Dejo a Román atrás, su mirada todavía quemándome la espalda, pero el calor del día y la promesa de la noche con mis amigos me empujan hacia adelante. Cruzo el parque con el pulso acelerado, el eco de su sonrisa mezclándose con el ruido de la ciudad que me lleva a casa de Moni.
A medida que llego al final del parque y me dispongo a cruzar la calle hacia el edificio de apartamentos donde la familia de Mónica, mi mejor amiga, tiene un piso espectacular, miro hacia arriba y veo a mis estúpidos amigos haciéndome señas desde el balcón de la casa de Mónica para que me apure. Les revoleo los ojos en señal de desaprobación y enojo, pero no puedo evitar que una sonrisa me delate el buen humor. Lo único que me saca de ese trance es el pitido de un imbécil que pasa en su coche y grita: “¡Qué tetas más deliciosas, mami!”. Ahora sí entrecierro los ojos con enojo y asco, y me percato de que el semáforo ya cambió hace rato.
Ya dentro del edificio, después de saludar a don Jaime, el amable y tierno señor que trabaja como portero, me dirijo al ascensor cuando escucho que me llama.
—Señorita —dice, alzando un poco la voz.
—Dígame —le respondo con una sonrisa.
—Me temo que tendrá que caminar. Los ascensores están en reparación —explica mientras ve cómo mis ojos se abren como platos.
—¡Nooo! —exclamo, exagerando mi reacción—. Mi amiga vive hasta arriba.
—La señorita Mónica vive en el piso doce, justo a la mitad del edificio. Espero que tenga buena condición física —me dice con un tono divertido.
—No se preocupe, don Jaime, soy una chica fuerte —le contesto mientras levanto un brazo y le enseño mi pequeño bíceps.
Don Jaime se ríe.
—Eso veo, señorita —responde mientras empieza a alejarse.
—Gracias —le digo, y comienzo mi faena por las escaleras.
Cuando voy por el piso ocho, ya no me siento tan chica fuerte. La sed y la deshidratación por el calor me están matando. “Estúpidos ascensores, justo hoy”, digo en voz baja, sabiendo que nadie me escucha y que, si alguien lo hiciera, me moriría de pena por verme hablando sola como una loca que anda por ahí toda desaliñada.
Cuando por fin llego a la puerta de la casa de los padres de Mónica, me arreglo un poco el pelo antes de tocar para no verme tan desastrosa como me siento. Llamo a la puerta, y casi de inmediato la abre Cami, la preciosa vecina de Moni que a veces sale con nosotras y por a veces me refiero apenas a un par de ocasiones, la conozco poco, pero es agradable. Cami acaba de cumplir dieciocho y la empezamos a llevar a nuestras fiestas para que se estrene como mayor de edad.
—Holi, Alli, ¿cómo estás? —me dice mientras me abraza.
—Hola, hermosa. Cansada de subir todas las escaleras del mundo —le respondo.
Cami me dedica una tierna sonrisa y se aparta para que pase a la casa. Camino un poco adentro y me encuentro con Moni, quien de inmediato me suelta:
—¡Qué tetas más deliciosas, mami! —exclama mientras mira mis pechos, se muerde el labio inferior de forma exagerada y finge una voz ronca y tosca.
Todos explotan en risas mientras yo revoleo los ojos y me llevo una mano a la cara.
—No puedo creer que se escuchara hasta acá —digo, todavía con la mano en la cara.
—Se escuchó hasta China —me responde Mónica mientras me envuelve en un abrazo tierno y fuerte, como si llevara años sin verme, aunque apenas estuvimos juntas hace dos días. Se acerca a mi oído y me susurra, solo para que yo la escuche—: Pero no dijo ninguna mentira.
Río y le correspondo el abrazo mientras noto lo guapa que está y lo bien que huele. Moni lleva un top negro, muy pegado al cuerpo, que realza sus pechos. Aunque son un poco más pequeños que los míos, tienen un buen tamaño, y su forma de vestir siempre los hace destacar. Además, trae una falda blanca, larga hasta los tobillos con una gran abertura en la pierna, lo que le da un toque único de elegancia y sensualidad. Entre la falda y el top queda un espacio de su abdomen al descubierto, dejando ver la línea de su vientre bien trabajado.
