A mediados de primavera hicimos un viaje a Bariloche mi amiga Vicky y yo. Fue un viaje hermoso y linda estadía. Navegamos en el lago Nahuel. Hicimos excursiones en teleférico a los cerros aún nevados. Disfrutamos alguna fiesta bailable con algún romance fugaz que nos calentó, pero no pasó de eso…
La víspera del regreso se nos ocurrió la bonita idea de ir a tomar fotos del atardecer sobre la cordillera y conocer la comarca de El Bolsón, distante ciento treinta kilómetros, por ruta de montaña.
Hicimos todas las gestiones a fin de rentar un auto con chofer para llevarnos a tomar fotos, llegar hasta la comarca y regresar después de cenar
Nuestro presupuesto era escaso y no alcanzaba para cubrir ese gasto. Pero nuestras ganas de ir eran grandes. Preguntando se llega a Roma dicen y nosotras llegamos a contratar un auto particular . Está variante permitió obtener un precio adecuado a nuestras disponibilidades.
Ese día.
A media la tarde el cielo se nubló malogrando la buena toma de fotos. Pero manteníamos intactas las ganas de llegar a la comarca andina.
A las 18 horas pm, el auto contratado llegó a la puerta del hotel y conocimos a Ernesto, nuestro chofer. Un hombre delgado, de 1,75 de estatura. Muy simpático Nos sugirió llevar algo de ropa de abrigo.
En ese momento vestíamos pantalones de algodón holgados, camisetas de lycra manga larga y campera liviana. Me parecía excesivo llevar abrigos largos, pero aceptamos la sugerencia. Ambas estábamos calzadas con zapatillas de running.
Comenzado el viaje, llenas de emoción con nuestros ojos casi devorando Inmensidad de la cordillera.
Ernesto se detuvo en todos los lugares donde le pedimos para tomar fotografías. También colaboró tomando fotos de las dos abrazadas con el lago Gutiérrez de fondo. Pero el sol continuó bajando hasta desaparecer completamente tras las cumbres.
Pronto la oscuridad del cielo fue tal que ya no hubo más luz diurna y se acabó la sección de fotos.
A las veinte y treinta llegamos a El Bolsón..
Apenas descendimos del auto, nos sumergimos en un almacén de chocolates artesanales. Gastando hasta el último centavo, pero reservando lo necesario para afrontar dos pagos inevitable.
Apartamos el dinero para pagar la cena y el servicio de Ernesto.
Él nos acompañaba sonriente en todo momento. Muy caballero y por demás respetuoso. Parecía estar muy a gusto acompañando a dos chicas haciendo compras.
Él dijo tener treinta y seis años, soltero. Vive junto a su padre.
Lo invitamos a cenar con nosotras en un restaurante de estilo alemán. Los platos eran exquisiteces. Ernesto un poco tímido cenó lo mismo que yo, pero sin cerveza artesanal, únicamente bebió agua saborizada.
Vicky y yo bebimos más de la cuenta porque comenzamos a reírnos por casi todo. Yo, un poco más osada, hasta tomé la mano de Ernesto para hablarle y con un pie toqué entre sus piernas, por debajo de la mesa. Él sonreía y dijo que no podría cobrarnos el viaje por todas las atenciones que recibe de nuestra parte. Varias veces busque sus ojos con mi mirada, Ernesto no bajo la vista, pero si una mano para tocar mis rodillas por debajo del mantel
A las diez de la noche llegó el momento de emprender el viaje de vuelta. Vicky y yo cargadas con souvenirs, chocolates, mermeladas y muy soñolientas, nos acurrucamos en el asiento trasero. Ernesto dispuso nuestros equipajes en el asiento delantero del acompañante.
A minutos de salir del restaurante comenzó a llover suavemente.
Ernesto nos dijo ―Debemos ir despacio con el piso mojado.
―Estamos en tus manos, cuidamos ―le respondí.
Apenas habíamos recorrido unos diez kilómetros cuando la lluvia se hizo más intensa.
Casi no hablábamos por efecto del alcohol. Cuando miraba a Ernesto, veía su cara recortada en la luz del auto y el agitarse rítmico del limpiaparabrisas. Nadie circulaba en ese momento. La ruta era para nosotros y la lluvia barría el asfalto con densas cortinas de agua.
