La influencer influenciada (cap. 6): Culminación (parte 1)

0
3678
Tiempo de lectura: 6 minutos

Presenciar cómo aquella chica era capaz, no sólo de aguantar las hostias que le daba, sino de permanecer inmóvil, e incluso parecer disfrutar de ello, más zorra le empezaba a parecer, y por lo tanto, con más saña le apetecía infligirle tanto guantazos como improperios de todo tipo.

-Mi pequeña, voy a dejarte la carita roja. Igual que el culete. Quiero que todo el mundo sepa lo zorrita que has sido. Que durante una semana entera no lo puedas esconder. ¿Quieres?

-… Sí. -Dijo Lara

-¡No te he oído! ¡Más alto! ¿Quieres que todo el mundo sepa lo zorrita que has sido?

-¡Sí! Sí quiero. -Le contestó Lara. Esta vez vociferando con más ímpetu y empleando un hilillo de voz que sonó fogoso e irresistible para Juan Ignacio.

En cuanto le escuchó pronunciar esas lindas palabras, se apresuró a apartar la mano derecha de su rostro, al tiempo que ella cerraba los ojos como advirtiendo aquello que le antecedía.

Aguardó unos segundos y, ”¡plas!”. Estampó esa misma mano contra la cara de su pequeña, provocando un golpe seco que retumbó hasta la escalera de la comunidad.

Semejante tortazo estuvo cerca de hacer que se desestabilizara y precipitase para un lado, aparte de desencadenar una lluvia de lágrimas que estropeó el delineado de sus ojos y la hizo moquear como si fuese una adolescente castigada sin poder salir.

Progresivamente, Lara fue descubriendo cómo, tanto el escozor de los golpes, como aquellas situaciones humillantes que Juan Ignacio no dudaba en pergeñar cada vez que veía la ocasión, se traducían en toda una variedad de estímulos, así como en un disfrute del todo excelso para ella.

Excitación por medio de unas actividades que nunca antes había conocido, y que a lo largo de esa tarde habían ido consiguiendo que saliera de la caja, se enfrentara a su otro yo y aceptase, de una vez por todas, a esa parte de ella misma de la que solía renegar.

Cada vez que una vejación le transmitía un profundo frenesí, hallaba excitación en un tortazo o sentía apego por lo turbio y lo desagradable, florecían en ella las aptitudes necesarias para, por fin, poderse reunir tanto con sus vergüenzas como con sus filias más inconfesables y acercar posturas.

Para ese entonces, Juan Ignacio ya había dejado de besarla. Obnubilado por sus llantos y su manera de encajar cada bofetada, solo podía centrarse en eso ahora.

Al tiempo que con una mano la golpeaba sin clemencia, la otra yacía amarrada a su barbilla, dejando libre sólo el pulgar que introducía a intervalos en la boca de Lara.

Cansado de pegarle, se detuvo por un momento para admirar el estado en que se encontraba. Le entusiasmaba sobremanera poder apreciarla así, con el rímel corrido, mocos afluyendo por las mejillas… Pero sobre todo, lo que más le enamoraba de esa imagen eran sus mofletes. Habían alcanzado un color rojizo muy intenso en su centro, que se extendía por todo el contorno de su cara; que debido a su blancura y a disponer de grandes manos, con envite que le propinaba conseguía abarcar gran parte de ella.

Después de contemplarla durante un intersticio, se llevó finalmente la mano a la polla, que a esas alturas pedía desesperada poder disfrutar de aquella chica.

La extrajo de entre las nalgas de Lara donde llevaba alojada desde un inicio, lo cual hizo que al hacerlo le rozara el coño por primera vez.

Mientras eso ocurría, apuntaba sus ojos inyectados en sangre directamente a sus retinas. Al terminar de tomar un poco de aire, le habló.

-Mi pequeña. Mi pequeña zorrita. ¿Has visto lo gorda que me la has puesto? ¿Te gusta? Quiero ver como desaparece toda dentro de tu boca. ¡Venga, agáchate! ¡Vamos!

-Voy, espera que me limpie antes la cara, que la tengo llena de pintura y mocos-. Expresó Lara, al mismo tiempo que hacía el amago de levantarse.

-¡No, no te limpies nada! Si te vas a volver a ensuciar ahora. Anda, venga, bajate al suelo y abre la boquita. -Le interpeló Juan Ignacio.

Detuvo su intención de ir a asearse tomándola rápidamente del brazo, a la vez que la agarraba de la cabeza por su parte superior y presionaba sobre ella para provocar que se deslizase hasta el suelo, para una vez allí poder metérsela en la boca.

Viendo que no la dejaba irse, se dejó guiar por él, y apenas unos segundos después, ya se ubicaba en el suelo de rodillas, a los pies de él.

Sin soltarle la cabeza en ningún momento, descendió esa misma mano que había empleado para agacharla, hasta dar con su nuca, por medio de la cual hizo presión, estampando así su cara contra el pene, que ya había sido agarrado por él y colocado en posición.

Una vez la tuvo así, antes de llevársela a los labios, golpeó varias veces su rostro con su erecto miembro.

Le daba la impresión de que con cada impacto que le daba, más partes de ella le arrebataba.

Durante el tiempo que la había estado pegando había ocurrido lo mismo. Apreciar cómo poco a poco le iba despojando de su dignidad, como esa chavalita tan perfecta, tan joven y delicada terminaba destruida y completamente irreconocible, le embelesaba hasta límites que desconocía.