No esperaba menos de mi gym sis. Su maquillaje es básico, pero lo acentúa con brillitos en el contorno de los ojos. Está simplemente espectacular, como siempre. A veces me siento la más desarreglada a su lado, pero es imposible odiar a esta chica; es casi mi hermana y la amo con todo mi ser. Aspiro su aroma, me embriago con él, y al mismo tiempo me siento mal por lo sudada, despeinada y mal vestida que estoy en comparación.
—Estás espectacular —le digo mientras me separo poco a poco de ella, deslizando mis manos por sus brazos hasta que quedamos tomadas de las manos. Le doy una ojeada de arriba abajo, dejando claro que aprecio su outfit al cien por ciento.
—Lo sé, nena —me responde con un guiño coqueto.
Acto seguido, siento que me apartan de ella. Unas manos me rodean por la espalda: una se posa en mi abdomen mientras la otra me tapa los ojos. Un susurro me roza el oído, acompañado de un fresco aliento a menta.
—Adivina quién es —me dicen.
—No puedes ser más obvio, Christian —respondo, reconociendo al instante al primo mayor de Mónica, que nunca pierde la oportunidad de coquetear conmigo. Hoy quedamos de salir de fiesta: Moni, Cami, él, su mejor amigo y yo.
—Le quitas toda la diversión —se queja mientras me aprieta más contra su cuerpo.
La mano en mi abdomen me presiona con intención, y siento el calor de su cuerpo cuando mi culo roza su paquete. El efecto es inmediato: noto cómo su verga crece un poco en su pantalón, una erección semi-dura que él ajusta con un leve movimiento para colocarla justo entre mis nalgas. La sensación no me incomoda; al contrario, es agradable. Me gusta sentirme deseada, y a veces hasta un poco dominada.
Pero no se lo dejo saber. Lo dejo disfrutar del paraíso de mis nalgas por un instante antes de girarme para saludarlo como corresponde y evitar que esto se vuelva una escena porno. Le doy un pequeño abrazo, me pongo en puntitas y giro el rostro para un beso de “mejilla con mejilla”. Sin embargo, él se aprovecha, plantándome un beso sonoro en el cachete, seguido de un abrazo rápido.
Me sonrojo. Siento que me arde la cara y odio que me pase eso. Mientras tanto, él se aleja hacia la isla del comedor para terminar su cerveza. Cuando pasa junto a Moni, noto que ella le lanza una mirada de reproche y le suelta:
—Tú no pierdes oportunidad con Alli.
Él responde algo, pero estoy demasiado lejos para escucharlo. Moni se acerca a mí y, cuando Christian ya se ha alejado lo suficiente, me susurra:
—Juro que eres su amor platónico.
Moni me suelta ese susurro y yo solo atino a reír bajito, sacudiendo la cabeza mientras trato de que el rubor se me baje de las mejillas. Ella me toma de la mano y me guía hacia el interior, y es entonces cuando el espacio de la casa de sus papás me golpea de nuevo, como siempre que vengo. No es solo que sea grande, es que todo aquí respira una mezcla de lujo despreocupado y caos juvenil. El salón principal se abre frente a mí con sus ventanales enormes que dan al balcón, dejando entrar la luz dorada de la tarde que se cuela por el parque de enfrente.
Los muebles son de cuero blanco, impecables pero llenos de cojines desordenados, como si alguien hubiera intentado mantener el orden y se hubiera rendido a medio camino. Hay una mesa de vidrio en el centro con marcas de vasos y un par de botellas de vino a medio tomar, un preludio perfecto mientras calentamos motores antes de que nos pasen a buscar para llevar la fiesta a otro lado. Las paredes tienen ese toque moderno con fotos familiares enmarcadas y algún cuadro abstracto que probablemente cuesta más de lo que imagino, pero el aire huele a una mezcla de perfume caro y algo dulce, quizás del incienso que Moni siempre insiste en prender.
Todo grita que esta casa es de sus padres, pero hoy es nuestro territorio, y el desorden de risas y pasos que resuena desde la cocina lo confirma. Me siento un poco más despeinada y fuera de lugar entre tanto brillo, pero Moni me aprieta la mano y me arrastra hacia la cocina, como si supiera que necesito un trago para soltarme.