Yo dormitaba hasta que abrí los ojos porque no oía el sonido del motor del auto. La oscuridad era total. Sobresaltada dije ―¡Ernesto, Ernesto…!
—Tranquila, Belu ―respondió con voz pausada― Hay una falla eléctrica. Paramos y lo miro.
El auto seguía avanzando porque estábamos en pendiente. Lo llevó lentamente hasta salir del asfalto y detenerse junto a un grupo de árboles.
―Pediré auxilio mecánico ―dijo Ernesto iluminando con la pantalla de su celular.
―¡Maldición! No hay señal ―Dijo y añadió― Iré hacia atrás, hasta la elevación que pasamos posiblemente allí si la haya. Permanezcan con las puertas cerradas. Regreso rápido.
El miedo a la oscuridad y en un lugar desconocido me hacía temblar, y Vicky dijo ―Yo también tengo miedo.
Apenas se alejó Ernesto bajo la lluvia, bajé del auto con muchas ganas de orinar. Y cuando regresé estaba un poco mojada. Vicky hizo lo mismo.
Habían transcurrido unos veinte minutos y no veíamos a Ernesto. Intenté llamarlo, pero fue en vano.
Permanecimos con los ojos muy abiertos mirando en la oscuridad, esperando a Ernesto como si fuera nuestro salvador.
A los treinta y dos minutos de haber salido regresó totalmente mojado ―No hay señal en ningún lado ―Dijo y comenzó a quitarse la liviana campera que lo cubría. Se paró junto a la puerta del lado acompañante, pasó nuestras pertenecías al asiento de conductor luego se sentó. Con voz temblorosa por el frío dijo ―Estaremos aquí hasta que pare de llover. Perdonen chicas.
Yo le toqué el hombro, su a camisa también estaba muy mojada ―¡Quítate todo lo mojado! ―Le pedí con verdadera angustia en mi voz.
―Pásate a nuestro asiento así te cubres con nuestros abrigos largos y te sientes mejor ―sugirió Vicky.
Ernesto volvió a salir del auto para entrar por la puerta de mi lado.
Pasó sobre mí y se sentó entre ambas. Le toqué el pecho, estaba frío y permanecía con el calzoncillo mojado.
Apoyé una mano en su pierna fría y le dije ―¡Quítate eso! Está todo bien.
―Gracias Belu, eres muy buena ―Exclamó.
Me volteé hacia el lado de la ventanilla y Vicky también lo hizo. Se quitó el slip mirando hacia adelante cubierto con nuestros abrigos largos.
Mis ojos se fueron cerrando y permanecí callada oyendo respirar junto a mi cabeza. poco después se había volteado hacia Vicki. Su cola se apoyaba en mi cola y me calentaba el culo. Permanecimos callados mucho tiempo, quizás pensando o intentando dormir. Nos movíamos, reacomodando nuestros cuerpos, pero sin poder estirar las piernas.
Llevé una mano hacia atrás para tocarlo. Fue una sorpresa para mí tocar su verga dura apoyada en mi culo, alineada en la separación de mis nalgas. Ernesto no dijo nada ni se movió. Retiré la mano, pero moví el culo empujando hacia atrás. Inmediatamente su mano tiró de la pretina de mi pantalón hacia abajo y calzó sus dedos debajo de la mini tanga. Lo dejé hacer, hasta que llevé la mano para tomar la suya y entrelazar los dedos. Luego guio mi mano hasta que le toqué el glande caliente. No pude contener un suspiro al tocar algo tan bonito.
De pronto, Vicki se sentó y dijo ―¡No está bien que cojan callados!, yo no soy de madera ―Y abrazó a Ernesto por la espalda.
Ambas nos quitamos pantalones y los tangas, también los brasieres quedando con las camisetas puestas. Comenzamos a jugar a quien lo mamaba primero. Lamí y chupé su verga en la oscuridad un corto tiempo para cederle el lugar a mi amiga, experta en el arte de mamar.
Cuando dejó libre el lugar, me senté sobre las piernas de Ernesto. Su pene se hundió rápidamente en la profundidad de mi vagina. El respiraba pesadamente. Mientras, me levanté y senté tres o cuatro veces. Comencé a mojarme mucho y cedi el lugar a Vicki. Todo movimiento era tremendamente incómodo, pero logramos quitarle el frío a Ernesto. Y nosotras gozamos y disfrutamos su verga en medio de la lluvia.
