo que pensaran de ella. Sus pensamientos estaban en llevarle el desayuno a la cama a su dios.
Se inclinó suavemente sobre la mesa del buffet, dejando que el escote de su vestido ofreciera una vista tentadora. A lo lejos, un mesero dejó caer una taza.
La noche anterior la había transformado.
Y ahora, en cada paso, en cada mirada que provocaba, sabía que seguía siendo la dueña del juego.
Tomó una fiambrera y caminó por las diferentes estaciones del buffet con la gracia de una diosa que sabe exactamente el efecto que causa. Seleccionó frutas frescas, jugo de naranja y empacó todo muy bien, saliendo rápidamente del lugar. Pero lo mejor aún estaba por venir.
De vuelta en la habitación 1018, se tomó su tiempo, encendió la cafetera y el aroma llenó el lugar, perfecto para despertar los sentidos.
Sus labios, apenas humedecidos con tinta rosa, estaban listos para despertar a Ares.
Ares sintió un cosquilleo en sus pies antes de abrir los ojos. Unas manos suaves, recorrían su piel con movimientos pausados, ascendiendo desde sus tobillos hasta sus muslos. La transición perfecta del relajamiento al deseo.
—Buenos días, guerrero —susurró Afrodita, con una sonrisa que prometía mucho más que un simple desayuno.
Él apenas logró abrir los ojos cuando sintió sus dedos deslizándose por su espalda, masajeando cada músculo con la precisión de quien quiere otorgar placer en todas sus formas. Liberando la tensión en los músculos grandes. Desde los muslos, hasta que sus manos tocaron el pecho y el abdomen. Con movimientos largos y firmes, palpó del cuello hasta los muslos. Disipando cualquier estrés acumulado.
Masajeó lentamente su cabeza, concentrándote en las sienes, la coronilla y la nuca. Luego, acarició suavemente los lóbulos de sus orejas antes de ir descendiendo. Con firmeza, pero con cuidado, continuó con los hombros.
Para ese momento, el juego había cambiado.
Sus palmas se detuvieron en la cintura de él, presionando suavemente, antes de deslizarse más abajo, recorriendo sus glúteos con una lentitud provocadora.
Ares gruñó bajo su respiración. ¿Es un sueño?
Afrodita se inclinó, dejando que sus labios apenas rozaran su oído.
—¿Todavía crees en las casualidades? —susurró, mordiéndolo ligeramente, haciéndolo estremecer de placer.
Ares cerró los ojos un instante, disfrutando la sensación. No, esto no era casualidad.
Era el destino.
Pero… ¿realmente ellos habían decidido estar ahí, en ese momento?
O quizás, solo quizás… alguien más había escrito esta historia antes de que ellos siquiera la imaginaran.
Porque en la vida, como en el universo, nada es realmente un accidente.
¿Qué sintió Ares al verla despertar? Sólo él lo sabe. ¿Qué pensó Afrodita mientras lo seducía? Que todos los dioses del olimpo estaban siendo testigos de ese desenfreno.
Mientras Ares la miraba, con los ojos aún nublados por el sueño y el deseo, una pregunta cruzó su mente.
¿Realmente era ella quien había decidido volver a su lado esa mañana?
O tal vez, solo tal vez… había algo más en juego, algo que aún no comprendía.
Ares la observó con fascinación, preguntándose si alguna vez podría descifrarla por completo. Ella era un misterio, un enigma que lo atraía tanto como lo desconcertaba.
Era el momento del plato fuerte. La excitación aumentó de forma progresiva: en sus muslos, glúteos, en la parte posterior de las rodillas y la cara interna de los muslos. Y solo entonces… su virilidad.
La luz del amanecer filtrándose por la ventana iluminaba la escena. Ella abrió su vestido frente a él, se desvistió completa disfrutando de ver el efecto que causaba en él. Reemplazó su atuendo por una diminuta bata de seda negra que apenas le cubría el cuerpo. Su cabello recogido, su piel radiante, y en su rostro se dibujaba una sonrisa traviesa.
—Buenos días, mi señor —murmuró con un tono seductor cambiando un poco la voz, sosteniendo la bandeja con el desayuno.
Se acercó lentamente, con pasos suaves y gráciles, dejando que la tela de su bata se abriera apenas con cada movimiento. Ya no era la diosa que él había devorado la noche anterior. Ahora era ella quien estaba dispuesta a complacerlo en todo.
Dejó la bandeja sobre la mesa y se arrodilló junto a la cama.
—Espero que todo esté a su gusto —susurró, inclinándose para besar suavemente su muslo, mientras sus dedos comenzaban a recorrer su piel.
Ares la observó con fascinación. ¿Hasta dónde estaba dispuesta a llegar con este juego?
—Gracias, ahora levántate —ordenó con voz ronca.
Ella obedeció de inmediato. Él se incorporó y deslizó su mano por su cintura, tirando de la bata hasta hacerla caer al suelo.
Quedando completamente desnuda.
