Laura era parte de la barra de nuestro club, en La Plata, un grupo de gente de varias actividades deportivas que nos juntábamos en la pileta a escuchar música, jugar a las cartas o charlar. Una piba de unos 30 años o más, apocada, callada, retraída, pero que tenía algo que me atraía. Le sospechaba que atrás de toda esa timidez, se escondía otra mujer.
Pero, debo aclarar, que no me maté por descubrirlo y fue así como pasamos cuatro años de veranos de pileta y juegos sin que ni se me cruzara decirle algo o invitarla a salir. Y eso que, cuando quedaba en malla para zambullirnos, mostraba un cuerpito más que deseable. Nada de grandes pechos (que no me atraen) pero si flaquita, bien torneada y con una colita para comérsela. Pero su mutismo y cortedad no me impulsaban a nada.
Una noche que estaba en un boliche del centro tomando unos tragos, la vi sentada en una mesa, sola, tomando un trago.
-“¿Qué tal Laura? ¿estás sola?”.
-“No, pero todos salieron a despedir a Silvia”, me dijo con un dejo de bronca. “Andá si querés”.
Miré hacia afuera y ahí estaba Silvia con todos rondándola como era costumbre. Todos los hombres se le pegaban como moscas a la miel. A mí su cuerpo exuberante, su forma de trato y su manera de ser no me atraían en lo absoluto, pero no podía dejar de reconocer que era una potra en un buen envase, ya que gastaba pilchas de alto nivel.
-“Prefiero quedarme con vos“, le dije con total franqueza.
-“Dale, no me tengas lástima, si todos andan atrás de ella”.
-“Pero, si yo tengo que elegir, me quedo con vos”, le dije mientras me miraba asombrada.
Y nos quedamos charlando hasta que los mozos nos vinieron a echar. Se nos había pasado la hora sin darnos cuenta. Le ofrecí llevarla hasta la casa, cuando llegamos paré el coche y le dije que lo había pasado genial. Ella me dijo que también e hizo ademán de bajarse.
-“Esperá Laura, ¿te vas así?”.
-“¿Así como?”, preguntó sorprendida.
-“Sin besarme”, le dije mientras traía su cabeza y le daba un suave beso. Ella me miraba con los ojos abiertos, sorprendida. “Quiero volver a verte ¿querés?”.
-“Si Rafael, claro que quiero. ¿No me estás jodiendo, no?”.
-Para nada. ¿Te paso a buscar el sábado a las diez?”.
Y así empezamos a salir juntos los fines de semana y a mensajearnos en la semana. Era muy agradable estar con ella. Inteligente, agradable, divertida. Pero… ni bien arrimaba algo hacia el lado del sexo, se cerraba como ostra o se ponía dura, como cuando intentaba, por ejemplo, acariciarle un pecho. Parecía tenerle terror al sexo, era una monja sin convento ni hábitos, pero con todo el horror al pecado. Estuve varias veces a punto de mandarla al diablo, pero había algo en ella que me atraía, me gustaba y aún más, me calentaba.
Un día vino a comer a casa y todo fue bárbaro hasta que terminamos el postre y empezamos a besarnos. Yo le acaricié la pierna y pasé mis manos cerca de su entrepierna y ella me dijo algo como “está bien, ya sé lo que querés”, se levantó de golpe, se desvistió como si alguien la obligara, se acostó y ya desnuda en la cama me dijo que estaba lista. Me quedé sin saber que hacer.
-“Laura, vestite, no entiendo que hacés”.
-“Vos querés tener sexo conmigo, tenelo. Ya sé que es parte del trato y lo acepto. Me gusta salir con vos y si esto es necesario, tomame por favor”.
-“No te voy a tomar, ni a coger ni tenes obligación de nada. Además ni se me para así, es como cogerse una puta o una muñeca inflable y yo entiendo el sexo como algo compartido y disfrutado por ambos. Vestite por favor y hablemos”.
Me llevó más de dos horas de charla terminar de entender lo que pasaba y lograr que ella me diga sus temores, sus trabas y sus traumas. Me dijo que después de su separación era lo más parecido a una monja, hacía diez años que no tenía relaciones y que el sexo le producía repulsión. Hija única de un matrimonio entre un hombre muy mayor y una mujer joven ¿forzado por la familia? ¿obligado por un embarazo no deseado?