La llamó putita varias veces, mientras no paraba de arremeterle con su gran polla. En un momento dado, se dispuso a aplastar con ella su pequeña nariz; luego de lo cual, siguió restregándose con ansia por todo el área de sus ojos, pómulos y resto de su expresión facial.

Al mismo tiempo, se ocupaba también del silencio, pues no cesaba nunca de volcar en él todas y cada una de las pervertidas divagaciones que en ese instante transcurrieran por su mente.

Antes de hincársela en la boca, dejó caer un gran escupitajo sobre su falo, que en parte terminó salpicando sobre la faz de Lara.

Tras ello, se lo colocó entre sus labios y empujó con fuerza.

Su polla, que no era excesivamente larga, albergaba sin embargo un diámetro bastante pronunciado. Lo que le produjo una arcada inmediata nada más metérsela hasta dentro y tener un primer contacto con su paladar.

Debido a un acto reflejo del cuerpo, Lara reaccionó echándose hacia atrás, al tiempo que conducía su mano derecha a la base de aquel pene con intención de detenerlo.

Pero ambas cosas fueron evitadas por Juan Ignacio, gracias a la impenitente palma de su zarpa que en ningún momento se despegaba de la nuca, impidiendo que la cara de aquella chica pudiera alejarse de su capullo mucho más de unos milímetros. Y con su mano pasó lo mismo. En cuanto vio sus intenciones, se la apartó de un manotazo, dándole a entender de este modo que a partir de entonces, solo iba a emplear la boca.

Esperó hasta que hubo recobrado un poco el aliento y en cuanto dedujo que se había recuperado lo más mínimo, volvió a la carga sin brevedad. Le retiró un poco el pelo llevándoselo detrás, y esta vez, colocando sus dos grandes manos a la altura de su nuca, emprendió el camino para meterle la polla hasta rebasar su garganta.

Esta segunda incursión la emprendió con más tino, metiéndole la polla poco a poco hasta apreciar como su capullo desaparecía en el interior de su cavidad. Momento del que quiso disfrutar sin precipitarse, para, entre otras razones, evitarse de nuevo escenas como la anterior, durante la cual se había visto obligado a aguardar varios minutos hasta que hubo parado de toser y tragar mocos.

Una vez que Lara percibió que por el momento solo iba a introducir el pene hasta el término del capullo, se sintió aliviada. Eso se tradujo en que comenzase a lamerlo lentamente, y que a medida que esa calma se prolongaba, se fuese abriendo a jugar con él cada vez más.

Mientras tanto, Juan Ignacio estaba a punto de ocuparse de sus brazos, asunto que derivaba de la situación anterior, pues mientras se recuperaba de su primer atragantamiento, estos habían quedado alojados en mal lugar.

Su pequeña se había ido acomodando a su antojo, terminando con las manos situadas sobre aquellos imponentes y velludos muslos, dejando algo así como un palmo de distancia con su aparato reproductor.

Era una visión alterada del conjunto, pues si un observador detuviese la escena justo ahí, podría tener la impresión de que esa chica contara con algún tipo de albedrío o decisión sobre su cuerpo.

Algo como eso resultó intolerable para Juan Ignacio, que después de apartarlos velozmente, los sujetó de inmediato a la altura de los codos para emplazarlos detrás, quedando ahora sí, bien colocaditos en su espalda.

Entonces fue cuando ella comprendió al fin cómo aquel hombre deseaba que se la mamase.

Para poder cumplir con ello, acercó su cuerpo más al sofá, alojando sus tetas en la parte baja de su miembro e inclinándose después sobre él, para seguidamente regresar sus brazos al lugar donde se los había puesto él y comenzar, ahora sí, a tragar con más decisión.

Mientras se encontraba sentado sobre aquel sofá, se deleitaba al comprobar cómo su pequeña se iba familiarizando con su falo, tanto con su olor como con el sabor, aparte de ir haciéndolo también con parte de sus reglas y costumbres. Pues para poder conservar la solidez del vínculo que comenzaba a forjarse entre ambos, era importante que se fuese amoldando incluso a esos hábitos y obsesiones que todavía le resultaban inconfesables.

Le encantaba observarla e imaginar en lo que pensarían sus amigas o sus propios padres si descubrieran esa faceta tan indecorosa, cómo reaccionarían estos últimos si pudieran verla hacer lo que estaba haciendo y cómo se iba sumergiendo cada vez más en un papel que parecía destinado a interpretar desde que nació.

Mientras Lara mamaba su capullo con deferencia, no dejaba de atender al hecho de cómo sus enormes pechos yacían apoyados sobre sus piernas. Instintivamente sus manos querían dirigirse a ellos para agarrarlos con fuerza, pero no debía soltar la nuca de Lara, pues al hacerlo, podría descontrolarse y separarse de su polla, algo que bajo ningún concepto concebía que pasara.

Lo estaba haciendo muy bien; incluso algunas veces era ella la que decidía tragar de más por pura voluntad, llevando sus labios más allá del glande para abarcar así más centímetros de polla, que como buena conquistadora de rabos en la que se estaba convirtiendo, dejaba firmada con su saliva para la posteridad.

Cada vez que su miembro se introducía más en el interior de su boca, ya fuese por su insistencia al empujar su cabeza contra él o por iniciativa de la propia Lara, no la dejaba volver a retroceder. Pues cada milímetro ganado le pertenecía, por mucho que su diámetro bucal se viese estirado al límite y comenzase a brotar de este un reguero de babas. Jamás le concedía retroceso alguno.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí