Deseos cruzados (3)

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T. Lectura: 12 min.

Camino hacia la habitación de Moni con la cerveza en la mano, sintiendo el frescor de la botella contra mis dedos sudados. Ella y Cami ya están adentro cuando cruzo la puerta, y el espacio me envuelve con esa mezcla de caos y personalidad que es tan Moni. La habitación es un reflejo de ella: una cama grande con sábanas blancas revueltas y cojines de colores fuertes desperdigados, un escritorio lleno de libros de derecho y frascos de perfume, y un espejo de cuerpo entero rodeado de luces que parece sacado de una película.

Las paredes tienen fotos pegadas con cinta —nosotras en la playa, ella con su familia, recortes de revistas— y un armario abierto que deja ver un desorden de ropa que grita preparativos. El aire huele a su perfume cítrico y a algo más suave, como el maquillaje de Cami. Moni me ve entrar y me lanza una sonrisa traviesa desde su cama, mientras Cami revisa algo en una bolsa sobre el escritorio. De fondo, un reggaetón sube desde el teléfono de Moni, melodía lenta y sexosa que llena el aire con promesas de la noche. Ninguna baila, pero la música es pegajosa: Moni tararea bajito y Cami mueve la cabeza y las caderas casi sin darse cuenta mientras hurga en la bolsa de maquillaje.

Moni se levanta de un salto y revuelve en el armario, sacando un top negro escotado y una falda corta de cuerina.

—Esto es para ti —me dice, tirándomelos sobre la cama—. Con esto quedarás perfecta.

Me río y dejo la cerveza en el escritorio, quitándome la blusa frente al espejo mientras el reggaetón late suave. Moni me la arrebata y me pasa la botella otra vez.

—Un sorbo para soltarte —me dice con un guiño. Me examina de arriba abajo, y noto que algo no le convence—. Fuera bra —me suelta sin rodeos.

—¿Tú crees? —pregunto, un poco escéptica.

—Totalmente —responde con seguridad—. No habrá chico que no quiera estar contigo. Vas a verte perfecta, confía en mí.

Confío ciegamente en el ojo de Moni para la moda, pero quiero saber qué opina Cami.

—¿Tú qué dices? —le pregunto, y mi pregunta la toma por sorpresa.

—Humm, tal vez tenga razón Moni —dice, y detecto un brillo pícaro en su timidez que me intriga. Me gusta descubrir ese lado suyo, tan bien escondido.

—Entonces no hay discusión —digo, y en un movimiento rápido me saco el brasier, quedando en tetas frente al espejo.

—¡Wow! —exclama Cami—. Son hermosas.

Se ruboriza al verme semidesnuda, y yo sonrío. La verdad es que, sin ser gigantescas al punto de incomodar, tengo un buen par de tetas que siempre reciben elogios, tanto de chicos como de chicas. Sé que son objeto de fantasías y alguna que otra paja. Firmes y redondas, mi piel blanca hace que mis pezones rosados resalten aún más.

—Tranqui, Cami —dice Moni, acercándose por detrás—. Todas ponemos esa cara cuando vemos esos pedazos de tetas desnudas.

Me ayuda a quitarme la falda, que cae al suelo con un susurro, dejándome solo con un pequeño hilo blanco frente a mis dos amigas. Moni me suelta una nalgada fuerte —el sonido se pierde en la música — y me dice:

—Perra —en un tono juguetón.

El rostro de Cami se enciende otra vez. Creo que nunca ha tenido tanta confianza con amigas, y me alegra que viva esto conmigo.

—Ahora sí, tápate ese culo —me ordena Moni, pasándome la falda de cuerina.

La tomo y me la pongo despacio, mirándome en el espejo. El resultado me gusta: realza mi culo, que no es tan grande ni atrae tantas miradas como el de Moni, pero es redondo, pequeño y firme, con un aire sensual que me encanta. Ya con la falda puesta, le pido ayuda con el top.