Ella no contó nada que mostrara cariño entre ellos. El padre muy católico, chupa cirios, la crio como una muñeca cuidada y resguardada de los peligros del exterior (hombres soeces y lascivos) y exaltando las virtudes cristianas de la castidad y el recato. Además de ser terriblemente posesivo.
Se casó (en gran parte llevada por los preceptos de haber pecado) con el primero con el cual su calentura la llevó a la cama y resultó un golpeador y un violento. Para colmo, las únicas dos experiencias después de separarse fueron de tipos que lo único que querían era un agujero para ponerla. Todo en el sexo le costaba y aún más, le causaba rechazo. Tuvo dos hijos de muy joven (vivían con el padre en Buenos Aires, donde iban a la Facultad) y ahora era adjunta en un buffet de abogados.
-“Laura no pienso ni tocarte si no lo vas a disfrutar. ¿No te gusta abrazarme, besarme, acariciarme?”.
-“Si, obvio”.
-“Bueno, voy a mostrarte algo para que entiendas lo que me pasa, besame y acariciame para mostrarme que es cierto”.
Me saqué todo menos el bóxer, me acosté en la cama, me puse una máscara ciega y me tomé del respaldo. Le dije que no iba a sacar mis manos de ahí y que era libre de acariciarme o besarme como quisiera. Me dio unos besos e hizo algunas caricias por un rato, pero me dijo que así no le gustaba, sin que yo participara. “Bien”, le dije, “así me pasa a mi en el sexo con vos. Si vos no estás, no sirve. No quiero tu cuerpo, te quiero a vos”. Empezaron a brotarle lágrimas y se acostó abrazándome y me pidió que la abrazara, lo cual hice.
-“Perdoname, me cuesta mucho. Mis experiencias fueron malas y lo único que conocí de los hombres eras sus ganas de usar mi cuerpo y, a veces, para intentar una relación, lo permitía solo para salir más lastimada. Pero veo que vos sos distinto. Perdoname, ¿podemos ir muy despacio?, ¿podemos hacer la prueba de que me acaricies toda y me beses, pero sin tocar mi sexo?”.
-” Si, pero dejame incluir tus pechos, porfi. No te vas a arrepentir”.
La fui desnudando lentamente hasta dejarla en bombacha, besándola y acariciando todo su cuerpo. Tuve cuidado de acomodarme sin tocarla, me puse de costado enfrentándola y le dije que, cuando quisiera, me abrazara. Despacio, suavemente, con movimientos torpes y casi temerosos, fue pasando los brazos y pegándose a mi hasta que estuvo fundida a mi cuerpo. Apenas le acaricié la espalda y le di un tierno beso. No podía aceptar su conflicto, no era mi forma de pensar y me costaba entenderla, pero entendí que para ella era un momento sumamente difícil. Nos quedamos así un largo rato, hablando en susurros.
Le dije que se ponga boca abajo y, le pedí que por favor cerrara los ojos y me dejara mimarla. Me puse sobre ella y usando una crema con alcanfor le hice masajes desde el cuello hasta los pies durante media hora, cuidándome bien de cualquier masaje en sus zonas erógenas. Poco a poco su cuerpo se fue aflojando de la tensión inicial y empezó a disfrutar. Después empecé nuevamente por su espalda hasta los pies, con caricias mezcladas con besos. Volví a subir hasta sus nalgas y pasé mi dedo sobre la raya, rozando apenas su ano y su vagina. Tembló toda cuando lo hice.
Seguí acariciando su espalda, la besé toda y besé su cuello. Luego, con delicadeza, la hice girar. La besé en la boca y fui bajando y besándola. Ella seguía con sus ojos cerrados. Me quedé un rato largo en sus pechos, succionando y lamiendo sus pezones. Ella me dejaba hacer y respondía con jadeos y gemidos. Le acaricié todo el cuerpo, yendo desde lamerle las orejas y el cuello hasta masajearle pantorrillas y muslos.
