El deseo prohibido

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Había una vez en Ciudad Juárez, una ciudad vibrante y llena de contrastes, donde las fronteras entre lo permitido y lo prohibido a menudo se difuminaban. Allí vivían Fernando, un apuesto joven de 23 años, de ojos verdes y cabello castaño, con un cuerpo atlético y una sonrisa que podía derretir el corazón de cualquiera. Fernando había llegado hace unos meses para vivir con su padre y su nueva esposa, y su media hermana, Valentina, que tenía 19 años, con ojos claros y cabello negro como el ébano, y una figura delgada pero curvilínea.

La primera vez que Fernando y Valentina se encontraron fue en la cocina de su nueva casa. Valentina estaba de pie frente al refrigerador, con un vestido corto que dejaba ver sus piernas largas y torneadas. Fernando, que había entrado sin hacer ruido, se quedó mirando, hipnotizado por la gracia y la belleza de su nueva hermanastra.

—¡Hola! —dijo Valentina, volviéndose y sonriendo—. ¿Qué buscas en el refrigerador?

—Oh, sólo estaba buscando algo para comer —respondió Fernando, tratando de disimular su nerviosismo—. ¿Y tú?

—Solo un poco de agua —dijo ella, tomando una botella y cerrando la puerta del refrigerador.

Fernando notó el brillo en sus ojos y el tono de su voz, suave y cálido. Sintió una atracción instantánea hacia ella, algo que nunca había sentido antes.

—¿Te gusta Ciudad Juárez? —preguntó Valentina, rompiendo el silencio incómodo.

—Sí, es un lugar fascinante —respondió Fernando—. ¿Y tú? ¿Qué haces en tus ratos libres?

—Me encanta leer y pasear por el río —dijo ella, con una sonrisa—. ¿Y tú?

—A mí me gusta correr y explorar la ciudad —respondió Fernando.

Así comenzó su coqueteo sutil, con conversaciones casuales que lentamente se volvieron más personales. Cada vez que se encontraban, había una chispa en el aire, una tensión que ambos sentían pero que ninguno se atrevía a mencionar.

Una noche, después de que sus padres se habían ido a una cena, Fernando y Valentina se encontraron solos en la casa. Fernando, sentado en el sofá, observaba la televisión con una expresión distraída. Valentina entró en la sala de estar, con una taza de té en la mano.

—¿Qué estás viendo? —preguntó ella, sentándose a su lado.

—Nada en particular —respondió Fernando, apagando la televisión—. ¿Y tú? ¿Qué estás haciendo?

—Solo disfrutando de una taza de té —dijo ella, tomando un sorbo.

Fernando notó el aroma de su perfume, una mezcla dulce y sexy que lo envolvió por completo. Se giró hacia ella, sus ojos verdes encontrándose con los claros de Valentina.

—Valentina —dijo él, con voz baja—. ¿Te has preguntado alguna vez qué sería de nosotros si no fuéramos hermanastros?

Valentina lo miró, sorprendida por la pregunta. Su corazón latía más rápido, sintiendo el mismo deseo que él.

—A veces —admitió ella, su voz temblando ligeramente—. Pero no puedo permitirme pensar en eso.

Fernando se acercó más, su mano tocando suavemente su mejilla. Valentina cerró los ojos, sintiendo el calor de su piel.

—¿Y si te dijera que no puedo dejar de pensar en ti? —susurró Fernando, sus labios a centímetros de los de ella.

Valentina abrió los ojos, encontrando los de Fernando llenos de deseo. Sin decir una palabra, se acercó y lo besó, un beso suave y cálido que pronto se volvió apasionado. Sus lenguas se encontraron, explorando y gimiendo de deseo.

Fernando la recostó en el sofá, sus manos recorriendo su cuerpo con una intensidad creciente. Le quitó el vestido, dejando al descubierto su piel suave y sus curvas perfectas. Valentina gemía bajo sus caricias, sintiendo un fuego arder dentro de ella.

—Fernando —susurró ella, su voz llena de deseo—. Por favor, quiero sentirte.

Él la miró, su deseo palpable. Se quitó la camisa, mostrando su torso musculoso y sus pechos duros. Valentina tocó su piel, sintiendo su calor y su dureza.

—Déjame prepararte —susurró Fernando, bajando hacia su entrepierna—. Quiero que estés lista para mí.

Valentina se estremeció cuando su lengua tocó su clítoris, gemidos de placer escapándose de sus labios. Fernando saboreaba cada centímetro de su piel, haciéndola gemir y gritar de placer.

—Fernando —gemía ella—. Por favor, quiero sentirte dentro de mí.

Fernando se colocó entre sus piernas, su pene duro y listo. Con cuidado, lo introdujo en su vagina, sintiendo cómo se ajustaba perfectamente a su cuerpo. Valentina gemía de placer, sus manos agarrando sus hombros.

—Dios, Fernando —susurró ella—. Eres increíble.

Fernando comenzó a moverse, sus caderas chocando contra las de ella. Los gemidos de placer llenaban la habitación, sus cuerpos sudando y jadeando. Cambiaron de posición varias veces, probando diferentes ángulos y ritmos, cada uno más intenso que el anterior.

En el clímax final, Fernando se colocó en la posición del misionero, mirando a los ojos de Valentina mientras la penetraba con fuerza. Ella gritaba de placer, sus uñas marcando su espalda.

—Fernando —gritó ella—. ¡Ven dentro de mí!

Fernando sintió su orgasmo, su cuerpo temblando de placer mientras llenaba a Valentina con su semen. Ella gemía de satisfacción, sus cuerpos juntos y sudorosos.

Después de recuperar el aliento, se miraron, sonriendo y sintiendo una conexión más profunda que cualquier otra cosa.

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