—Échame una mano, Moni —le digo—. Creo que mis tetas no van a entrar ahí.

Son un poco más grandes que las de ella, y siento que el top va a ser un desafío. Cami observa divertida mientras forcejeamos. No nos cuesta tanto como pensé, pero mis pechos quedan apretados, demasiado expuestos para mi gusto. No me lastima, pero voy a ir exhibiendo más de lo habitual. Moni termina de ajustarlo con manos juguetonas y, cuando está listo, me aprieta las tetas con cariño.

—Perfecto —dice, admirando su obra.

Cami se acerca tímidamente, pincel en mano, con su bolsa de maquillaje abierta.

—Te puedo retocar el rosa —me dice, mirándome los ojos tras sus lentes—. Con un delineado más atrevido, vas a arrasar.

Me dejo llevar mientras ella pasa el pincel por mis párpados con cuidado, el roce suave cargado por el ritmo que suena de fondo.

—No sé si voy a poder caminar con esto —bromeo, mirando la falda corta en el espejo.

Cami se sonroja al vernos reír.

—Igual te ves increíble —murmura, casi para sí misma.

Tras unos últimos retoques, suelta mi pelo de la coleta alta y lo alborota un poco. Me miro en el espejo: el contorno de mis nalgas se ve apretado y redondo con la falda, y mis pechos, comprimidos en el top, se ven imponentes. Como el outfit de Moni, la falda entallada en la cadera la hace parecer más corta, y el top pequeño deja un espacio de mi abdomen al descubierto. Me encanta el efecto.

—¿Qué tal? —les pregunto.

—Pues, estás deliciosa —dice Moni.

Volteo a Cami y suelta:

—Pues que sos una rubia deliciosa —imita el tono de Moni, y las tres rompemos a reír como tontas.

Cami me aplica un labial rosa con sabor a fresa que me encanta y, ahora sí, estoy lista.

—Sigues tú —le dice Moni a Cami, que se pone frente al espejo como quien camina al paredón, a merced de lo que queramos hacerle.

Cami es hermosa y derrocha ternura por donde se la mire, de esas chicas cuya carita inocente, enmarcada por sus lentes resaltan su dulzura y eso también puede provocar un grado de perversión, porque es difícil pero tentador imaginarlas en un ambiente sexual. Es delgada, sus pechos son pequeños y su culo no es plano, pero no como el mío —pequeño, redondo y respingón, producto del gimnasio— y mucho menos como el de Moni, que ya sin ejercicio era grande y su mayor atributo. Lo que más destaca de Cami es su rostro: precioso, con una timidez que curiosamente la hace ver aún más linda.

Lleva un par de mechones sueltos que caen sobre su cara, un detalle que me encanta y me hace preguntarme si a mí se me vería tan bien como a ella. Mientras la evaluó, noto que Moni hace lo mismo. Nos miramos al mismo tiempo, y esa complicidad nos saca una risa a ambas. Estoy segura de que sabemos lo que la otra piensa. Cami nos observa a través del espejo, expectante y nerviosa.

—¿Qué piensas? —me suelta Moni, rompiendo el trance.

—Hmmm, fuera ropa —respondo decidida, y Moni asiente; sé que estaba pensando lo mismo.

Cami nos mira a cada una, con una mezcla de susto y miedo en los ojos. Corre hacia el escritorio de Moni, y justo cuando pienso que va a escapar de nosotras y nuestras ideas exhibicionistas, agarra la cerveza que dejé ahí —a la que apenas le di dos sorbos— y se la lleva a la boca en un arrebato de valentía que me sorprende. Bebe, bebe y sigue bebiendo, decidida a acabarla de un trago. Cuando termina, un hilo de líquido escapa por la comisura de sus labios. Ríe y se limpia con el dorso de la mano, un detalle pequeño, pero jodidamente sexy. Noto que Moni se muerde el labio inferior, atrapada por el gesto.

—Lo siento —me dice Cami, juntando las manos frente a su cara en señal de disculpa—. Es para agarrar valor.