Su cuerpo cada vez más se iba acomodando al paso de mis manos y expresaba su placer en suspiros y gemidos ahogados. Estaba dándole besos en sus muslos cuando me dijo apenas con un hilo de voz que la acariciara toda. Le saqué la bombachita y se removió inquieta, pero ni abrió los ojos ni dijo nada. Bajé hasta su pubis que apenas rocé y le acaricié las piernas y los pies. Volví a subir y delicadamente le abrí las piernas para meter mi cabeza y llegar con mi lengua hasta su clítoris, el cual lamí suavemente.
Me llevó un largo rato que mis lamidas y las caricias en la conchita la fueran aflojando del todo y, cuando la sentí bien húmeda, tanteé la entrada a su vagina delicadamente. De a poco se fue abriendo y pude empezar a meter mis dedos y masajearla por dentro. Ella seguía en silencio, salvo sus gemidos y jadeos.
Pero, pese a su rechazo y su miedo, la calentura la fue ganando y en poco tiempo se movía, se contorsionaba y gemía mientras sus manos se apoyaban en mi cabeza y me empujaba contra ella. Un momento después, sentí una respiración ronca, después unos gemidos y un espasmo que contrajo todo su cuerpo, mientras la presión de sus manos se intensificó, hundiéndome contra su sexo. Cuando sentí que se aflojaba, subí a besarla, sintiendo que me respondía con pasión.
-”Nunca pensé que se podría gozar tanto solo de tocarse”, me dijo asombrada por la experiencia que había disfrutado. “Nunca tuve un sexo así con tanto cariño y ternura, ni pensé que fuera posible”.
-“Esto es para mí hacer el amor. No sé qué experiencia tenés en el sexo que te trauma tanto. Pero esto para mi es el sexo y es el que quiero que disfrutes conmigo”.
-“Me cuesta, pero me gusta. ¿me vas a tener paciencia?”.
-“Si. Pero necesito que estés conmigo, que me abraces, que participes. Quiero solo darte placer y jamás te haría algo que te haga doler o te moleste. ¿vas a dejar que te sumerja en el sexo con cariño y ternura? Vos tenés que abrirme la puerta para que te de ese placer y te haga gozar como hice recién”.
-“Si, no sé si podré abrirme, pero sí, quiero”.
Tardé otros varios minutos de caricias, besos y varios intentos para lograr llevar su mano hasta mi miembro y que lo envolviera con sus dedos. La dejé unos minutos más acariciando mi pija mientras le pasaba la mano por su espalda y su cola y le decía al oído lo linda que era y como me gustaba su mano acariciándome. De a poco empezó a masturbarme suavecito y a pasar su mano por todo el miembro, desde el glande hasta los testículos, sus besos fueron más intensos y profundos. Mojé mis dedos con saliva y fui a acariciarle la conchita, esta vez ni se retrajo ni se alejó, al revés, cerró los ojos y disfrutó de mis caricias.
-“¿Te animás ahora a acariciarme vos?”.
-“Creo que sí”.
-”Yo me voy a acostar y todo queda en tus manos… y en tu boca”, le dije riéndome.
-“Tonto”
Pero esta vez sí me acarició (torpemente) y fue a tomarme la pija, besarla y empezar a chuparla como una principiante. Pero no dije nada, me volvían locos sus intentos de chupaditas y lamidas, me la quería comer a besos. Tardó bastante en introducirla en su boca y fue tanteando hasta que se sintió segura y empezó a mamarla con ganas. Yo la miraba y disfrutaba de verla soltarse mientras acariciaba su cabeza, su espalda y su cola. Al rato, me miró sonriendo (por primera vez) y me preguntó si me gustaba.
-“No recuerdo ver a ninguna mujer lamiendo mi pija que me diera tanta ternura y cariño. Te comería a besos”
Se sonrió y siguió lamiendo y chupándome mientras me miraba, Sus ojos brillaban de disfrute y ganas. La tomé de los brazos y la llevé para abrazarla y besarla, la acosté boca abajo y me subí sobre ella. Puse mi pija sobre su conchita y empecé a acariciarla con el glande mientras la besaba y le hablaba de lo mucho que me gustaba.