―¡Mujeres bonitas y deliciosas! ¡Que hembras! ―Decía Ernesto.
Su pene mediano, pero muy firme, hacía la delicia de nuestras hambrientas conchitas.
Ernesto casi no se movía. Cuando lo monté nuevamente, clavándome a fondo, utilizó un dedo para masajearme el clítoris. No pude contenerme más grité como una poseída y convulsioné temblando mientras Vicki se reía. El me sujetaba por las caderas y me ayudaba a dar mis sonoras sentadas sobre su herramienta.
Me levanté de sobre él y Vicky me reemplazó rápidamente comenzando a gemir y dando fuertes sentadas. Ernesto gruñó y se le fue la vida llenando de semen el interior profundo de mi amiga.
Las dos apoyamos las cabezas sobre su regazo. Reímos y dimos lengüetazos a su pene casi flácido, aun dejando escapar su precioso líquido. Comimos los chocolates que habíamos comprado para regalar.
Repusimos nuestra energía comiendo verga con chocolate e invitamos a Ernesto con alguna tableta para que se repusiera rápido. En poco tiempo ya estaba tiesa su herramienta nuevamente lista para darnos placer.
―Ernesto, ahora que la tienes buen dura llena a Belu .Te cuento que a ella le encanta que le partan el culo ―dijo Vicky, riéndose. Ernesto la miro y luego buscó mis ojos, pero todo era sombras.
Me abracé a su cuello sin hablar, sin hacer ningún gesto de negación a lo dicho por Vicki. Lo monté suavemente enfrentando nuestras caras. Yo no lo veía, pero sentía su pene erecto entre los labios externos de mi vulva. Nos besamos buscando que nuestras lenguas se juntasen. Su verga aún se hinchó un poco más y también se inflamaron mis labios vaginales Me dolían los pezones por estar tan duros. Alcanzó a tomar uno entre sus labios, lo apretó y me quejé exagerando el dolor.
Introdujo la punta de su verga en mi abertura que manaba jugos. Flexione un poco las piernas para sentirla mejor
Con una mano, tomé su verga y restregué el glande caliente sobre mi ano. Ernesto entendió el mensaje. Mojó sus dedos en la vagina muy mojada y los presionó sobre el culito aún cerrado. Mi calentura era incontenible.
Ernesto agarrándose a mis caderas me levantó un poco para apoyar la verga en el centro del fruncido capullo y luego me jaló hacia abajo por las caderas
El estirón del esfínter me dolió porque no hubo elongación previa. Pero luego de pasar la cabeza fue delicioso sentir como me entraba toda su carne. Mis glúteos rebotaban en sus bolas con ese sonido tan caliente y peculiar
Mientas, Vicky se introducía los dedos en la vagina y suspiraba.
Le dije a Ernesto al oído ―Dame fuerte como para partirme.
El vaivén se hizo intenso, profundo y con velocidad. Mi orgasmo se gestó cuando él sumó el dedo del corazón de su mano derecha a penetrarme por la vagina y acariciar el pequeño clítoris.
―¡Me estás partiendo hijo de puta! ―Grité. Después, tras convulsionar gimoteando
Al tiempo que Ernesto descargó sus pelotas en mi recto, resoplando.
Vicki también llegó a su orgasmo masturbándose.
Nuestra tensión sexual cesó. Nos abrazamos las dos a él después de limpiarnos los fluidos con nuestras tanguitas y alguna servilleta de papel. Rendidas, nos dormimos para despertarnos con la primera luz del día. Había dejado de llover.
La ropa de Ernesto continuaba muy mojada y Vicky le ofreció su saco largo para cubrirse al salir del auto. Ella tiene 1,73 de estatura. Y lo cubría bastante bien.
Ernesto, salió del auto, levantó el capó y después de algunas pruebas dio con el problema causante de la avería ―¡Un terminal flojo!
A los pocos minutos lo puso en marcha. Nos llevó hasta el hotel en Bariloche y continuó hasta su casa sin bajar del auto. Únicamente iba vestido con el abrigo largo y zapatillas.
Antes de nuestra partida, regresó con el abrigo de Vicki. Y no cobró el viaje, aunque insistimos en pagarlo.
Nos estrechamos los tres en un abrazo, sin hablar, pero yo a punto de romper en llanto. Nos despedimos de él.
Belu