Me sonríe, y sus mejillas se tiñen de rojo tras sus lentes.

—Ni lo notes, nena —le digo, guiñándole un ojo—. Alcohol y hombres nos van a sobrar a las tres esta noche.

Lo digo en serio: Moni y yo lucimos espectaculares, y estoy segura de que, cuando terminemos con Cami, esa nena de rostro dulce será el delirio de todos los tipos en el club. Me acerco al escritorio y me apoyo en él, acomodándome para ver su transformación. Ella vuelve frente al espejo y, sin que le digamos nada, se saca los tenis en un arrebato de coraje. Desabrocha el jean flojo que lleva puesto y lo baja despacio hasta que cae al suelo.

Lo patea lejos con un pie y queda en una tanga negra, baja en el frente, apenas cubriendo su vagina. Toma los hilos finos de los lados y los sube un poco, levantando sus nalgas con el pequeño triángulo que los une atrás. No imaginé que Cami llevaría esa ropa interior; esperaba algo más básico, pero la sorpresa me gusta.

—La parte de arriba —ordena Moni en un tono autoritario, casi de dominatrix de novela erótica.

Cami obedece. Se quita con cuidado la chaqueta de mezclilla y la tira sobre la cama. Quedando en tanga y una blusa larga sin mangas, con un ligero escote. Duda un instante, pero se saca la blusa, revelando un sostén rosa que cubre sus pechos. Vacila un poco más, luego lleva las manos a la espalda, desabrocha el sostén y lo deja caer al suelo con un gesto de pura inocencia, sacando primero un brazo y luego el otro. Ahí está, la más tímida de las tres, semidesnuda frente a nosotras. Sus mejillas empiezan a enrojecer mientras la observo desde el escritorio y Moni no le quita los ojos de encima, como un depredador acechando a su presa.

Es blanca, casi tan blanca como yo, con un abdomen plano que no parece venir del ejercicio, sino de la genética. Sus piernas son delgadas, y su culito, levantado por la tanga, tiene un toque erótico sutil. Sus pechos son pequeños, respingones, redonditos y coronados por pezones rojos con aureolas un poco más grandes que las mías.

—Perdón —nos dice a ambas, cubriendo su vagina con las manos juntas—. No soy como ustedes.

Moni se levanta de la silla al otro lado de la habitación y camina hacia ella con paso decidido. Le corre un mechón que cae sobre su rostro y lo coloca detrás de su oreja.

—Nunca vuelvas a decir eso frente a mí —le dice en un tono seco, sosteniéndola por la nuca con una mano.

Se acerca y la besa. Sí, mi mejor amiga es bisexual. Sus labios se encuentran, y Cami, sorprendida, se deja llevar y responde al beso, colocando torpemente las manos en la cadera de Moni. La mano de Moni baja por el cuello de Cami mientras la otra traza una línea suave por su espalda hasta llegar a sus nalgas. Las acaricia, las aprieta y la jala hacia sí, pegándola a su cuerpo.

Sus lenguas se buscan; la de Moni entra primero, y veo cómo Cami la sigue, sus brazos subiendo al cuello de Moni. Su expresión pasa de sorpresa a placer. La mano de Moni se detiene en el pecho izquierdo de Cami, lo acaricia con suavidad y luego pellizca juguetona su pezón, arrancándole un gemido pequeño que la desinhibe. Ahora es Cami quien busca con más ansia, mientras Moni no suelta sus nalgas ni su pezón.

La escena es perfecta: erótica, tierna y muy sexual. Estoy segura de que cualquier hombre pagaría por verla, y yo la tengo gratis. No me considero bisexual, pero esto no me desagrada; lo encuentro interesante. Noto cómo sube mi temperatura y mi entrepierna se humedece un poco. Justo cuando pienso que van a separarse, Moni la besa con más intensidad.