Sentía como su vulva se iba llenando de jugos y su cuerpo se aflojaba para recibirme. Suave, delicadamente y casi sin presionar, mi pija se fue introduciendo en su vagina mientras ella me miraba con los ojos abiertos y expectantes hasta que estuvo toda dentro de ella. Me quedé quieto y le di un beso que respondió con pasión. No me moví hasta que ella empezó a hacerlo y la acompañé en su ritmo.
-“¿Estás bien? ¿te gusta?”.
-“Mucho, mucho. Seguí así suave por favor”, me dijo abrazándome.
Lo de la suavidad le duró unos minutos, de a poco se fue calentando, gemía, me abrazaba con fuerzas, sus brazos y manos iban desde tomarme de la cintura para llevarme a un ritmo más intenso hasta clavarse en mis brazos. Debajo de mí se desató un volcán con forma de mujer que me abrazó y me atrajo hacia ella mientras elevaba su pelvis para que la penetración sea total. Gemía, se arqueaba, jadeaba y me rodeaba con su piernas como si tuviera temor que vaya a irme.
Todo su cuerpo se volvió una miel caliente y excitada que se pegaba a mí, me clavaba las uñas y emitía quejidos mientras cerraba los ojos y se retorcía entre mis brazos hasta que estalló entre gritos, jadeos y llantos. Tanto que me asusté, pero al verle la cara solo vi felicidad, goce, placer, éxtasis. Me abrazó y se quedó pegada a mí por un largo rato hasta aflojarse mientras jadeaba para recuperar el aliento.
-“Hola hermosa. ¿estás bien?”
-“Increíblemente bien. Hay toda una parte en la cual ni sé que pasó. Me fui, me perdí. ¿vos estás bien?”.
-“Muy bien y encantado de tenerte en mis brazos. Sos divina”.
-“¿En serio? Me siento torpe”
-“Para nada, me encantó sentir que te dejabas llevar por la calentura. Sos una hembra preciosa y una delicia en la cama. Tanto que quiero seguir haciéndote el amor, si no te jode”.
-“No creo poder hacer nada, pero si, quiero que vos también disfrutes. Y, además (dijo con cierta vergüenza) quiero más”.
Empecé a moverme despacito hasta que recobré totalmente la erección, me monté un poco más sobre ella para que la penetración sea más profunda. Ella abrió grandes los ojos a la vez que su cuerpo se fundía con el mío. Estuve un rato largo saliendo y entrando lentamente de su vagina hasta que sentí que su cuerpo reaccionaba y me acompañaba en los movimientos. Entonces empecé a hacer más fuerte y rápido el vaivén mientras ella me abrazaba y se acomodaba para facilitarme las penetraciones, me besaba en el cuello y me pedía que no pare, hasta que volvió a estallar en un orgasmo intenso que le arqueó el cuerpo y la volvió a hacer gemir y jadear.
-“Me vas a matar, no doy más”, dijo cuando pudo respirar normalmente.
-“Tenes que poder porque yo aún no acabé”, le pedí.
Se sonrió, me puso de costado para salir y arrodillarse a mi lado y fue a masturbarme y besarme con una delicadeza, ternura y suavidad que en poco rato me llevó a acabar mientras ella miraba saltar mi semen y le daba besitos a mi pija.
-“Nunca vi acabar a un hombre, me encantó. Creo que hay muchas cosas que no conozco”
Se sentó sobre mí, me miró seria y me dijo que era la primera vez en su vida que disfrutaba del sexo y que no pensaba que pudiese ser tan lindo. Yo le di un suave chirlo y le dije que pensaba cogerla mucho y de todas las formas que pudiese haber porque era una hembra preciosa. Se sonrió y me dio, por primera vez, un beso con toda el alma que me hizo saber que, ahora si, estaba enteramente conmigo.
En ese momento supe que era lo que tanto me atraía de ella incluso en sus momentos de monja: era una mujer impresionantemente sensual. Retraída y reprimida por todo lo que pasó, pero seguía latiendo por dentro una hembra vital y felina que empezaba a soltarse. Pero en ese momento, yo no podía ni de lejos sospechar en que se iba a convertir mi monjita.