La sumisión: La venganza de Rosy

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El tipo de al lado en el pub dejó la copa, me miró y musitó: la hostia, tío…, ¿y qué pasó?

No le conocía de nada, pero necesitaba desahogarme con alguien. Sorbí el whisky y le dije: me dijo que si quería seguir con ella debería cumplir un requisito; un solo requisito. Ya ves, sólo una cosa. ¿Y tú?, preguntó el otro. Pues, que sí, accedí. ¿Qué podía hacer?… ¡me pilló in fraganti saliendo del puticlub! ¿Y cuál era esa condición? Acabé la copa y pedí otra al barman. ¿Una más?, invité a mi compadre.

Lo que quería Rosy era sencillo. Que fuéramos los dos al puticlub del que me pescó saliendo. Accedí.

La noche del viernes quedamos y nos presentamos allí. Rosy sonreía sospechosamente y yo estaba muy escamado. Le hice varias preguntas pero no obtuve sino risas y un beso. Tengo curiosidad, Ramón, nada más. Entramos en el ambiente oscuro del local. Rosy echó un vistazo por todo el lugar. Vio un reservado esquinero y me dijo que quería ir allí. La cosa comenzó a pintar bien, me dije. La tomé por la cintura y nos dirigimos al rinconcito. Nos sentamos en el amplio sofá escarlata. Llegó Conchi, la camarera y le pedimos bebidas. La música ambiente y las luces nos permitían ver al resto de los clientes. Pasaron un par de camareras en topless y tangas. La rubia echó un vistazo y nos dijo si queríamos compañía. No, no, dije. Pero Rosy cortó y le preguntó si quería tomar algo con nosotros. Se acercó al sillón que estaba frente al sofá. Era menuda y sus pechos altos, tiesos, con pezones de grandes aréolas, puntiagudos. ¿Cómo te llamas? preguntó a Rosy. Adela, respondió, mientras llamaba a Conchi. Un vodka, pidió la rubia. Otro para mí, dijo Rosy. ¿No quieres otra copa?, me preguntó. Otro whisky, pedí.

La chica dijo que se llamaba Alma. Acercó el sillón y se ofreció a tener relaciones con los dos. Sus tetas me gustaban y su cintura agradable. Olía a un perfume insinuante. Colocó una mano sobre el muslo de Rosy y me miró inquisitivamente. Sus ojos eran profundos. Con mucha suavidad acariciaba el muslo de mi mujer. Rosy no puso obstáculo; al contrario, relajó las piernas y abrió confiadamente los muslos. Yo sentí una excitación inesperada. Aquello no estaba en los planes… al menos, no en los míos. Había consentido en ir al puticlub como muestra de obediencia a Rosy, simplemente. No iba mucho por allí; ni mucho menos era un habitual.

Mientras bebía vi que Alma (si es que se llamaba así) había acercado el sillón al sofá. Sus rodillas estaban pegadas a las de Rosy. Sumergió la mano por debajo de la falda de ella. Rosy se repantigó con los muslos abiertos. Alma metió las dos manos en la abertura de la falda y con una gran habilidad sacó las braguitas de Rosy. Me las tiró al pecho y comenzó a manipular la entrepierna de mi mujer. Rosy respondía con movimientos y se oía su respiración agitada. Alma estaba completamente agachada sobre Rosy, que jadeaba. Se bajó la falda y la chica se sentó entre los dos. Metió la mano en la blusa de Rosy y magreó sus tetas, que eran muy grandes. Desabotonó la blusa y Rosy se quitó el sostén. Las dos tetas quedaron al alcance de la chica. Yo estaba francamente caliente. Mi pene estaba endurecido.

Alma acarició y beso los pechos de Rosy. Besó los pezones rosados y puntiagudos y comenzó a chuparlos sonoramente cogiendo con las dos manos las tetazas. Mi sorpresa fue mayor cuando mi mujer también agarró los senos de la chica y los empezó a toquetear. Ella los llevó a los labios de mi mujer. No esperaba que Rosy los besara y se metiera entre los labios los pezones de aréolas gigantes de la otra mujer. Rosy lamía y chupaba con fruición los conos de los pezones. Mi polla apretada en el pantalón comenzó a dolerme. Tenía una gran erección.

La chica se separó de Rosy y se agachó. Estiró a Rosy que quedó con el pubis en la parte baja del sofá. Alma bajó la cabeza y le abrió los muslos al máximo. El vello del pubis de Rosy recibió las caricias de la chica. Luego se amorró en su vulva.

