“Tere, Tere”, susurraba mientras empujaba su hombro para despertarla.
“Hoy no pareces una puta”, soltó al abrir los ojos y mirar mi rostro con la cara arrugada. “¿Vas a ver a Lucas?”
“Sí, voy a ver a Lucas”, respondí girando mis ojos hacia arriba. “Por favor, préstame veinte lucas”
“Agárralos del primer cajón, rarito”, bostezó mientras se giraba para seguir durmiendo.
“Son las dos de la tarde, Teresa. ¿Cuánto más piensas dormir?”. La arranqué la cobija de un tirón y se la lancé a la cara. En ese momento me sentí muy feliz de tenerla en mi vida.
“Vete a la mierda, Julián”. Giró su rostro a la pared, adoptando la posición fetal.
Tomé el billete riendo y salí de la casa.
El sol traspasó la tela de mi suéter cuando puse el primer pie en la calle. Los muchachos de la casa de enfrente, sentados siempre en el porche fumando y cotorreando, me miraban sin disimulo. Así que fue más mi prisa por salir del callejón que por quitarme el suéter.
Al terminar de huir de allí me saqué el suéter y lo amarré a mi cintura. Encendí el cigarro de la suerte, tiré la caja ya arrugada al suelo. Caminé hasta la Estación Acevedo fumando.
Siempre me quedaba algo del cigarro al llegar al puente, así que me detuve a mirar el río horrible que pasa por debajo intentando enfocarme en mi deseo.
Daba la espalda a quienes pasaban, para así evitar que me interrumpieran pidiéndome que dejara de fumar en las instalaciones del Metro. Mi outfit no era el más llamativo pero mis acciones sí.
El sonido del agua me ayudaba a imaginar litros del líquido tibio fluyendo desde la verga de Pol hacia mi garganta. Fantaseaba con tener la capacidad de tragar todo su orine sin derramar ninguna gota y sin ahogarme.
Allí estuve esos minutos soñando despierto y recordando a Pol meando en la playa.
La luna llena, inmensa, blanca me dejó verlo desde mi hamaca. Qué verga tan gruesa. Metida en mi garganta podría matarme. Y ni hablar del chorro de meado que estaba disparando sin saber que yo lo miraba. Estábamos tan borrachos.
“Julián, vámonos al hotel ¿o vas a prender otro porro?”, me preguntó Pol caminando hacia mí sacudiendo su verga y apretándola con sus dedos sacando hasta la última gota del precioso líquido. Tambaleándose de la borrachera. Se subió el traje de baño y terminó de llegar cerca de mí.
“Vamos, en la habitación de las muchachas todavía queda pizza”, y fuimos a comer.
Las chicas aún no habían llegado pero yo tenía las llaves de las habitaciones. Aún en ese tiempo me consideraban confiable.
“Tatiana está buenísima, ¿por qué todas las amigas de los gays están tan buenas?”, me preguntaba sin mirarme. Cosa que agradezco, porque la forma en que yo imagino que lo miraba debía ser como un tigre mirando una cebra. Quería devorarlo. Me encantaba que no usaba franela casi nunca, no le importaba no tener un cuerpo de gym y eso de alguna manera lograba excitarme más de lo que ya un hombre existiendo lo hace.
Él tenía su par de ojos enormes fijos en la maleta de Tati.
Esa noche supe que Pol estaba tan enfermo como yo. Abrió la maleta mi amiga Tati y sacó la bolsa donde ella estaba poniendo su ropa usada. Sacó una pantaleta negra de la bolsa y la examinó con sus dedos y mirada.
Procedió a olerla y no pude evitar interrumpirlo.
“Mano, ¿qué haces?”, pregunté un poco exaltado, “esas chamas van a llegar en cualquier momento y te van a encontrar haciendo eso”. Y sí, esa era mi preocupación. Sólo eso. Que alguien más se enterara. Yo estaba bien con eso. De hecho me habría gustado que lamiera la ropa interior que encontró. Así como yo hacía con la de él.
“Mano, perdón… me dejé llevar”, sonaba avergonzado.
“Qué va, Polcito, eso es normal. Pero no quiero que te vean en esa porque no te van a invitar más”. Yo estaba siendo honesto. Y estaba más excitado que mil sádicos en una playa nudista.
Mi amigo es un pervertido y lo extraño un montón. Vivimos cosas muy divertidas. Además sus medias hediondas me ayudaban a dormir y sus boxers recién enlechados a masturbarme cuando aún tenía el derecho.
Desearía volver. Desearía servirle.