Sus manos aprietan ahora las nalgas de Cami con fuerza, como si hubiera esperado este momento demasiado tiempo y quisiera disfrutarlo al máximo. Se separa lentamente, atrapando el labio inferior de Cami con los dientes y mordiéndolo con la presión justa para mezclar deseo y un leve dolor. Se miran, agitadas y con un hambre que dice que, si no tuviéramos planes y yo no estuviera aquí, Moni se la cogería en este instante.

—No dudes de lo perfecta que eres —le dice Moni, matizando lo amenazante con ternura.

Cami asiente con sumisión.

—Está bien —responde, y me mira apenada tras sus lentes.

Nunca imaginó que esto pasaría con público. Le guiño un ojo para tranquilizarla, y ella me devuelve una sonrisa tierna, alegre y pícara, de esas que le quedan tan bien.

—Ya sé lo que te vas a poner hoy —le digo, haciéndole una seña con la cabeza a Moni para que me siga al armario.

—¿Dónde está aquel vestido rojo tan lindo que nunca te quedó por culpa de estas dos? —le digo mientras agarro sus nalgas y las muevo arriba y abajo.

Escucho la risa de Cami detrás, sentada en la cama, apoyada en sus brazos e inclinada hacia atrás. Sus pechos pequeños, con los pezones aún duros y excitados por el beso inesperado, se marcan bajo la luz. Su abdomen plano sube y baja, todavía agitado, y siento envidia pura de cómo puede tenerlo así sin hacer ni medio abdominal. Todas tenemos atributos distintos, pienso, mientras miro las nalgas grandes de Moni moviéndose de lado a lado, con su cabeza hundida en el armario. Su falda blanca, ajustada y con esa abertura en la pierna que dibuja el contorno perfecto de cada nalga, dejando ver la separación entre ellas.

Mientras yo tengo mis pechos y ojos verdes y Cami su carita dulce y el abdomen impecable. Ella se mantiene con una sonrisita tonta en la cara. No sé si es por la cerveza que se tomó de un trago o por el beso y la manoseada que acaba de recibir.

—¡Lo tengo! —dice Moni en tono triunfal, sacando el vestido.

Está tan lindo como lo recordaba: nuevo, con la etiqueta puesta, porque los adinerados hacen eso, comprar ropa que nunca usan. Le arranca la etiqueta y la tira cerca de mí. Veo el precio y me espanto pensando en todo lo que compraría con ese dinero. Moni corre hacia Cami, la levanta de la cama y le ordena:

—Sube los brazos.

Le pone el vestido, que le queda como hecho a medida, ajustado en la cola, el abdomen y los pechos, pero sin incomodarla al caminar. Le llega por encima de la rodilla, y con unos pendientes dorados pequeños que Moni le pasa, se ve sencillamente perfecta. Moni le tiende sus lentes —Cami usa unos de marco fino que resaltan su rostro dulce— y los coloca con cuidado. Estamos listas las tres justo cuando un ruido afuera me dice que Brandon, el amigo de Christian, ya llegó.

—¿Se me marcan mucho los pezones? —me susurra Cami al oído, para que Moni no la escuche.

Agradezco el gesto; no quiero que esto derive en otra sesión de besos y manoseadas que nos deje atrapadas aquí.

—Luces genial —le respondo en voz baja—. Tus pezones están perfectos, y no habrá chico ni chica que no quiera estar contigo.

Le doy un beso suave en la mejilla, y ella sonríe, ruborizándose un poco. Nos tomamos fotos frente al espejo: unas sacando la cola, otras haciendo duck face con los labios estirados, y unas más sexys juntando nuestras bocas como si fuéramos a darnos un beso de tres. Sé que esa última va a romperla en redes, y la idea me da risa y curiosidad. Nos bañamos en perfume —el cítrico de Moni y un toque dulce de Cami—, y ella retoca nuestros maquillajes con mano experta. Estamos listas para salir, después de que Christian vino dos veces a apurarnos desde la puerta.

