Son casi las seis de la tarde y Mónica, una chica menuda de tez pálida, espera ansiosa sentada en el sofá de su apartamento de alquiler.
Este es su segundo mes en el programa que prologa el pago de la renta. El plazo de cinco días para abonar la mensualidad acabó y, una vez más, no disponía del dinero. La idea era muy sencilla, si no se pagaba a tiempo, el inquilino del piso recibía la visita de un hombre vigoroso que se encargaba de imponer una sanción, multa o castigo físico y humillante. Esto permitía a la arrendada ganar una semana de tiempo para abonar la mensualidad.
Mónica miró de nuevo el reloj y suspiró. No sabía lo que la esperaba y eso constituía un doble motivo de preocupación. Si tenía suerte, el tipo que la visitaba se limitaría a tener sexo con ella. El sexo era algo placentero en principio y, pasada la vergüenza inicial de desnudarse delante de un desconocido, ella llevadero. Sin embargo esto no siempre era así y, virtualmente, el visitante podía optar por aplicar algún tipo de castigo físico más humillante sin que ella pudiera negarse. Bueno, podía hacerlo, pero entonces tenía que dejar el piso inmediatamente.
El timbre sonó y nuestra protagonista se levantó del sillón, tragó saliva y se dirigió al cuarto de baño dónde se miró al espejo una vez más. Quería causar una buena impresión.
El hombre encargado del caso tendría unos cuarenta años, se le veía fuerte y aun sin tener la belleza de un actorazo, cumplía de sobra.
-Buenas tardes Mónica. Desnúdate.
Por lo que se ve este tipo es bastante directo.
-¿Qué me vas a hacer? -preguntó la mujer.
No hubo respuesta.
Con más nervios si cabe comenzó a quitarse la ropa quedándose en bolas.
El recién llegado la observó sin miramientos de ningún tipo. Aquel tío gozaba con lo que tenía ante sus ojos.
Se acercó.
Mónica tragó saliva y abrió y cerro el puño.
El hombre la tocó el culo y sin previo aviso pellizcó su nalga derecha.
-Ay, duele. -dijo la mujer.
-Tengo aquí unas pinzas de la ropa, son cinco, con tu permiso (o sin él) te las voy a poner.
La mujer permaneció muy quieta y se mordió el labio inferior. En muy poco tiempo las pinzas mordían sus nalgas.
-Salta.
La mujer obedeció, las nalgas temblaron ligeramente moviendo las pinzas. En total saltó unas diez veces antes de que aquel tipo retirara las pinzas.
-Debería hacer lo mismo con tus pezones… pero seré bueno. De hecho me apetece jugar un poco más con tu trasero. Ven aquí, túmbate sobre mis rodillas, vamos a darte algunos azotes.
El tipo comenzó a azotar el culete de la morosa con contundencia haciéndolo bailar. Muy pronto, los glúteos adquirieron un color rojo intenso y la chica, incapaz de mantener la compostura, comenzó a llorar.
-Eres de lágrima fácil y eso que no hemos empezado. ¿Sabes lo que tengo aquí?
Mónica movió la cabeza negando y sin perder de vista a su agresor, vio como este sacaba un guante de látex color carne y se lo enfundaba en su mano derecha.
-Inclínate y separa las nalgas con las dos manos.
El dedo del hombre se paseó alrededor del ano de la mujer para luego introducirse en el agujero. Mónica contrajo el culo involuntariamente.
-Será mejor que te relajes, es más llevadero.
La mujer se relajó todo lo que permitía la situación, que no era mucho.
-Pero no demasiado, no quiero pedos, ¿entendido?
Mónica se ruborizó. Lo que la hacía falta, si no tenía bastante con estar siendo inspeccionada por ese tipo.
-Está bien. Vamos a ver si eres buena con la boquita. ¡de rodillas!
El tipo se puso delante y desabrochando el botón de los pantalones, tiró de la prenda y de los calzoncillos dejando a la vista un pene de gran tamaño al que rodeaba un bosque de gruesos pelos negros.
Mónica saboreó el miembro con la punta de la lengua y luego lo introdujo en su boca empezando a chuparlo. La saliva caía por la comisura de sus labios.
-Debería abofetearte por no pagar el alquiler. Pero eres demasiado guapa. Así que nos conformaremos con embestirte. ¡De pie! inclínate, manos contra la pared, piernas abiertas y culo fuera.
La mujer adoptó la posición. El visitante se enfundó un condón, acercó la punta de su miembro a la vagina y lo introdujo sin dilación golpeando los huevos contra el trasero en la primera acometida. Mónica jadeó o gritó o emitió un sonido entre medias.
Durante un par de minutos que parecieron eternos, el tipo metió y sacó el pene del cuerpo de aquella mujer mientras la sobaba las tetas y, de vez en cuando, le daba un azote.
-Cambiamos de agujero. Preparada.
De manera considerada, despacio, el hombre introdujo su miembro por el ano de la inquilina. Mónica notó la invasión, dolía un poco, aquello era demasiado grande para ajustarse ahí y, sin embargo, de alguna manera entró. El dolor dejó paso al placer y el sexto empujón la llevó al orgasmo.
El tipo la sujetó por las caderas con firmeza mientras su cuerpo se volvía de mantequilla recorrido por una corriente eléctrica que la hacía temblar sin control. El hombre sacó el pene del culo y eyaculó invadido por el placer. Desde algún sitio llegó un sonido similar al de una ventosidad, o fueron dos.
Rendidos, con el corazón latiendo, se dejaron caer en el sofá cercano.
Mónica, a pesar de las pinzas y los azotes, a pesar de ese dedo en el culo, hubiera besado de buen grado a aquel varón. Sin embargo, eso no tocaba, este era un encuentro de castigo, no de placer… aunque castigo y placer, dolor y éxtasis, se habían confundido aquella tarde.
-Bueno Mónica, espero que te pongas al día del alquiler… si no…
Mónica se quedó pensando… si no un nuevo tío la iba a dar más azotes, si no la someterían a nuevas humillaciones, si no la penetrarían… si no… no estaba tan claro que quisiera pagar con regularidad…
Fin.