—¿Vino o cerveza? —me pregunta Moni mientras llegamos a la isla de la cocina, que derrocha finura como todo en esta casa. Los padres de Mónica son dos abogados de renombre, y cada rincón aquí es fruto de su trabajo impecable, una vida de lujos despreocupados y una posición social que se nota en cada detalle.
—Hmmm, vino para empezar —le digo.
Acto seguido, ella saca una copa y la llena hasta el borde.
—Vaya —le digo, riendo—, dejaste todos los modales de lado —haciendo alusión a cómo desborda mi copa.
—Hoy vamos a alocarnos, nena —me responde mientras toma su copa y la llena igual, hasta el borde, sin dudarlo.
—Por nosotras y la noche que nos espera —me dice, alzando la copa para que la choquemos.
—Por mi mejor amiga —respondo, emulando su gesto.
Justo en ese momento, volteo y veo a Cami, que se había quedado un poco apartada, retraída en su celular mientras pasaba todo el desastre de mi llegada. Levanto un dedo hacia Moni en señal de que me espere y me acerco dando saltitos al mueble donde está Camila sentada. Ella se sobresalta al verme venir. Echo una mirada de reojo a su teléfono y noto que está viendo videos de maquillaje. Le quito el celular, lo lanzo al sillón, la tomo de la mano y la arrastro hacia la cocina para que se una a nosotras. Ella, un poco más tímida que yo y muchísimo más que Moni, solo se deja llevar.
—Ahora sí, estamos las tres —digo mientras saco una copa y me dispongo a servirle a Cami también—. A ella le sirvo yo —le digo a Moni. Cami acaba de cumplir dieciocho hace un par de meses y no quiero que termine mal tan pronto; la noche apenas comienza.
Moni hace un puchero al ver que dejo la copa de Camila solo a la mitad y alza la suya en alto.
—Ahora sí, por nosotras —dice.
—Porque sea una noche genial —la secundo.
—Amén —agrega Cami justo cuando chocamos las copas y damos el primer sorbo de vino.
—¿Y a dónde vamos a ir? —pregunto mientras mi mirada va de Camila a Mónica un par de veces.
Camila solo se encoge de hombros mientras termina su copa, y Mónica se la arrebata para llenársela ella esta vez.
—Eso dejémoselo a los chicos —dice Moni, señalando con la cabeza a su primo, que está en el balcón con su teléfono. Lo volteo a mirar y noto que me observa fijamente mientras le da un sorbo a su cerveza—. Nosotras solo tenemos que preocuparnos por ser las más deliciosas del lugar al que vayamos —añade con un tono que mezcla sensualidad y seguridad.
—Hablando de ser las más bonitas del lugar…
—Deliciosas —me interrumpe Mónica.
—¿Qué era ese video de maquillaje que estabas viendo? —le digo a Cami, quien empieza su segunda copa de vino, esta vez mucho más llena que la primera que yo le serví.
—Es que estoy aprendiendo maquillaje profesional —responde Cami mientras se ruboriza un poco, ajustándose los lentes de marco fino que resaltan su rostro dulce.
Vaya, eso explica por qué siempre se ve tan espectacular, aunque sus maquillajes sean sencillos.
—No le hagas caso —la interrumpe Moni—. Solo está siendo modesta. Esta chica ya es una profesional, tiene un talento natural para maquillar —anota mientras la cara de Cami se pone al rojo vivo y agacha la mirada.
Me encanta la actitud de esta chica. Me cayó bien desde la primera vez que salimos, pero nunca he tenido la oportunidad de hablar mucho con ella ni de conocerla a fondo. Siento que hoy mi misión es cuidarla para que ningún cerdo se quiera propasar con ella y, de paso, evitar que Moni la ahogue en alcohol. La idea me da un poco de gracia.
—Vaya —le digo—, así que eres toda una maquilladora. Qué envidia, yo soy un poco básica para eso.
— Pero ese rosa te queda muy bien con tu color de piel —me dice mientras examina mis ojos con atención tras sus lentes.
—¿Quién crees que nos va a dejar preciosas esta noche? —interviene Moni, guiñándonos un ojo a ambas.
—¡Wow! Eso me interesa —digo emocionada, sintiéndome un poco menos desarreglada de lo que estaba hace un rato.