Ella tomó un trozo de fruta de la bandeja y llevándoselo a la boca le dio a probar. El aroma a café recién hecho se mezclaba con el perfume de Afrodita, creando una fragancia embriagadora que llenaba la habitación.
—La comida se ve muy rica, pero tu cuerpo será el manjar que saborearé esta mañana, —le dijo mirándola lascivamente.
Ella sonrió, tenía otro plan.
Se subió a la cama y, sin dejar de mirarlo a los ojos, vertió un poco de aceite tibio en su propio cuerpo. Dejó que el líquido resbalara por su cuello, sus pechos, su vientre, hasta gotear entre sus piernas.
Entonces, lentamente, se deslizó sobre él, usando su propio cuerpo para continuar masajeando cada centímetro de su piel.
Ares cerró los ojos un instante, disfrutando la sensación de su piel húmeda deslizándose sobre la suya. Sus pechos presionaban su torso, sus muslos se frotaban contra los suyos, sus labios rozaban su cuello en un roce tentador.
Ella besó sus omóplatos, haciéndolo retorcer de placer al rozarlo con sus pechos. Lo acarició no solo con las manos y los labios, lo estaba manteniendo en un suspenso erótico insoportable. La cercanía a su zona más sensible hacía que su deseo se intensificara aún más. Ella estaba embelesada con sus pies y pantorrillas, masajeó suavemente las plantas de sus pies, ascendiendo por sus tensas pantorrillas y siguiendo hacia la cara interna de sus muslos.
Era un acto que no tenía nada de inocente. Ella tomó las manos de Ares disfrutando de hacerle caricias orales en sus dedos excitándose a sí misma al imaginarse con su virilidad en la boca.
Afrodita bajó lentamente, su aliento cálido recorriendo su abdomen, sus labios apenas rozando su piel. Sabía exactamente cómo volverlo loco.
Pero ella no se detuvo ahí. Aunque tenía muchas ganas de ser penetrada nuevamente, entendía que no quería que ese momento fuera solo un juego de caricias oral cualquiera, sino un viaje hacia el placer más profundo, una explosión en su universo de deseo.
Se convirtió en un juego de dominio. Siendo ella quien controlaba su lujuria, por lo que gateó hasta el borde de la cama. Se arrodilló, mirándolo con picardía. Con una mirada llena de deseo y promesas.
Con una mano se tocaba sus grandes senos, firmes y voluptuosos, mientras deslizaba la otra con delicadeza hacia su entrepierna. Ares, completamente excitado, contuvo la respiración al sentir el primer contacto de sus dedos alrededor de su miembro, que palpitaba con anticipación. Lo rodeó con suavidad, acariciándolo con movimientos lentos y sensuales.
Luego, con un gesto audaz, tomó lubricante y vertió una pequeña cantidad en sus palmas, calentándolo antes de aplicarlo suavemente sobre él. La sensación fue inmediata: Ares cerró los ojos, dejando escapar un gemido profundo mientras su cuerpo respondía al estímulo.
La imagen era una fantasía hecha realidad.
Él apretó los dientes, sus manos se aferraron a las sábanas.
—Dime, ¿te gusta así, señor? —preguntó con una inocencia fingida, mientras seguía estimulándolo con la destreza de quien disfruta cada segundo del placer que provoca.
Afrodita, sonriendo con complicidad, inclinó su cabeza hacia adelante y comenzó a usar su lengua para complementar el placer. Con movimientos circulares y precisos, lamió su glande, provocando que Ares se estremeciera. Luego, con una mano, sostuvo sus senos y los apretó suavemente alrededor de su virilidad, creando un cálido y suave túnel de piel. Comenzó a moverlos hacia arriba y hacia abajo, frotando su miembro entre ellos, mientras su lengua continuaba jugueteando con la punta, alternando entre suaves lamidos y presión firme.
La excitación de ambos era palpable. Afrodita, arrodillada ante él, se sentía empoderada por el control que tenía sobre su placer, mientras que Ares, con los músculos tensos y la respiración entrecortada, se dejaba llevar por las sensaciones que ella le provocaba. Cada movimiento de sus senos, cada caricia de su lengua, lo acercaba más al borde del éxtasis.
Usando su boca, mejillas, barbilla… toda su cara lo deseaba por completo, sin reservas, con su “look desastroso” lo estaba enloqueciendo con el rímel corrido y su tinta de labios desvanecida. Había perdido la dignidad. Le había demostrado que se entregaba para él sin límites.
Estaba tan sumergida en el placer como él.
Los sonidos húmedos retumbaban en la habitación, sus jadeos y respiración entrecortada, no eran sonidos exagerados, sino el nivel extra de excitación que ella también estaba sintiendo.
Finalmente, con un gemido gutural, Ares alcanzó el clímax, su cuerpo sacudido por oleadas de placer mientras Afrodita succionaba y disfrutaba cada gota de su éxtasis al máximo. Ella lo miró con una sonrisa satisfecha, sabiendo que había cumplido su deseo de llevarlo a las alturas del placer.
