El calor de la tarde se colaba por la ventana entreabierta, y el ventilador zumbaba inútilmente en un rincón. Lara estaba tirada en el sofá, con una pierna colgando y el vestido subido hasta los muslos, aburrida de la rutina que la tenía atrapada desde hace meses. Su marido, Miguel, estaba en una de esas jornadas eternas en la oficina, o eso decía él. Últimamente, sus excusas olían a mierda, y ella lo sabía. Pero esa tarde no le importaba. Estaba caliente, inquieta, y el cosquilleo entre las piernas no la dejaba en paz.
Sonó el timbre. Era Carlos, el vecino del tercero, un tipo grandote, con manos de obrero y una sonrisa que prometía problemas. Había venido a devolverle una herramienta que Miguel le había prestado semanas atrás. Lara lo miró de arriba abajo mientras él hablaba, notando cómo la camiseta se le pegaba al pecho sudoroso. “Miguel no está”, dijo ella, apoyándose en el marco de la puerta, dejando que el escote del vestido hablara por sí solo. Carlos se rascó la nuca, nervioso, pero sus ojos se clavaron en sus tetas como si fueran imanes.
“¿Quieres pasar un rato? Hace calor y tengo cerveza fría”, soltó Lara, sin rodeos. Él dudó un segundo, pero la forma en que ella se mordió el labio lo decidió. Entró, y el aire entre ellos ya estaba cargado de algo sucio, algo que ninguno de los dos iba a parar.
Se sentaron en la cocina, la cerveza sudando sobre la mesa. Charlaron un poco, pero las palabras eran solo ruido. Lara cruzó las piernas despacio, dejando que él viera el borde de sus bragas negras. Carlos tragó saliva, y ella supo que lo tenía. “¿Hace cuánto que no te follas a alguien, Carlos?”, le soltó de golpe, con una sonrisa filosa. Él se rio, sorprendido, pero no apartó la mirada. “Hace un tiempo. Mi mujer anda más fría que esta birra”, respondió, y su voz tenía un filo que a Lara le encantó.
No hicieron falta más vueltas. Ella se levantó, se acercó y se sentó a horcajadas sobre él, sin pedir permiso. Las manos de Carlos fueron directo a su culo, apretándola con fuerza mientras ella le metía la lengua en la boca. El beso era puro fuego, desordenado, con dientes chocando y gemidos que se escapaban sin control. Lara sintió cómo él se ponía duro bajo los jeans, y eso la mojó todavía más. “Eres una puta calentona, ¿eh?”, le gruñó él al oído, y ella se rio, encantada con lo bruto que sonaba.
Se bajaron al piso de la cocina como animales, arrancándose la ropa. Lara le desabrochó el pantalón y sacó esa verga gruesa que había imaginado un par de veces mientras se tocaba en la ducha. Se la metió en la boca sin pensarlo, chupándola con ganas, dejando que la saliva le corriera por la barbilla. Carlos le agarró el pelo y la empujó más profundo, gimiendo como si lo estuvieran matando. “¡Así, coño, sigue chupando!”, le ordenó, y ella obedeció, perdida en el morbo de tenerlo ahí, duro y palpitante.
Pero Lara quería más. Se puso en cuatro sobre las baldosas frías, abriéndose con las manos para que él viera todo. “¡Métemela ya!”, le dijo, y Carlos no se hizo rogar. La embistió de una, llenándola hasta el fondo, y el grito que se le escapó a Lara rebotó en las paredes. Él la cogía con furia, como si quisiera partirla en dos, y ella se retorcía, pidiéndole más, insultándolo entre jadeos. “Dame duro, hijo de puta, hazme acabar cabrón”, le gritaba, y él le daba nalgadas que le dejaban la piel roja.
El sudor les chorreaba, los cuerpos chocaban con un ruido húmedo y obsceno. Lara se corrió primero, temblando como loca, con las uñas clavadas en el suelo. Carlos no tardó en seguirla, gruñendo mientras se vaciaba adentro, sin preguntar si podía. Se quedaron ahí, tirados, respirando como si hubieran corrido una maratón. La culpa no aparecía todavía; solo había un silencio pesado y el olor a sexo flotando en el aire.
Minutos después, Carlos se levantó, se subió los pantalones y agarró otra cerveza. “Esto no pasó, ¿eh?”, dijo, más para sí mismo que para ella. Lara, todavía desnuda y despeinada, se rio bajito. “Claro, como tú digas”. Él se fue, y ella se quedó mirando la puerta, sabiendo que Miguel llegaría en un par de horas con cara de cansado y ninguna idea de lo que había pasado en su propia casa.
Se tocó entre las piernas, sintiendo la mezcla de los dos todavía ahí, y sonrió. La rutina podía irse a la mierda. Esto era mucho mejor.