—Pues deberían ir a alistarse ya —nos dice Christian, acercándose a nosotras desde el balcón—. Brandon no tarda en llegar, ya son las ocho y sé lo que duran las chicas en alistarse, en especial mi primita —agrega mientras toma a Moni por los hombros y la sacude un poco.
La escena es tan cómica que Cami y yo no podemos evitar reírnos. Creo que el vino ya empieza a hacernos efecto. Asumo que Brandon es el amigo de Christian.
—No seas mentiroso —le pelea Mónica mientras se zafa de él y le da un golpe en el brazo, que no le hace ni cosquillas porque Christian es bastante alto y se nota que va al gimnasio—. Brandon dijo que pasaba a las nueve.
—¿Y tú cómo sabes eso?
—Él me dijo —responde Moni, dándole golpecitos a la pantalla de su teléfono.
Jumm, ya Mónica entró en acción, pienso. Christian se acerca al refrigerador, saca una cerveza para él y me ofrece otra.
—¿Quieres? —me dice mientras me extiende la botella.
—No vas a lograr nada con ella ni aunque la emborraches, grandulón feo —le suelta Moni, tomándome por los hombros y sacándole la lengua a su primo—. Vámonos, Cami, es momento de arreglarnos. No te quedes mucho con ese, no sea que se te pegue lo feo —añade, volviéndole a sacar la lengua.
Noto que el alcohol también empieza a hacer efecto en mi amiga. Justo antes de cruzar la puerta de la habitación de Moni, me detengo.
—Ya vengo, nena —le digo mientras me giro y camino hacia su primo, que en realidad no es nada feo.
Es alto, se nota que ha trabajado su cuerpo en el gimnasio; no tiene el físico fitness perfecto, pero sus brazos son gruesos y la camisa negra ajustada de botones que lleva resalta sus pectorales. Su corte de cabello tipo militar, recién cortado, me provoca esas ganas que tenemos las chicas de pasar la mano por una cabeza recién afeitada. Es una sensación tan deliciosa.
Sé que le gusto, así que me acerco dando saltitos, como una niña pequeña jugando. Intento parecer divertida y juguetona, pero ese gesto no tiene nada de inocente detrás. Sé que correr así hace que mis pechos reboten de una manera que emboba y excita a los chicos. Aunque no tengo un interés particular en el primo de mi amiga, no es feo, y hoy, como dijo Moni, quiero sentirme sexy, deseada y deliciosa.
Noto cómo me examina con la mirada, deteniéndose en mi abdomen y mis tetas, yendo de arriba abajo. Sé lo que piensa; lo veo en el deseo de sus ojos. Le gustaría saber cómo se mueven mis pechos mientras lo cabalgo. Me paro justo frente a él, sintiéndome un poco perra pero divertida, y lo miro a los ojos.
—Te la acepto —le digo, extendiendo la mano para que me dé la cerveza.
—Aquí tienes, guapa —me dice mientras la destapa y me la tiende.
—Gracias —respondo con un tono que suena más aniñado de lo que quería.
—El blanco te queda muy bien —me dice mientras sus ojos suben desde mi abdomen, pasando por mis pechos, hasta llegar a mis ojos.
—Gracias por la mentira —le contesto—. Hoy me siento cero linda después de subir todas esas escaleras con este calor.
—Sabes que no miento —me dice en tono de reproche—. Desde hace dos años, cuando llegaste a la ciudad y te hiciste amiga de la Mona —así le dice a mi amiga—, no he parado de decirte lo perfecta que eres.
Es cierto. Cuando salí de mi pueblo para estudiar en la universidad y me hice amiga de Moni en la facultad de derecho —ambas queremos ser abogadas, como sus padres—, ella me adoptó como parte de su familia. Todos se han portado increíble conmigo, son como una segunda familia, pero su primo, que viene algunos fines de semana a visitarlos, nunca ha escatimado en elogios para hacerme saber lo mucho que le gusto.
—Ay, no te pongas romántico —le suelto para quitarle seriedad al asunto—. Voy a ver si logran ponerme tan guapa como dices que soy.
—Ya lo estás —me responde.
Tomo la cerveza y me doy vuelta, caminando lento mientras le doy un sorbo pequeño. No tengo forma de saberlo, pero estoy segura de que su mirada está clavada en mis nalgas, esas que hace unos minutos tuvieron alojada su verga.