Ares gruñó y la tomó de la muñeca, tirándola hacia su regazo.
Ella había jugado muy bien su papel.
Pero él tenía el control ahora.
Su respiración era errática, su cuerpo quedó muy tenso, incapaz de formular palabra alguna, solo logró decirle una frase entrecortada:
—¿Qué… qué me has hecho?
Ella lo abrazó presionando su cuerpo contra el suyo quedando inmóvil por un instante. Logrando escuchar los latidos de su corazón, intercambiando energía y calidez.
No tenía prisa en soltarlo, fue un abrazo prolongado.
Después de un tiempo indeterminado de caricias, besos y juegos sensuales, Afrodita se recostó en la cama, satisfecha y con una sonrisa triunfal.
Ares se levantó con calma, tomó su billetera y sacó un dinero, dejándolo sobre la mesita de noche.
—Buen servicio —dijo con una sonrisa pícara, siguiendo el juego.
Afrodita arqueó una ceja, de manera muy divertida. Se incorporó lentamente, tomó el billete y se inclinó sobre él.
—La primera vez es gratis, mi señor —susurró en su oído—. Pero la próxima… te costará más.
Le deslizó el billete de vuelta en el bolsillo de su camisa blanca, la cual recogió del suelo y colocó en una silla, no sin antes morderle el cuello.
Se vistió lentamente, asegurándose de que él disfrutara el espectáculo.
Tomó un conjunto de lencería negra de encaje translúcido que dejaba poco a la imaginación. Su vestido de seda adornado con flores, tenía un escote que parecía hecho para tentar a los dioses. Se acomodó su moño alto, dejando algunos mechones sueltos que enmarcaban su rostro con una sensualidad natural. Se pintó los labios con mucha sensualidad.
Ares la observó en silencio, atrapado en el eco de su piel, en el fuego de sus recuerdos. Eso no había sido solo placer, sino una obsesión grabada en su carne. No fue solo un encuentro, fue un pacto silencioso entre dos almas que no deberían haberse cruzado, pero que ahora eran incapaces de separarse.
Afrodita le sonrió con esa expresión traviesa que él ya conocía demasiado bien, como si supiera algo que él aún no había descubierto.
Pero entonces… la luz cambió. Un sonido metálico. Voces distantes. Una sensación fría en su piel.
Abrió los ojos.
Las luces blancas del quirófano la cegaron por un instante. La anestesia aún pesaba sobre sus pensamientos, pero una certeza la atravesó como un relámpago. El recuerdo de Ares seguía latiendo en su piel, tan real como el aire que volvía a llenar sus pulmones.
No era solo una fantasía. No era solo un sueño. Era destino.
Y el destino, como bien sabemos, siempre guarda una última carta.
FIN… ¿O un nuevo comienzo?
Pasó el tiempo.
Ares observaba el horizonte, donde el Sol comenzaba a esconderse detrás de los edificios. La ciudad parecía sumida en un letargo dorado, mientras las luces comenzaban a encenderse una a una, anunciando la llegada de la noche. En su mente, sin embargo, no era la ciudad la que ocupaba sus pensamientos, sino ella… Afrodita.
Nunca había imaginado que un simple intercambio de palabras, un cruce de miradas en una conferencia, pudiera dejar tal huella en su alma. Ella había sido como un destello fugaz en su vida, un relámpago que iluminó sus días grises con una intensidad arrolladora.
La recordaba con claridad: su risa melodiosa, la forma en que su cabello caía sobre su rostro cuando inclinaba la cabeza para escuchar con atención, sus labios ligeramente entreabiertos antes de responder, como si cada palabra mereciera un momento de anticipación.
Pero más que nada, recordaba la tensión entre ellos. Esa energía latente, ese deseo ardía en cada conversación, en cada gesto sutil.
Tomó su pluma y comenzó a escribir. No sabía si alguna vez se atrevería a enviarle esas palabras, pero en ese momento, necesitaba darles forma, necesitaba sentir que, de algún modo, aún podía alcanzarla.
“Afrodita, en mis pensamientos, sigues estando aquí. A veces te imagino sentada frente a mí, con esa mirada entre desafiante y traviesa. Me pregunto si en algún rincón de tu mente, todavía existe la posibilidad de nuestro encuentro…”
Dejó la pluma a un lado y suspiró. Sabía que el tiempo y la distancia eran barreras difíciles de sortear, pero también sabía que algunas historias no terminan solo porque la realidad no las permitió. Algunas historias siguen viviendo en la imaginación, en la memoria, en cada suspiro contenido.
Y tal vez, solo tal vez… Afrodita también lo recordaba a 10,000 km de distancia.
Ares suspiró, sintiendo el peso de la distancia y el tiempo. Pero en su corazón, Afrodita seguía viva, como una llama que nunca se apagaba, recordándole que algunos encuentros no terminan, solo se transforman.