Salimos de la habitación riendo, el perfume y el eco del reggaetón resonando en nuestros pasos. El cítrico de Moni y el toque dulce de Cami se mezclan en el aire, un velo invisible que promete una noche salvaje. Christian y Brandon están en el salón, cervezas en mano, charlando despreocupados sobre fútbol y autos —esas pláticas aburridas de chicos que apenas registro— hasta que nos ven y se quedan helados. Christian suelta un silbido bajo y deja su botella sobre la isla de la cocina con un golpe seco, sus ojos clavados en mí, recorriendo el top negro que aprieta mis tetas hasta que casi se derraman y la falda de cuerina que abraza mi culo como una segunda piel.

—Vamos, Alli, ¿esto es legal? —dice, acercándose con una sonrisa ladeada.

Sus pasos son lentos, seguros, y el brillo en su mirada dice que las cervezas —debe ir por la tercera o cuarta, a juzgar por las botellas vacías en la cocina— lo tienen suelto, con esa chispa que lo hace más atrevido. Se detiene tan cerca que siento el calor de su cuerpo y el leve aroma a lúpulo de su aliento, un contraste fresco contra el calor que aún me sube por el vino.

—Dijiste que el blanco me quedaba bien y ahora voy de negro, así que ponte de acuerdo —le digo juguetona, inclinándome un poco para que mi voz le llegue clara.

Él ríe, y sus dedos rozan mi brazo, un toque que enciende un cosquilleo en mi piel. Brandon se acerca entonces, más reservado que su amigo, con una cautela que delata que apenas lleva una cerveza en el cuerpo. Sus ojos saltan entre nosotras, y noto que es su primera vez viéndome, aunque Cami ya lo cruzó una vez antes. Moni no pierde tiempo: camina hacia él con ese paso que dice que sabe lo que tiene, lo abraza y pega su cuerpo al suyo, el top negro apretando sus pechos contra su pecho.

Busca su cara, y él le sigue el juego, sus labios chocan en un beso rápido pero cargado, lenguas que se rozan por un instante, dejando un brillo húmedo en la boca de Moni cuando se separa. Vuelvo a ver a Cami, y sus ojos tras los lentes están fijos en la escena, interesados más que molestos. Me agrada esta chica, los matices de su personalidad dulce que se abren como pétalos con cada trago y cada roce.

Moni y Brandon se apartan, y ella nos presenta con un gesto teatral.

—Ella es Cami, ya la conoces de la vez anterior —dice, señalándola.

Brandon la mira de arriba abajo, deteniéndose un segundo en los pezones que se marcan bajo el vestido rojo, sutiles pero imposibles de ignorar.

—Pareces una modelo de pasarela —le dice, su voz baja, casi temblorosa.

Cami agradece con una sonrisa tímida, sus mejillas encendidas tras sus lentes, y da un paso hacia él. Se alza en puntitas y le planta un beso en la mejilla, un gesto valiente que me hace pensar: Esa es mi chica, tomando el toro por los cuernos.

—Ehh, ehh, no me la toques mucho que ella es mía —interviene Moni, su tono entre broma y advertencia.

Cami suelta una risita y se ruboriza más, mientras yo pienso que si estos chicos supieran lo que pasó en esa habitación hace unos minutos —el beso, las manos de Moni en las nalgas de Cami— ya estarían corriendo a masturbarse.

—Y ella es Allison, mi mejor amiga —me presenta Moni, dándome un empujoncito hacia adelante.

La mirada de Brandon se clava en mis ojos verdes, y se acerca con calma. Pone una mano en mi brazo, su tacto firme pero cálido, y me da un beso en la mejilla, tan cerca que siento el roce de su barba incipiente.

—Mucho gusto —me dice, su voz grave y suave.

Lleva una camisa negra de manga larga y un jeans ajustado que deja ver unas piernas gruesas, un culo bien formado y, sí, un paquete que se marca lo justo para notarlo.

—Hola —le digo, inclinándome un poco para alcanzar su altura mientras se separa de mí, y ahora es su turno para echarme un ojito porque noto como con disimulo sus ojos intentan ver un poco más allá de mi top.