Inesperadamente Rosy puso su mano en mi bragueta y apretó la tranca. Trató de bajar la cremallera, pero la postura lo imposibilitaba. Alma estaba haciéndole un cunnilingus sonoro y Rosy subió las piernas abiertas para que la boca experta de la chica hiciera su labor. Sacátela, me ordenó. Yo me abrí la bragueta y saqué el mango tieso y caliente. Rosy gemía. Me lo agarró y comenzó a bajar y subir el prepucio. De repente se corrió entre jadeos en los labios de la mujer. Ahora a él, le señaló a la mujer cuando recuperó el aliento. Alma se vino a mí y me cogió la polla con las dos manos. Y después de masajearla se la metió en la boca. Estaba caliente y comenzó a lamerme la troncha. Rosy se arrodilló a su lado y se la arrancó de la boca. Fue ella quien con la lengua llena de saliva me hizo una mamada. Cuando estaba cerca del paroxismo. Me apretó la base de la polla y evitó que me corriera. Besó a la chica y las dos lenguas juguetearon entre sí. Yo observaba. Rosy le dijo algo al oído a Alma y me puso el coño a la altura de la boca. Se lo abrí y comencé a lamerlo. Estaba perlado de flujo de su corrida anterior. Chupé y sorbí. Alma había salido.

Ahora regresó la mujer. Se quitó el tanga y le dio a besar el chocho a mi mujer. Estaba completamente rasurada. La rajita era estrecha. Rosy la beso, la abrió como si fuera una concha y metió su lengua en ella. La relamió y me la ofreció. Fóllatela, me ordenó. Alma se puso a cuatro patas en el apoyabrazos del sofá y yo se la endilgué por el coño. A mi espalda, Rosy me acariciaba los huevos mientras montaba a la otra. Poco a poco, dijo Rosy. Yo obediente sacaba y metía la verga hasta dentro de la chica. Acaríciale el ojete, ordenó. Yo obedecí. Notaba la voz muy agitada de mi mujer. Sin duda estaba super cachonda con esto. Mi dedo redondeaba el ojo del culo de la chica. También yo estaba ardiendo. Rosy puso su culo pegado al mío. Notaba cómo lo frotaba. Me ponía a cien. Volví a joder aquel chocho estrechito de la mujer.

Rosy jadeaba mientras. No podía más y me vine con un grito de placer dentro del coño de Alma. Escuchaba a Rosy gemir. Caí sobre la espalda de la chica mientras me vaciaba en su cavidad sexual. Se la saqué y me giré. Abrí los ojos y me quedé helado. Rosy tenía entre los labios una tranca negra monumental. Un pollón gigantesco, venoso, tieso. Se lo metía y sacaba con fruición. El hombre apretaba contra los labios y forzaba los labios de mi mujer. Rosy tenía aquella polla llena de babas que caían por todo el mástil brillante y nervudo. La giraba entre los labios y sorbía muy ruidosamente el glande. El tipo le agarraba la cabeza para follarse la boca de Rosy. Sus pelotas bailaban golpeándole la barbilla. Empujaba, sacaba, volvía a arremeter. Los sorbetones de mi mujer se oían perfectamente. De alguna manera estaba absolutamente excitando por la escena.

Me acerqué para ver detenidamente cómo el negro jodía a Rosy por la boca. La saliva resbalaba por los labios de mi mujer y caía sobre sus tetas. Mi pija se había puesto tiesa de nuevo. Yo no entendí qué pasaba, pero aquello me estaba gustando mucho. Deseé que el hombre se la tirase. Le hice una seña evidente. El hombre fue por detrás y empujó suavemente a Rosy. Le abrió el coño y se lo lamió. Se puso saliva en la mano y le llenó el chocho con la saliva. Mi mujer se abrió las labios del coño y el negro metió su polla con un par de golpes. Mi mujer gimió profundamente. Más, pidió, más. La tranca gigante la taladró y se fue moviendo dentro de la raja blanca. Las tetazas de mi mujer se balanceaban a cada arremetida. Yo estaba loco de deseo. Fui por delante. Rosy me miró con cara de éxtasis. Le puse mi picha en los labios y ella la tomó entera entre jadeos. El negro de la estaba follando a tope. La mamada de Rosy me llevo y al paraíso. Oí como el hombre se corría por detrás y yo me vine también dentro de la boca sedienta de mi mujer.

No sé si fue la venganza de Rosy, pero aquella sumisión fue deliciosa. Mi amigo de barra no entendía nada. Se acabó la copa y se marchó con cara de pocos amigos, pensando que le había tomado el pelo.

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