Sonrío para mí misma; el vino me tiene lo bastante suelta como para disfrutarlo. Nos dispersamos un momento para recoger nuestras cosas antes de bajar al auto de Brandon, que será el conductor designado esta noche. Moni corre a su cuarto por su teléfono, apaga el reggaetón y vuelve rápido a la cocina. Abre otra botella de vino con un giro experto y llena una copa que empieza a beber con ganas, el líquido rojo brillando en sus labios. Christian sigue sus pasos, agarra otra cerveza del refrigerador y la destapa con un chasquido, dándole un trago largo mientras me lanza una mirada que promete más.

Brandon espera en la puerta, paciente, con las llaves en la mano. Cami, sentada en uno de los muebles, revisa su teléfono, pero pronto lo guarda y toma una nueva cerveza que encuentra cerca. Le da un sorbo largo, sus labios dejando una marca húmeda en el borde.

Yo me detengo frente a un espejo de cuerpo entero en una esquina del salón, fijándome en mi atuendo. Sí, definitivamente me gustó; estas chicas hicieron magia conmigo. Alboroto un poco más mi cabello, dejándolo suelto y salvaje, y saco mi teléfono. Me tomo una foto sacando la lengua, la punta rozando mis labios, y otra con cara de chica seria, los ojos verdes brillando bajo el delineado atrevido de Cami. Las guardo en mi galería para subirlas más tarde, cuando la noche me dé algo más que presumir.

—Estás perfecta —susurra la voz de Christian muy cerca de mi oído.

El roce de su aliento en mi oreja me estremece, no por él, sino por la cercanía, y su boca apenas roza mi lóbulo, un toque que me eriza la piel. Él lo nota y suelta una risa baja, ronca, mientras su aliento cálido me envuelve.

—Ven, tomémonos una foto —le digo, levantando el teléfono hacia el espejo.

Se pega a mí, su pecho rozando mi espalda. Saco la lengua, él me imita con una mueca torcida, y disparo la foto.

—Me encanta cuando haces eso —me dice otra vez cerca del oído, su voz un murmullo que me recorre como un escalofrío.

Creo que notó que soy débil a eso y piensa usarlo a su favor. Antes de que pueda responder, me toma desde atrás por los brazos y me jala hacia él. Ahí está de nuevo: su pene apoyado en mis nalgas, duro esta vez, apretándose contra la cuerina mientras su mano fría —la que sostenía la cerveza— se posa en mi vientre. Me estremezco, y él lo siente, riendo bajito contra mi nuca.

—Así, como si fueras mía —susurra, apretándome más contra su cuerpo.

Ruedo los ojos hacia arriba, pero no me aparto. Sus brazos me aprisionan, fuertes y seguros, y el calor de su erección contra mi culo me gusta más de lo que quiero admitir. Tomo un par de fotos rápidas, el flash capturando el brillo de sus ojos oscuros en el espejo, y nos giramos para salir. Noto que Cami me mira desde el mueble, una expresión divertida en su rostro mientras da un sorbo largo a su cerveza. Me guiña un ojo, pícara, y yo me acerco a ella. Le acaricio la carita, sus mejillas aún calientes por el alcohol y el beso de antes, y le quito la botella con suavidad.

—Suficiente alcohol para ti por un buen rato, señorita —le digo.

Hace un puchero adorable tras sus lentes, pero insisto en no devolvérsela. Sigo sintiendo la necesidad de cuidarla; sé lo que les puede pasar a chicas como ella en los lugares a los que vamos. Se levanta tambaleándose, y me toma del brazo para estabilizarse. Nos dirigimos hacia la puerta, Moni y Brandon encabezando el grupo, sus cuerpos rozándose mientras caminan. Justo entonces, la puerta se abre, y entra la madre de Mónica, su silueta recortada contra la luz del pasillo como un relámpago que corta la noche.

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